31. El derrumbe
El derrumbe
Estaré en todas partes, en la oscuridad. Estaré en todos lados, dondequiera que mires. Donde haya alguien luchando para que los hambrientos coman, allí estaré. Donde haya un policía golpeando a un tipo, allí estaré.
Las uvas de la ira
Mi trabajo era sencillo. Ahora que estábamos en pleno invierno, consistía en levantarme temprano para dar de comer a los animales, limpiar las cuadras, acarrear leña para la chimenea, encender el fuego y trajinar agua. Parecían tareas simples, pero me ocupaban todo el día.
No hablaba con nadie de la familia excepto con Marcial. Las hijas agachaban la mirada cada vez que me veían. Eran muy guapas, pero las ropas holgadas de campesina les ocultaban el cuerpo.
Marta, la madre, si se dirigía a mí, lo hacía con monosílabos o tan solo me pedía que hiciera alguna tarea.
Marcial estaba siempre presente, a no ser que se hubiera marchado a un mercado cercano para vender huevos, leche o pollos. También teníamos conejos, pero eran para consumo propio.
De forma milagrosa, encontré un libro. Al parecer, mi nuevo padre sabía leer y escribir y lo había traído de Barcelona. Era un Nuevo Testamento.
Después del trabajo duro del día, se convirtió en mi único consuelo.
El trabajo físico me ayudaba a no pensar, pero hacía que los demás instintos se acentuaran.
Tenía un gran deseo sexual, algo que no me había pasado antes, ni siquiera en la adolescencia.
El apetito era insaciable y, gracias al trabajo físico, noté que mi musculatura aumentaba.
Juan Pedro me mandaba una carta trimestral para contarme cómo iban las cosas en Madrid.
Durante el primer trimestre no hubo problemas; no lograron ejecutar la deuda ni quitarle el cine a mi madre.
Juan Pedro les buscó un buen abogado. Se les presentó como un viejo amigo de la época de la guerra y confiaron en él.
Esperaba con impaciencia la siguiente carta. No tener noticias de la familia durante tres meses fue lo más duro de todo.
La segunda carta me desanimó profundamente.
El juez había determinado que debían abandonar el edificio en un plazo de una semana.
El desalojo ya debía de haberse producido, por lo que, aunque hubiera ido a Madrid, no habría podido hacer nada para evitarlo.
Les podía mandar un poco del dinero que me daba Marcial, más la ayuda que me prestaba mi amigo Juan Pedro.
Cuando llegó la primavera, mi ánimo mejoró. Podía acercarme al río y el campo yermo se cubrió de un manto de flores. Un día me encontré con María Paz, la mediana de Marcial, que debía de rondar mi misma edad o un poco menos.
—Hola —me dijo con su sonrisa inocente. Se trataba de la más guapa de las tres. Tenía unos grandes ojos verdes y un pelo rizado y rubio que llevaba siempre recogido.
—Hola —le contesté, algo nervioso.
No quería tener problemas con Marcial. Era muy celoso de sus hijas, que comenzaban a perder la esperanza de encontrar un marido.
Muchos hombres habían muerto en la guerra y otros, tras la lucha, habían permanecido en Madrid, Soria o Barcelona.
Por eso las mujeres del pueblo me miraban mucho.
Era de los pocos jóvenes en edad de merecer que quedaban por allí.
—Me he dado cuenta de que lees por las noches. Me gustaría aprender, pero mi padre siempre dice que una mujer no necesita esas cosas.
—Eso es una tontería. En Madrid, las mujeres también aprenden.
Me arrepentí enseguida de mis palabras. No quería cuestionar la autoridad de la persona que me había acogido en su casa. Me quedaban algo menos de seis meses y podría regresar a Madrid.
—¿Tú me enseñarías?
—Bueno, no sé si soy el más indicado. No quiero contradecir a tu padre.
—No tiene por qué enterarse —dijo mientras jugueteaba con uno de sus rizos, que el sol del mediodía hacía brillar como el oro.
A partir de aquel día, yo me marchaba hacia el río y ella me seguía un rato más tarde. Le enseñé a leer y escribir. Se pasaba el día haciéndome preguntas sobre Madrid, Inglaterra y lo que había visto en mis viajes. Ella solo había ido a algún pueblo cercano.
—¿Madrid es muy grande?
—Es inmenso y las calles del centro son muy elegantes. Mi familia tenía un cine en la más importante.
—Nunca he ido al cine.
Me pareció increíble que una persona de su edad jamás hubiera visto una película.
—He escuchado la radio un par de veces. Una vecina tiene una y nos deja oír las radionovelas, pero a nuestro padre no le gustan. Dice que pervierten a las mentes nobles.
Cuando llegó el verano, María Paz ya sabía leer muy bien y podía escribir frases cortas.
—¿Has besado a alguna chica? —me preguntó un día.
—Bueno, sí, pero fue hace mucho tiempo.
—¿Qué se siente?
—Es difícil de explicar. Será mejor que lo averigües cuando tengas novio.
La chica se acercó hasta tener la cara pegada a la mía.
—¿Quieres ser mi novio?
—No puedo, somos como hermanos. Tu padre me ha otorgado su confianza y…
La chica no me dejó terminar y me estampó un beso en los labios. Intenté resistirme, pero a cierta edad era muy difícil controlar ciertos impulsos.
Estuvimos un rato sobre la hierba. Nos besamos varias veces, pero no hicimos nada más.
María Paz debió de contárselo a sus hermanas, porque comenzaron a mirarme raro y eso me incomodaba.
La tercera carta fue la peor de todas. La enfermedad de mi madre se había agravado.
Juan Pedro me comentó que se había emitido una orden de busca y captura en mi contra por haberme fugado de la justicia.
Si regresaba, acabaría en prisión. Aunque el régimen estaba conmutando algunas penas de muerte, me castigarían con trabajos forzados en algún lugar.
En el cuarto trimestre no llegó ninguna carta y empecé a preocuparme. Tampoco regresó el amigo de Juan Pedro para recogerme.
María Paz siguió viéndose a escondidas conmigo y la respeté todo lo que pude. No fuimos a mayores, pero me sentía muy mal por haber engañado a Marcial.
—Creo que debería volver a Madrid este invierno —le dije.
—¿Estás loco, mozo? Las cosas andan muy mal por allí; la gente se muere de hambre.
—Pero mi familia está sola y mi madre continúa enferma. No he sabido nada de ellos desde hace meses.
—Desde aquí puedes enviarles dinero. Si pones un pie en la ciudad, acabarás en la cárcel. Te quería proponer algo.
Me quedé mirando al hombre. Durante todos esos meses me había tratado con respeto, aunque con mucha frialdad.
La gente del pueblo se había acostumbrado a verme y me saludaban con naturalidad.
Mi rostro estaba moreno y mi cuerpo se había fortalecido con el trabajo físico.
En muchos sentidos, podía pasar por un lugareño más.
—Tengo que casar a la mayor y he visto que eres un hombre trabajador, honrado y culto. Te irá bien en la vida y podrás cuidarla.
Me quedé de piedra. Estaba manteniendo una relación con la mediana, aunque solo fueran unos besos a escondidas.
—Sería un honor, pero creo que debo regresar a Madrid y rehacer mi vida allí.
—Piénsalo, chico. No has de tomar una decisión ahora. Tengo que casar primero a la mayor, así manda la tradición. Cargar con tres mujeres es muy difícil para mí. Dios no me concedió un hijo varón.
Pasaron los meses y llegó un nuevo invierno. Decidí quedarme. En primavera debía tomar una resolución definitiva. Fue entonces cuando llegaron noticias de Madrid.