30. Una salida
Una salida
Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos bondad y dulzura.
El gran dictador
Juan Pedro Moscardó leyó el pliego de acusación, que ya estaba en trámite en el juzgado.
Eso no pintaba muy bien. Lo más probable era que me mandaran a una prisión modelo, incluso a trabajos forzados.
A muchos de los prisioneros republicanos se los estaba utilizando para reconstruir puentes y carreteras, retirar escombros de las calles e incluso construir edificios.
El Estado estaba sin fondos y recurría así a mano de obra esclava, además de castigar despiadadamente a sus enemigos.
—Si vas a juicio, no verás la luz del sol en quince o veinte años.
—¿Quince o veinte años? —le pregunté, horrorizado—. Cuando salga, seré un viejo.
—Lo único que se me ocurre es… —El hombre miró a izquierda y derecha antes de seguir hablando—. Que te marches de Madrid cuanto antes. Conozco a una familia en Soria. Ella trabajó en mi casa cuando era joven. Tiene tierras allí y nadie preguntará por ti. Te daré papeles nuevos.
—No puedo marcharme. Mi familia me necesita; está a punto de perderlo todo.
Juan Pedro frunció los labios. Sabía que no me quedaba más remedio.
—No podrás ayudarlos mucho desde la cárcel; más bien serás una carga para todos ellos.
A veces no podemos elegir, porque solo tenemos el control de muy pocas cosas.
Ya conoces la historia de mi hermano en el Alcázar de Toledo.
Para muchos se comportó como un héroe, pero yo no habría sacrificado a mi propio hijo para mantener aquel baluarte.
Quizá logró salvar muchas vidas, pero solo Dios es capaz de hacer un sacrificio igual, dar a su hijo por personas que no lo merecen.
Me dejó a solas toda la noche. Aquella celda me ayudó a madurar más rápido que los años de guerra y las penurias que había sufrido. Entendí por qué Sansón no podía soportar la cárcel. Además de enfrentarte a tus pensamientos, la soledad es el enemigo más terrible del ser humano.
En la celda en la que me encerraron había un pequeño ventanuco. Pasé toda la noche tumbado sin poder dormir, pero en cuanto entró el primer rayo de sol por la ventana, me reanimé un poco.
Juan Pedro vino enseguida. Me agarró del brazo y me llevó por los pasillos vacíos. Después me metió en un coche.
—Fermín es de confianza. Pasamos muchas penurias juntos en la guerra. Si os paran, él sabrá qué hacer. Ahora te llamas Pedro Martín y eres natural de Soria.
Le agradecí su ayuda. Siempre me he preguntado cómo el destino une a dos personas tan antagónicas y las marca para siempre.
El coche se dirigió por la recién bautizada avenida General Franco hasta la carretera de Barcelona.
Salimos de la capital antes de que el tráfico empeorara.
Desde el fin de la guerra, la actividad normal de la ciudad se había recuperado un poco.
Parecía que el mundo regresaba a su estado anterior, pero todos sabíamos que era una falsa apariencia de normalidad.
El nuevo régimen era más despiadado que el sistema impuesto en los últimos meses de la guerra.
La gran diferencia estaba en que había venido para quedarse.
El coche no se detuvo hasta llegar casi a Medinaceli, donde repostamos.
Luego se adentró en la provincia de Soria.
Jamás había estado allí y me pareció un paisaje desolador.
Apenas había árboles y los pocos pueblos que atravesábamos eran un conjunto de casas de barro y tejados de paja, entre los que sobresalían un poco sus modestas iglesias.
Cuando alcanzamos la aldea, todo el mundo salió a ver llegar el coche. Mientras los niños tocaban la carrocería, caminamos hasta una casa en el extremo del pueblo. No era ni la más pobre ni la más rica, pero tampoco podía considerarse un buen sitio.
Nos abrió la puerta un hombre alto, de ojos claros y mirada triste. Tenía un trozo de paloduz en la boca. Por aquellas lindes no les llegaba ni para comprar tabaco.
—Buenos días nos dé Dios —dijo el hombre con la boina calada hasta casi los ojos.
—Vengo de parte de Juan Pedro Moscardó. Este será su nuevo hijo, Pedro. Tendrán que cuidarlo hasta nuevo aviso. El señor Moscardó les enviará un giro de vez en cuando a Soria.
El campesino me miró de arriba abajo. No debieron de gustarle mis pintas de señorito.
—Parece muy esmirriado —dijo después de tomarme del brazo.
—Hará lo que le pida, ¿verdad, Pedro?
Me sentí raro al escuchar ese nombre, pero afirmé con la cabeza.
—Tengo pocas normas. Obedecerás sin preguntar, no te quejarás, respetarás a mis tres hijas y no hablarás con desconocidos. ¿Has entendido, mozo?
—Sí, señor.
—No me llames señor. Dime padre o Marcial.
—Sí, Marcial.
Me negué a llamarlo padre. Tenía claro que Luis jamás había sido un buen padre, pero era el único que había conocido y nadie más llevaría ese título.
El hombre de Juan Pedro me dio la mano y me dijo:
—No salgas del pueblo para nada, vístete con las ropas que te dé Marcial, haz lo que te dice y dentro de un año vendremos a por ti. ¿Lo has entendido?
—Sí, señor.
En cuanto nos quedamos a solas, el campesino me invitó a entrar a su modesta casa. El salón tenía una mesa larga con seis sillas de mimbre y un arcón muy grande. Más allá estaba la cocina, que era básicamente una inmensa chimenea con un caldero colgando sobre un fuego.
—Las habitaciones están arriba. Son dos, una para mis hijas y otra para mi mujer y para mí. Tú dormirás aquí, en un jergón. También puedes hacerlo en el pajar, si soportas el olor de los animales.
Lo cierto era que no había dejado de percibirlo. En Madrid no teníamos vacas ni ovejas en las casas, aunque había muchas vaquerías.
—¿Quieres unas gachas? —me ofreció Marcial y yo acepté. Me las sirvió con leche de cabra. Nunca la había probado, pero acabé por acostumbrarme.
Nos sentamos a la mesa y charlamos de manera más amigable.
—Te debemos de parecer salvajes, pero aquí se vive así. Yo pasé cinco años en Barcelona, y no me gustó. Demasiados coches y ruido. Mi mujer y mis hijas están en misa, no tardarán en volver. Hay ropa para ti arriba; sube y cámbiate.
En cuanto me vestí de campesino soriano, me di cuenta de lo mucho que iba a cambiar mi vida.
Tenía la sensación de que el mundo se había vuelto loco, pero la posguerra resultó ser mucho más dura que la guerra.
Marcial y su familia disponían de pan y leche todos los días, además de huevos y, algunos domingos, gallina.
Después de la guerra, la mayoría de los madrileños pasaron casi una década muriéndose de hambre.
Muchas veces, mientras comía en esa mesa modesta, pensaba en qué estaría almorzando o cenando mi familia, pero no podía hacer nada por ellos.
Las cuatro mujeres llegaron una media hora más tarde. Para mi sorpresa, eran todas muy bonitas. Vestían como el resto de los lugareños, pero sus formas parecían algo más refinadas que las de las otras campesinas que había conocido.
—Este es vuestro hermano Pedro. Si os preguntan, diréis que lo enviamos hace años a Barcelona y que ha regresado para echarnos una mano con los animales.
El primer día fue muy duro. Estuve trabajando hasta que se puso el sol. En cuanto me tumbé en el jergón duro de paja, me quedé dormido como un tronco.
Las semanas se sucedieron muy rápido. Siempre pensaba en mi familia y rezaba a Dios para que los protegiera.
Mi madre estaba enferma y mis dos hermanos todavía eran demasiado pequeños para defenderse por sí mismos.
Mi padre había muerto y Sansón, el único que hubiera podido ayudarme, tampoco estaba ya entre nosotros.