El último cine de barrio 33. La guardia civil
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33. La guardia civil

La guardia civil

Si no hubiera sido muy rico, tal vez hubiera sido un gran hombre.

Ciudadano Kane

Salimos de madrugada. Yo sabía exactamente a dónde quería dirigirme y dónde no quería regresar, pero los comediantes tenían que recorrer varias ciudades antes de ir a pasar el invierno cerca de Madrid.

Fuimos a Soria y, desde allí, marcharíamos hacia León y, más tarde, a Zamora.

Después de las funciones en la ciudad, cuando estábamos saliendo de la provincia, la guardia civil detuvo nuestra caravana.

Nos pidieron los papeles a todos. Yo conservaba los que me había entregado Juan Pedro; nunca los perdía de vista.

—¿Se llama usted Pedro Martín?

—Sí, señor —le contesté al cabo.

Mi amiga nos observaba justo al lado. El hombre comparó la imagen con la de la cédula.

—Está bien, espero que pasen de largo. No queremos más comediantes en la comarca.

En León paramos una semana. Los comediantes me asignaron la tarea de cuidar a los animales, ya que estaba acostumbrado a hacerlo. Me dieron alguna ropa más adecuada y unos zapatos. Llevaba dos años con alpargatas.

Mi joven amiga, que se llamaba Marga, no me había explicado cómo había escapado del prostíbulo de Santander ni cómo había terminado con los artistas ambulantes, pero imaginaba que la historia no debía de ser agradable.

Una noche, después de la función, dimos un paseo por el centro de León y me contó lo que había sucedido desde nuestro encuentro en Santander.

—Aquella noche me quedé muy pensativa. Me pareció muy tierno que me prometieras que regresarías a por mí.

Sabía que eran las promesas de un pequeño y asustado adolescente, pero, por primera vez en mucho tiempo, me sentí valiosa.

Lo que me ataba de verdad a aquel lugar no era la seguridad de un plato en la mesa o de una cama en la que descansar, sino el convencimiento de que nadie me quería y que, además, jamás sería digna de ser amada.

»Unos días más tarde, aprovechando que la madama dormía, metí cuatro cosas en una maleta, el dinero que tenía y algún otro que tomé prestado, y me dirigí a la estación de autobuses. El primero que salía era para Valladolid. Aquel destino me pareció tan bueno como cualquier otro.

»En Valladolid alquilé un cuarto en una pensión. No sabía hacer nada, pero como aún me quedaba dinero, decidí apuntarme a una escuela de corte y confección. Estuve dos meses aprendiendo lo básico y comenzaron a pagarme por hacer arreglos.

»Un día, me pidieron que fuera a la casa de una joven que se iba a casar para hacerle los últimos arreglos del vestido de novia. Estaba en medio de la faena cuando entró el padre. Me reconoció; había sido cliente mío en Santander.

»En cuanto regresé a la pensión, tomé la maleta otra vez y me alejé lo más que pude. Llegué a Burgos, donde conocí a un comediante. Me contrataron para que preparara los trajes y arreglase la ropa, pero después me pidieron que hiciera papelitos en algunas obras cortas. El resto ya lo sabes.

Yo ya le había contado mis experiencias en Inglaterra, cómo había pasado la guerra en Madrid y por qué había terminado en aquel pueblo de Soria.

—No íbamos a parar en la aldea donde vivías. Se trataba de un lugar demasiado pequeño, pero nos suspendieron una función en Medinaceli y necesitábamos cubrir esos días.

—Entonces fue por pura casualidad —le dije, sorprendido.

—Sí, en verano solemos ir al norte, donde hace menos calor, pero Soria suele ser demasiado fresca por la noche.

Viajamos por otras provincias de España hasta que, en noviembre, nos dirigimos al sur, hacia Madrid. A medida que nos acercábamos a la capital, me ponía cada vez más nervioso. Hay veces en las que uno prefiere ignorar lo que le espera.

En mi mente, mi madre y mis hermanos todavía estaban seguros, pero en el fondo sabía que no era así.

Llegamos a Madrid una tarde lluviosa y plomiza, como si la ciudad me negara el maravilloso color azul de sus cielos.

Marga sabía que teníamos que despedirnos de nuevo. Ellos pasarían el invierno en Toledo, que resultaba más barato, y, después de representar el espectáculo en algunos pueblos de Ciudad Real, regresarían al norte.

—Muchas gracias por todo —me dijo.

La joven me besó por última vez. Sus labios eran lo más cálido que había disfrutado desde mi partida de la ciudad.

Vi cómo se alejaba la pequeña caravana y me quedé plantado hasta que los perdí de vista.

Estuve tentado de marcharme con ellos; la vida de comediante no me disgustaba.

Ya había interpretado tantas vidas que simular la de los demás no me resultaba tan difícil.

Después me dirigí al antiguo Cine Maravillas.

La fachada estaba recién reformada; se veía detrás la mano de mi tío.

No entré, me limité a pasear por las calles de mi infancia.

Nadie me reconoció. Mi aspecto había cambiado mucho, con la barba larga, las espaldas anchas y la piel curtida por el campo.

Intenté localizar a Juan Pedro Moscardó en la sede del Gobierno militar, pero me informaron de que le habían destinado a Berlín. La guerra en Europa continuaba. Los nazis estaban ganando y España se mostraba cada vez más inclinada al fascismo.

Busqué a mi familia en la última dirección que me habían dado, pero no sabían nada de ellos.

El dinero se me estaba acabando. Entonces me acordé de la llave que había guardado atada al cuello durante todo aquel tiempo. Recordaba la caja de seguridad del banco y su número; no necesitaba nada más para recuperar el oro de mi abuelo.

Gasté mis últimos ahorros en un buen traje. En ese Madrid de las vanidades, las apariencias lo eran todo.

Me presenté en la plaza de Cibeles. En cuanto me vio llegar, el ujier me abrió la puerta. Volvía a parecer un señor, un caballero inglés, pero moreno y mediterráneo.

—Buenos días, quiero abrir mi caja de seguridad.

—¿Qué número es?

—Es la doscientos cuarenta y tres.

El hombre de bigotillo fino me llevó hasta una de las cámaras. Pasamos una enorme puerta de hierro redondeada y se paró frente a la caja.

Introduje la llave y él hizo lo mismo con la suya.

—Encajan —dijo, algo sorprendido—. No había abierto una de estas desde antes de la guerra. El gobierno anterior requisó muchas de ellas por ser de fascistas, como decían ellos. El gobierno actual hizo lo propio al llegar a Madrid, pero esta sigue intacta.

Le sonreí. En cuanto el empleado se marchó, agradecí al cielo que mi abuelo jamás hubiera tenido una afiliación política. Abrí la caja y vi varios lingotes de oro, algunas joyas y también acciones de su empresa, que ahora regentaba mi tío.

Lo guardé todo en la bolsa de cuero que llevaba, cerré la caja y la coloqué en su lugar.

Salí del banco temblando. Temía que en cualquier momento alguien me parara y me quitaran la herencia del abuelo, pero no sucedió nada parecido.

Busqué por Madrid varios lugares donde cambiaran oro. Después de la guerra había muchos, pero algunos habían cerrado.

Al final encontré uno en la calle Montera.

Era un lugar poco recomendable, pero sabía que no me harían muchas preguntas.

Entré en la tienda, bajé unos escalones y vi la vitrina llena de joyas y piezas de oro y plata.

Supuse que la mayor parte eran robadas. Resultaba el lugar perfecto para cambiar mi oro; nadie haría preguntas.

Saqué varios lingotes y al hombre se le iluminó la cara.

—No sé si tengo tanto efectivo en la caja —dijo mientras pesaba el oro—. Son cuatro kilos; le puedo dar unas cuarenta mil pesetas.

—Esto vale al menos cincuenta mil —le contesté.

—Vaya a un sitio autorizado y se lo tasarán.

—Deme cuarenta y cuatro mil y le prometo traer más.

—Será un placer —dijo el hombre mientras guardaba los lingotes y sacaba varios fajos de billetes recién impresos.

Aquel dinero era suficiente para vivir con comodidad durante siete años.

Llegué a la casa que había alquilado cerca y escondí bien el resto de mi fortuna en el falso techo. Luego me senté en la cama y pensé en mi familia. Ese dinero podría haberlos salvado; tenía que encontrarlos cuanto antes.

Sabía quién era la única persona que podía conocer su paradero, mi tío Roberto, que había movido todos los hilos para arruinar a nuestra familia. Debía urdir un plan para localizarlos y vengarme del hombre que nos había intentado destruir. Se lo debía a mi padre, a mi madre y a mis dos hermanos.