El último cine de barrio 32. Comediantes
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32. Comediantes

Comediantes

La historia sabrá juzgarnos. No hay sacrificio estéril. Del nuestro de hoy, saldrán las glorias de mañana.

Raza

La guerra avanzaba en Europa, aunque en aquel pueblo apartado de Soria todo parecía anclado en un tiempo y un mundo en los que el hombre seguía guiándose por las estaciones y los ciclos de la naturaleza.

Llevaba en Soria casi un año y medio. Me había dejado crecer la barba y mi cuerpo se había transformado. Quedaba muy poco del adolescente que había llegado desde Madrid.

Al final recibí una carta de Juan Pedro.

Había tenido que realizar una misión fuera de España y por eso se había demorado tanto.

Me comunicaba que no había logrado encontrar a mi familia, que ya no estaba en el pequeño piso que él había ayudado a pagar.

También me informaba de que seguía en busca y captura, por lo que me recomendaba que me quedara con mi nombre y apellidos falsos.

Después de la guerra se habían perdido y quemado muchos archivos parroquiales, por lo que nadie iba a descubrir mi nueva identidad. Esas palabras me dejaron paralizado.

Una mañana de verano, Marcial se acercó a mí. Parecía enfadado, aunque a veces solía levantarse algo atravesado. No le había respondido a su oferta de casarme con su primogénita.

—Tengo que hacerte una pregunta. Vamos a dar un paseo.

Hacía mucho calor, pero caminamos hasta el cauce del río, que en verano bajaba medio seco.

—María Paz me ha dicho que os estáis tratando. ¿Es eso verdad?

Era cierto que de vez en cuando nos besábamos, pero jamás habíamos pasado de ahí. No quería deshonrar a la familia que me había acogido ni al hombre que me había dado su confianza.

—Siento mucho todo lo sucedido. La he besado algunas veces, pero eso es todo.

—No sé cómo serán las cosas en Madrid, pero aquí, si un hombre besa a una moza, ya es su novia. ¿Por qué lo has hecho? Te ofrecí mi casa y a mi familia. Te concedí la mano de mi primogénita.

Me quedé sin palabras. El hombre llevaba la garrota y pensé que en cualquier momento me daría con ella. En los casi dos años que llevaba en Soria, me había convertido en un hombre fuerte, pero Marcial era muy grande. A pesar de su inmensa barriga, sus brazos parecían de hierro.

—Tendrás que casarte con ella para guardar su honra. Si la gente de la comarca se entera de que ha ido besándose con otros, no la casaré jamás.

El hombre me dijo que la boda se celebraría al cabo de dos semanas. Me sentía atrapado, sin salida, pero el destino me ayudó de nuevo.

Unos días más tarde, había fiestas en el pueblo en honor a la Virgen de Agosto. Había llegado un grupo de comediantes y malabaristas, la mayoría de los cuales eran medio gitanos.

La noche del viernes montaron un escenario en el centro del pueblo.

Representaron un espectáculo y después hubo baile.

María Paz quiso que bailara con ella. Era la manera de anunciar a todo el pueblo que nos íbamos a casar.

Estaba ya casi resignado a mi destino cuando me fijé en una de las artistas.

Me sonaba mucho, pero no recordaba dónde la había visto antes.

Por la noche, mientras me dirigía a la casa, la mujer me paró, me agarró del brazo y me llevó hasta un rincón.

—¿No te acuerdas de mí?

La voz me hizo caer de inmediato. No sabía su nombre, jamás lo había escuchado, pero era la misma muchacha a la que besé por primera vez en un prostíbulo de Santander, antes de irme a Inglaterra.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó, extrañada.

—Es una larga historia.

—Imagino.

Me besó y después me llevó de la mano hasta un pajar. Hicimos el amor toda la noche, como si hubiéramos esperado ese momento toda la vida. El destino me ofrecía de nuevo una salida y yo no estaba dispuesto a perder esa oportunidad.