35. Reunión de negocios
Reunión de negocios
Los ladrones somos gente honrada… ¡mientras no nos demuestren lo contrario!
Los ladrones somos gente honrada
Apenas dormí aquella noche. Temía que, al estar a solas en un ambiente más relajado, mi tío terminase por descubrirme. Me puse el otro traje que había comprado y me presenté puntual a mi cita.
Pasé delante del antiguo cine de mi padre, que Roberto había querido reabrir como quien deshonra aún más la memoria de un muerto. Echaba de menos estar en una sala de proyección. El sonido de las bobinas y el olor a químicos me habían acompañado desde niño.
El portero me abrió la puerta, llamó al ascensor y me acompañó hasta el despacho. Todo era lujo y glamour. Fue como si, al entrar al mundo de Roberto, las miserias de la España de la posguerra no existieran.
Una secretaria me recibió y me llevó a una salita para esperar. Pensé en mi abuelo. También él había gozado de su momento de gloria. Me sorprendía que la vanidad impidiera a los seres humanos darse cuenta de lo efímero que resultaba todo.
Uno de los pocos regalos que obtuve de todas mis desgracias fue ser consciente en todo momento de lo que realmente iba la vida.
Roberto salió a recibirme con su traje gris claro de chaqueta cruzada, al estilo de los gángsteres norteamericanos.
—Amigo argentino, perdone la espera.
—No se preocupe, no tengo muchas ocupaciones en este país. Esperar en una sala tan preciosa como esta no es lo peor que me podría pasar.
El despacho de Roberto era formidable. Se trataba de una inmensa sala circular abierta a la Gran Vía.
—Me encantan las vistas —remarcó, por si no me había dado cuenta.
—Es como estar en la cima del mundo —contesté mientras me acercaba a las vidrieras con él.
—Mi padre tenía un despacho cerca de aquí. Me siento orgulloso de continuar su estirpe.
—¿Era usted hijo único? —le pregunté para ver qué decía. Estaba intentando ganarme su confianza.
—Desgraciadamente, mi hermana mayor falleció hace un tiempo. Creo que los sufrimientos de la guerra la sobrepasaron.
Me quedé petrificado. No era la mejor manera de enterarme de la muerte de mi madre. Tuve que tragar saliva y sobreponerme.
—Una desgracia.
—Sin duda.
—¿Y no tiene más familia?
El hombre se lo pensó antes de responder.
—Bueno, sí, pero hablemos de negocios. Esas cosas me entristecen.
Hablamos de las producciones de ¡A mí la Legión! y El escándalo .
—Cada producción podría costar casi un millón de pesetas, pero si hace una inversión de unas cien mil entre las dos, obtendría un veinte por ciento.
—¿Un veinte por ciento? Eso es mucho dinero. Supone un retorno de veinte mil pesetas en un año.
—Exacto, son películas apoyadas por el ministerio. Casi todo serán beneficios desde el principio. Si luego son un éxito de taquilla, las ganancias pueden dispararse.
—Me gusta hacer negocios con usted.
—Querido don Pedro, con usted me siento en familia.
Sonreí. Mi tío Roberto no podía ni imaginar hasta qué punto era cierta esa afirmación.