El último cine de barrio 29. Traición
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29. Traición

Traición

Bueno, hay algunas cosas de las que un hombre simplemente no puede huir.

La diligencia

Las ejecuciones no se hacían públicas. Sin embargo, cuando te devolvían las pertenencias de un familiar, eras consciente de que acababan de asesinar a tu ser querido.

La muerte de mi padre me dolió mucho más de lo que imaginaba.

En el fondo, con la marcha de alguien a quien hemos amado, también morimos un poco nosotros.

Ahora, tras el tiempo transcurrido, no justifico ningún acto de mi padre, pero he aprendido a aceptarlo tal y como era.

Las siguientes semanas pasaron frenéticas. El verano fue muy caluroso y seco. Reabrimos el Cine Maravillas y fue una gran reinauguración. No tenía el esplendor de cuando mis padres lo hicieron casi diecisiete años antes, pero todos estábamos muy ilusionados.

Pablo y yo volvimos a recuperar la confianza.

Él se encargaba de la sala de proyección y yo de la gerencia.

Nuestra madre y Susana eran las responsables de la venta de entradas y de refrescos.

Parecía que el mundo volvía a estar en equilibrio, aunque escaseaba casi todo.

La guerra en Europa empezó poco después en Polonia y se extendió como la pólvora, primero por todo el continente y más tarde por todo el mundo.

A las dos semanas de la reinauguración nos llegó la carta del juzgado. Nos embargaban el cine. Mi madre apenas estaba superando la muerte de padre y aquello terminó de hundirla y enfermó.

Aquel mismo día acudí al despacho de mi padre. No quería nada que le perteneciera, pero a lo mejor su testamento podría ayudarnos a conservar el cine.

La oficina estaba en la última planta del edificio.

Abrí con la llave, entré y observé el pequeño mundo que había creado y que parecía hecho a su imagen y semejanza.

Busqué el testamento entre los documentos.

Para mi sorpresa, dejaba casi todo a su otra mujer, Eloísa.

Me alegré por ella, pero eso nos ponía en una situación muy complicada.

Entonces recordé la llave del abuelo; no sabía qué había pasado con las cajas de seguridad del Banco de España.

En casa, mi madre dedujo, en cuanto me vio, que las cosas no pintaban bien.

—No nos ha dejado nada.

—El cine de Gran Vía, pero está tan endeudado que, cuando paguemos todo, nos quedaremos igual.

—¿Qué vamos a hacer?

Abracé a mi madre. Teníamos que llegar a un acuerdo con Roberto. Le escribí una carta y le pedí que pasara a vernos por el cine al día siguiente.

Por la mañana, mientras Susana estaba en la escuela, mi tío se acercó al cine. Parecía mucho más viejo que la última vez que lo vi, en el juicio.

—Hermana —le dijo a mi madre, aunque no se acercó a ella ni para besarla. A mí me dio la mano—. Ya habéis tenido noticias de mi abogado, ¿verdad?

—Sí, queríamos pedirte más tiempo para pagarte toda la deuda. El cine está comenzando a dar beneficios otra vez, pero necesitamos un par de años para…

No me dejó terminar la frase y se puso hecho una furia.

—¡Yo no soy la beneficencia! Le presté dinero a tu madre cuando más lo necesitaba. Estoy reabriendo todos los cines y voy a comprar también el de Gran Vía. Con eso os hago un favor y os quito una enorme deuda. Si no podéis pagar, no es mi culpa.

—Hermano…

—En los negocios no hay hermanos ni primos. Quiero el dinero contante y sonante. Si no lo habéis conseguido a finales de la semana, me quedaré con el cine.

—Danos más tiempo. Creo que puedo conseguir el dinero.

Roberto torció el gesto. Todos sabíamos que no quería el dinero; lo que ambicionaba era el cine. Estaba haciéndose el empresario más importante del sector en Madrid y contaba con el apoyo del régimen. Se decía que era quien le organizaba a Franco los pases privados en El Pardo.

—Unas semanas tan solo…

—No, lo quiero ya. ¿Entendido?

En cuanto mi tío nos dejó a solas, mi madre se sintió indispuesta. Entre Pablo y yo la llevamos a la cama.

—Tengo que irme; puede que encuentre la manera de pagar.

—Pero ¿cómo? Es muchísimo dinero.

No podía contarle mis planes. Salí en dirección al Banco de España. Tenía que hacerme con el oro del abuelo para luego venderlo. Esperaba que los usureros no se aprovecharan de mi situación.

Estaba de camino al banco cuando noté que me seguían. Eran dos hombres de traje y gabardina gris. Intenté despistarlos, pero antes de que pudiera hacerlo, me pararon.

—¿Es usted don Rodolfo Reverte?

—Sí, ¿qué sucede?

—Tiene que acompañarnos a la Dirección General de Seguridad.

Pensé enseguida en mi tío. Había recurrido a sus contactos para acusarme falsamente.

—¿Por qué? —les pregunté, nervioso.

—Tenemos que realizar una comprobación. Le han denunciado por pertenecer al Partido Socialista, por colaborar con la República y por difundir su propaganda.

—Esto es absurdo. Nunca he pertenecido a ningún partido. No soy mayor de edad; todavía no he cumplido los veintitrés.

Los dos hombres me cogieron de los brazos y me metieron en un coche. Unos minutos más tarde, estábamos en el palacio de Buenavista, en la Capitanía General, junto a la plaza de Cibeles.

Me dejaron en un despacho y parecieron olvidarse de mí.

Me preocupaba mi madre. Estaba enferma y yo temía que no pudiera soportar otro disgusto.

Pensé mucho en mi padre y en Sansón, víctimas de las venganzas personales y de la represión de los militares que se habían adueñado del país.

Se rumoreaba que traerían de vuelta al rey y que, al cabo de unos años, se restablecería el orden jurídico y constitucional. Pero yo tenía serias dudas.

Al final, llegaron dos agentes para interrogarme. Al principio no me reconoció uno de ellos ni yo a él.

—El inglesito. ¿Qué haces aquí?

Lo miré atónito; se trataba de Juan Pedro Moscardó. Parecía que la suerte me sonreía de nuevo. Al menos podía ver una cara amiga en las entrañas mismas del monstruo de la represión franquista.