34. El señor Martín
El señor Martín
El material del que están hechos los sueños.
El halcón maltés
Mi regreso a Madrid con casi veintiún años y la cartera repleta de billetes fue muy diferente a lo que esperaba.
Lo primero fue inventarme un pasado, porque una fortuna tan formidable debía proceder de algún lado.
Pensé que lo mejor era contar que mi familia se había enriquecido en Argentina e imitar el acento de Sansón, que durante tantos años había escuchado.
Además, mi viejo amigo me habló mucho de los barrios de Buenos Aires, del fútbol y hasta del cine que se estrenaba allí.
Compré varios discos de tangos y aprendí a bailarlos antes de presentarme en el mundo de mi tío Roberto.
La familia Mendizábal estaba otra vez en la cumbre. Roberto era amigo íntimo del Caudillo, a quien había ayudado en la producción de su película Raza . Había fundado también unos estudios a las afueras de la ciudad con la colaboración de la productora alemana UFA.
Mi puesta de largo tuvo lugar en una fiesta para el estreno de Raza . Todo el mundo sabía que el guionista había sido el propio Francisco Franco, aunque había usado el seudónimo de Jaime de Andrade.
Conseguí unas entradas para el preestreno en el Palacio de la Prensa. Era la noche de Reyes de 1942 y allí estaba todo Madrid para rendir pleitesía al dictador.
Los coches de lujo aparcaban en la puerta del cine y los ministros, generales y millonarios recorrían la alfombra roja con sus esposas.
Ese glamour y ese lujo contrastaban con la pobreza que se veía por todos lados.
Algunos se estaban haciendo millonarios con el estraperlo, el comercio ilegal de productos intervenidos o sujetos a tasas establecidas por el Estado, ya que la mayoría de los alimentos seguían racionados pese a que la guerra había terminado hacía mucho tiempo.
Yo llegué en taxi al preestreno. Caminé por la alfombra roja y me hicieron fotografías como al resto de los famosos.
Entré en el cine, que estaba situado junto al que perteneció a mi padre. Su dueño, como el de casi todos, era Roberto Mendizábal.
Me acomodé en mi butaca, cerca de la platea. Me giré y busqué con la vista el palco principal con la bandera. Allí se iban a sentar Franco y las principales autoridades.
La sala se llenó rápidamente. Las mujeres, con sus abrigos de visón y sus collares de perlas, nada tenían que ver con las de los años de gobierno rojo en la capital.
Subieron al escenario los protagonistas del filme. Primero, Alfredo Mayo, que interpretaba a José Churruca, el héroe que representaba el ideal franquista; a continuación, José Nieto, el hermano desviado, la actriz Blanca de Silos y el actor Raúl Cancio.
Me giré de nuevo y en el palco de autoridades no vi a Franco. Parecía que a última hora no había querido asistir al acto. Solo aparecía en desfiles y galas oficiales. El dictador no se fiaba demasiado de Madrid, la ciudad que tanto se le había resistido.
José Luis Sáenz de Heredia, el director de la película, tomó el micrófono y presentó a todo el elenco.
—Buenas noches. Es un gran honor para mí presentar el estreno de mi película, Raza .
En un mundo en guerra y tras la victoria de nuestra cruzada nacional, no debemos bajar la guardia.
La peste roja todavía acecha en las sombras.
En estos momentos, nuestros divisionarios están luchando en los alrededores de Nóvgorod.
Cuando los soviéticos sean derrotados, el mundo será un lugar mejor.
La gente comenzó a aplaudir y el hombre tuvo que levantar la mano para que se hiciera de nuevo el silencio.
—Está con nosotros en este estreno el ministro de Asuntos Exteriores, don Ramón Serrano Suñer, así como nuestros hombres de letras Rafael Sánchez Mazas, Manuel Halcón y José Luis Arrese, entre otros.
La gente aplaudió de nuevo y comenzó a vitorear el nombre de Franco.
—No ha podido asistir al estreno el guionista de esta obra maestra —dijo, aunque todo el mundo sabía que el autor era Franco y que la historia era la de su familia—.
También quiero agradecer la participación de los productores de la película del Consejo de Hispanidad, en especial a don Roberto Mendizábal, que tanto bien ha hecho, junto con su familia, al cine español.
En ese momento lo vi. Se puso en pie, y a su lado estaban su esposa Dolores y su hija Claudia, que era algo menor que yo.
Intenté disimular el odio que sentía hacia él. Debía ganarme su confianza sin que descubriera mi verdadera identidad. Ya me encargaría más adelante de enviarlo al fango del que nunca debió de haber salido.
—Ahora les dejo con Raza .
El director y los actores bajaron del escenario, se abrió el telón y en la pantalla aparecieron los primeros fotogramas de la película. Durante más de cien minutos, tuve que soportar esa exaltación del Movimiento, de la guerra y de la victoria de Franco.
La película era efectista y melodramática, perfecta para un público entregado que se había convertido en falangista y franquista de la noche a la mañana.
Al terminar, se oyó una ovación cerrada y la gente se puso en pie. Yo imité a los demás. La gente comenzó a salir de la sala. Yo sabía que se celebraba una fiesta en uno de los salones de arriba, aunque era de carácter casi privado.
Mientras la mayoría abandonaba el cine, yo subí las escaleras enmoquetadas y entré en el salón. Los camareros ya estaban sirviendo champán, canapés y toda clase de delicias, sobre todo jamón y buen queso.
Comí y bebí un poco de todo. Esos manjares no eran fáciles de encontrar, aunque se tuviera el dinero necesario.
Me acerqué al director y lo felicité.
—Muchas gracias, caballero. ¿Cuál es su nombre?
—Don Pedro Martín, aunque muchos me llaman el Argentino.
—No he estado en su hermosa tierra, pero somos pueblos hermanos.
—Sin duda —le contesté.
Se acercó Mayo, el actor principal, y nos presentaron.
—La interpretación de usted es espléndida —le dije.
—Muchas gracias, el guion era muy bueno.
—Es cierto, feliciten al guionista de mi parte.
El actor, sorprendido de que fuera el único habitante de Madrid que no lo sabía, se me acercó y me dijo al oído:
—El guion es del Caudillo.
—¡Qué bárbaro, che! Por cierto, en Buenos Aires he sido productor de cine. Mi familia es de origen español, pero hizo fortuna abriendo salas en la capital.
—Pues debería conocer a Roberto Mendizábal. Ahora es el productor más importante de España.
Mayo me llevó hasta él. En ese momento estaba hablando amistosamente con Manuel Halcón y Rafael Sánchez Mazas.
—Señores, permítanme presentarles a un productor argentino llamado Pedro Martín.
—Encantado, caballeros.
Temía que mi tío me reconociera, pero mi disfraz parecía adecuado. La barba había cambiado mucho mis rasgos y el acento argentino despistaba incluso más.
—Ya está de vuelta la inversión americana a España. Esa es una buena noticia —dijo mi tío mientras me daba la mano.
—¿La familia de ustedes lleva toda la vida unida al cine?
—Sí, comenzó mi padre con un modesto cine de barrio, el Maravillas, hasta levantar un imperio, pero nosotros lo vamos a hacer aún más grande. La gente necesita volver a soñar.
—Sin duda, el cine es igual en todos sitios. Los pobres lo necesitan para vivir la vida de los demás, y los ricos, para que los pobres no se rebelen.
Se hizo un silencio, pero de repente mi tío se echó a reír a carcajadas y todos lo imitaron.
—La ironía argentina es muy fina —dijo Roberto mientras me tomaba del brazo.
Me llevó a un rincón y comenzó a hablarme de negocios.
—Estamos preparando una película en la que José Luis Sáenz de Heredia será también el director.
Se va a titular El escándalo y se estrenará el año que viene.
La producción comenzará en breve. También estamos con otra obra, en este caso de Juan de Orduña, titulada ¡A mí la Legión!
El gobierno va a apoyar estos proyectos y podemos ganar mucho dinero.
—Me parecen unos proyectos magníficos. Podríamos reunirnos mañana y hablar de ello.
—Sí, tengo la oficina justo al lado del salón. Mañana le espero a eso de las diez.
—Perfecto.
—Deje que le presente al ministro. Lo llamamos el Cuñadísimo porque es el cuñado de Franco. Hicimos un preestreno de la película en El Pardo; siempre que llevo algo nuevo, voy en persona.
—¿Conoce usted a Franco?
—Sí, en este nuevo mundo, los contactos lo son todo, no lo olvide.
Llegamos delante del Cuñadísimo, que intentaba seducir a un par de actrices de reparto.
—Disculpe, señor ministro. Este es el productor argentino don Pedro Martín.
—¿Argentino? Tengo algún amigo de allí. ¿Quiere invertir en España? En los próximos años será el país que más crezca. En cuanto Hitler gane la guerra, seremos uno de sus socios preferentes.
—¿Piensa que la va a ganar? —le pregunté. Quería mostrar lo poco que conocía de la política en Europa.
El atractivo político me sonrió.
—Hitler es un genio de la estrategia y la política. Dentro de poco gobernará todo el este de Europa.
Serrano Suñer parecía muy convencido. Desde mi regreso a Madrid, había seguido más las noticias, pero la verdad era que en mi cabeza solo había un objetivo y el resto del mundo me daba exactamente igual.
—Pues espero que así sea. En Argentina tenemos muchos políticos corruptos y el presidente Ramón Castillo es un boludo. Ojalá que pronto adoptemos un régimen como el de ustedes, firme y patriótico.
Roberto me presentó luego a su mujer y su hija, Claudia, y Dolores tampoco pareció reconocerme.
—Si le parece bien, puede venir después de la reunión a comer a casa con mi marido.
—No quiero molestar.
—Será un placer. Tenemos que ser hospitalarios con los extranjeros; eso también forma parte de la caridad cristiana. Mañana me espera un día muy ajetreado. Iré con la mujer del Caudillo a una colecta benéfica. Desde el final de la guerra hay muchos pobres.
—Razón de más para no molestar.
—No se preocupe, se encarga de todo el servicio. Ya mandaré que preparen una comida rica.
Después de la fiesta, me marché a mi casa a pie. Todavía se apreciaban las huellas de la guerra en algunas partes de la ciudad, aunque se veía que el régimen quería borrar las señales de la contienda lo antes posible.
Fue un placer recorrer de nuevo las calles del centro y escuchar la voz de los serenos y el rumor de los cepillos sobre las aceras de Madrid. No quería estar en ningún otro lugar del mundo; para mí era lo mejor que podía imaginar.
Había un dicho tan antiguo como la ciudad que decía: «De Madrid al cielo».
No le faltaba razón. La capital más pequeña de Europa, después de Lisboa, recuperaba su antiguo brillo.
Si cerraba los ojos, aún podía ver dónde se habían excavado las trincheras, dónde había estado el frente y dónde las bombas habían destrozado la ciudad.
Pero las viejas heridas daban paso a un nuevo mundo en el que todos querían olvidar el pasado y centrarse en lo que estaba por venir.