28. Familia
Familia
Las causas perdidas son las únicas por las que vale la pena luchar.
Caballero sin espada
Nunca he entendido la vida. Cuando todo parece que va a mejorar, de repente las cosas se tuercen a peor.
Habíamos logrado superar una guerra, sobrevivir al hambre y, sobre todo, a un mundo cada vez más hostil con quienes intentábamos hacer lo correcto.
No me consideraba el hombre más religioso del mundo; de hecho, nunca iba a misa.
Tampoco lo habría podido hacer en el Madrid republicano; pese a ello, todos los días rezaba unos momentos y dedicaba mi día a Dios.
Tenía en Cristo mi modelo a seguir, pero una y otra vez veía cómo los malos medraban.
Conocía el salmo que dice que no debemos impacientarnos por los malos ni tener envidia de los que hacen el mal, aunque, en el fondo, sí que la tenía.
Mi conciencia jamás me habría permitido causar mal a nadie a sabiendas, pero así era como funcionaba el mundo.
El día en que mi familia regresó de Zaragoza, después de casi seis años sin verlos, me encontré con que mi madre estaba enferma y muy envejecida, mi hermano Pablo se había convertido en un adolescente desgalichado que apenas se acordaba de mí y mi hermana Susana no sabía quién era yo, más allá de la velada imagen en una foto vieja en blanco y negro.
—¡Hijo! —exclamó mi madre al verme. Tenía el cuerpo encorvado, como si durante todo aquel tiempo hubiera soportado el peso del mundo.
Nos abrazamos y rompió a llorar. Yo intenté hacerme el fuerte, pero los brazos de mi madre eran los únicos en los que alguna vez me había sentido seguro.
—Estás muy cambiado, guapo y hecho un hombre.
Lo cierto es que ya no me parecía al muchacho desgarbado que habían dejado unos años antes en un barco con destino a Inglaterra.
Pablo me dio la mano, pero yo tiré de él y lo abracé.
—Hola, pequeñajo.
Susana se aproximó con timidez. Era una verdadera belleza a sus casi once años; pronto se convertiría en una mujer.
Éramos de nuevo una familia. Teníamos el Cine Maravillas para mantenernos, aunque yo no sabía que mi madre se había endeudado durante su estancia en Zaragoza y que el hombre que le había prestado el dinero había sido mi tío Roberto.
Se acomodaron de nuevo en el piso. Todo estaba casi igual a como lo habían dejado tres años antes, a diferencia del obús, que seguía hincado en el patio de butacas. Habría que desarmarlo y sacarlo del cine antes de que pudiéramos abrir de nuevo.
Mi madre limpió el piso a su gusto. Después salí a comprar un poco de comida. La llegada de Franco no había mejorado mucho la situación. En cierto sentido, todos pensábamos que quería castigar a los madrileños por haberse resistido a sus ataques.
Encontré verdura, un poco de pollo, pan y unos huevos. Nos dimos un pequeño festín.
Les conté cómo habían sido esos años en Madrid. Había pensado dejar para más adelante mis experiencias en Inglaterra, aunque en ocasiones tenía la sensación de que nada de aquello había sucedido en realidad. Formaba parte de un mundo que ya no existía.
—¿Qué tal os fue en Zaragoza?
—Bueno, estábamos en el balneario cuando estalló el golpe. Pensamos que duraría poco y seguimos allí hasta el otoño, pero resultó muy costoso. Se nos acababa el dinero y decidimos irnos a Zaragoza. En aquel momento ya era imposible regresar a Madrid.
—¿Os ayudó alguien?
—Un contacto del padre Fernando. Uno de los canónigos del Pilar, que dio trabajo a Pablo, nos alquiló un pequeño piso justo enfrente de la catedral.
Con eso sobrevivimos al principio, siempre con la idea de regresar en cualquier momento, pero todo se alargó.
Metimos a tu hermana en un colegio de monjas y yo comencé a coser para sacar unas perras, pero las cosas estaban carísimas y nos moríamos de hambre.
Tu padre intentó mandarnos algo de dinero, aunque no sirvió de nada; la moneda republicana no valía en el bando nacional.
Entonces, por casualidad, vimos a Roberto y a Dolores con su hijo en la catedral, durante una misa.
Se acercó a nosotros y se ofreció a ayudarnos.
Había vendido secretos de la defensa de Madrid a los nacionales y había logrado sacar las joyas y todo lo de valor que tenían.
Al principio pareció que nos echaba una mano de forma altruista, pero luego me entregó unos pagarés.
Le debemos una fortuna y el cine está casi embargado, aunque nos ha prometido que podremos pagarle poco a poco.
—Es un usurero. Hay que tener valor para hacer eso a su propia familia.
—La situación es difícil para todos —le defendió mi madre.
—Lo hizo para quedarse con el cine. Siempre lo ha querido.
—Bueno, tu padre pagará la deuda en cuanto le vea.
Me quedé petrificado. Mi madre no se daba cuenta de que mi padre estaba detenido ni de que no iba a ser fácil acceder a su dinero, que, por otro lado, no valía nada. Sería una pesadilla vender los inmuebles y el cine de Gran Vía no lo había terminado de pagar.
—Dios nos ayudará.
Aquella sentencia de mi madre parecía solucionarlo casi todo, pero en cuanto supo lo de mi padre, comenzó a decaer y su enfermedad se agudizó.
Me presenté en el tribunal militar dos días después. Sansón y mi padre me pidieron que declarara a su favor. No sabía si iba a ser de utilidad, pero al menos lo intentaría.
La sala, en el cuartel de Conde Duque, era muy austera.
Muchos de los sitios en los que las checas habían cometido sus peores desmanes fueron después las salas donde esos mismos chequistas fueron enviados al paredón.
Parecía justicia poética, pero esos juicios representaban una verdadera farsa que condenaba a inocentes y culpables por igual.
Las cárceles seguían a rebosar. Las enfermedades infecciosas se multiplicaban entre una población muy debilitada por el hambre.
En la sala, todos iban con uniforme, excepto los acusados y el público, que solía ser muy reducido. Tan solo asistía algún familiar que se atrevía a apoyar a su padre o a su hermano en un momento tan delicado.
Al lado del crucifijo de la pared, colgaba un retrato de Franco. Se hacía omnipresente, como si fuera el mismísimo Cristo de Medinaceli.
Me acerqué a Sansón y le puse una mano en el hombro.
—¿Qué tal estás?
—Mal, prefiero que me fusilen a que me metan otra vez en la cárcel.
—Seguro que se hace justicia.
—Nuestro abogado es un joven oficial llamado Pacheco. Ya nos ha dicho que el fiscal que nos ha tocado es el peor. Un tal Felipe Acedo Colunga, un falangista que quiere a todos los zurdos muertos. ¿Y sabés? Lo peor es que yo ya ni zurdo soy.
Mi padre me miró, pero no hice ningún gesto para saludarlo. Tenía la sensación de que se merecía acabar así. Desconocía si en realidad había asesinado a ese cura, pero era culpable de muchas otras cosas.
—Todos en pie. El excelentísimo juez Santiago Anguita entra en la sala.
Nos pusimos en pie. Ese hombre parecía más un carnicero segoviano que un juez de instrucción.
Nos sentamos y enseguida pidió al fiscal que leyese los cargos.
—Señoría, estamos aquí para juzgar a don Luis Reverte González y a don Sansón Pelayo Martini Blas por el homicidio del sacerdote Fernando Martín de Lis.
—¿Cómo se declaran los acusados?
El abogado se puso en pie.
—Inocentes, señoría.
—Estos rojos jamás se arrepienten de nada.
El fiscal se levantó de la silla y presentó la supuesta arma con la que se había asesinado al sacerdote. En ese momento me volví y vi a mi tío Roberto entre el público. Parecía estar disfrutando de la situación.
—Además del cuchillo, que se encontró en la casa del acusado, hay un testigo.
La sala reaccionó con sorpresa. Eso ponía el caso más interesante para los morbosos asistentes que querían ver a todos los izquierdistas posibles.
Apareció un hombre delgado y canijo, de pelo cano y mirada fría. Hizo el juramento y se sentó en la pequeña silla del estrado.
—¿Puede decirnos si reconoce a los acusados? —preguntó el fiscal.
El hombre señaló a mi padre.
—Sí, ese hombre había amenazado al vicario en varias ocasiones, tanto antes como después de que estallara la guerra, por ser el confesor de su esposa. Le acusaba de acostarse con ella y de haberla convertido en una fanática religiosa.
—¿Por qué dice que él asesinó al sacerdote?
—Una mañana, al comienzo de la guerra, cuando Madrid era un caos, ese hombre llegó a la iglesia en coche.
Conducía otro. Bajó del vehículo y entró en la vicaría.
Cuando se marchó, fui a ver cómo estaba el padre, ya que sabía de la enemistad entre ambos.
Fue entonces cuando lo vi con el cuchillo clavado en el pecho. Decía: «Ha sido el marido».
—Pero no le vio cometer el asesinato.
—No, pero justo salía de la vicaría cuando apareció el padre desangrándose. Se lo llevaron al hospital y ya no lo volví a ver. No sabemos ni dónde lo enterraron esos rojos de mierda.
—No diga palabrotas —le advirtió el juez—. Esta es mi sala y aquí solo las digo yo.
—Disculpe, señoría.
—¿Ese es el otro hombre, el que se quedó al volante del coche? —preguntó el fiscal mientras señalaba a Sansón.
—No lo puedo asegurar, pero sí le había visto en otras ocasiones con el tal don Luis.
—No hay más preguntas, señoría.
El fiscal se sentó. Se relamía de pensar en su victoria.
El abogado defensor no hizo más preguntas y entonces me llamaron al estrado. Estaba muy nervioso. No sabía qué me iban a preguntar ni cómo podía ayudar a mi padre y a Sansón.
—¿Es usted don Rodolfo Reverte Mendizábal, hijo de don Luis Reverte?
—Sí —contesté después de hacer el juramento.
—¿Su padre y la víctima se conocían?
—Sí, mi padre nos llevaba todos los domingos a misa, aunque él nunca entraba.
—¿Vio que se pelearan alguna vez?
—No, que yo recuerde. Después estuve casi tres años en Inglaterra y, a mi regreso, ya había estallado la guerra.
—¿Cree que su padre es capaz de cometer un crimen así?
Me quedé callado unos segundos. La verdad era que sí le creía capaz.
—Imagino que todos somos capaces de hacer algo así en momentos de furia.
—Pero ¿pudo hacerlo su padre?
—No creo —contesté al fin. Se trataba de mi padre y no podía lanzarlo a los leones. Aquello no era más que una farsa.
El abogado defensor se sentó y el fiscal se puso delante de mí. Me escudriñó con sus cejas pobladas, sus labios carnosos y sus dientes grandes de sabueso.
—Su padre es dueño de varios cines en Madrid.
—Sí —contesté.
—Ha producido películas para el gobierno de la República.
—Creo que sí, pero desconozco los detalles. Estuve fuera casi todo el tiempo.
—Sus cines han sido utilizados para la propaganda comunista.
—Imagino que como todos. Nos obligaban a poner ciertas películas y los noticieros de la guerra.
—Entonces ¿usted también colaboró con el régimen comunista?
—No, simplemente intenté sobrevivir.
—¿Sabe que estos dos hombres asaltaban bancos en Argentina y que mataron a varios guardias de seguridad?
—No lo sabía.
—Las pruebas están en esta lata —dijo mientras la entregaba como prueba.
Después se volvió hacia el juez.
—Este argentino y el señor don Luis son culpables de asesinato en primer grado y también de robo, ya que se llevaron varios objetos sagrados de valor.
Pido para ellos la pena máxima. Tenemos que limpiar España de esta escoria que nos ha conducido a una guerra y ha causado la muerte de gentes de bien.
El fiscal se sentó y el abogado mandó llamar a mi padre al estrado. Nos cruzamos en el camino y me puso la mano sobre el hombro.
—Gracias, hijo.
No sentí que hubiera hecho nada bueno por él, pero el hecho de presentarme, tal y como estaban las cosas, ya era un acto de heroísmo.
Mi padre hizo el juramento y después se sentó.
—¿Es cierto que estuvo allí aquella tarde?
—Sí, es cierto.
—¿Vio el cadáver del padre Fernando?
—Lo vi, por eso me asusté y me marché de allí lo más rápido que pude.
—¿Qué quería que hiciera por usted el padre Fernando? ¿No es cierto que se llevaban mal?
—Sí, pero quería que me ayudara a traer a mi mujer y a mis hijos de Zaragoza. Pensé que tendría contactos. Sabía que los había acomodado cerca del Pilar.
—¿Por qué no denunció los hechos?
—Tuve miedo. Todo el mundo conocía nuestra mala relación.
—¿Fue con el señor don Sansón a la iglesia?
—Él conducía el coche, pero tampoco hizo nada malo.
—No tengo más preguntas —dijo el abogado defensor.
El fiscal se puso en pie como si lo accionara un resorte.
—¿Ustedes perpetraron esos robos en la Argentina?
—Eso fue hace muchos años y en otro país.
—Formaban parte de un comando anarquista muy violento, ¿verdad?
—Yo solo lo hacía por dinero. La muerte de esas personas fue por mala suerte.
—¿Pertenecía al comando o no?
—Sí, pero solo estuve en tres atracos. En los que participé no murió nadie.
—El acusado estuvo en la escena del crimen; lo ha reconocido.
Odiaba a la víctima y escapó sin prestarle socorro.
La víctima, antes de morir, dijo que había sido el esposo.
Además, estos hombres son dos anarquistas peligrosos que han colaborado con el régimen asesino de la República.
Pido para ellos la pena capital inmediata. El mundo estará mejor sin ellos.
Un rumor recorrió toda la sala. El juez golpeó con el mazo hasta que se restableció un silencio absoluto.
—Después de escuchar a ambas partes y a tenor de las pruebas que se han remitido, declaro al acusado, don Luis Reverte de Lis, culpable de asesinato sin derecho a apelación.
Y su cómplice, don Sansón Pelayo Martini Blas, culpable de complicidad.
Ambos recibirán la pena capital por fusilamiento lo antes posible. Se levanta la sesión.
Me quedé mudo, pero me puse de pie y abracé a Sansón.
—Lo prefiero, ya no aguanto más —me dijo para tranquilizarme.
Después me acerqué a mi padre y lo abracé. A pesar de todo, lo seguía queriendo.
—Hijo, lamento haber sido el peor padre del mundo. Espero que sepas perdonarme. Ve a mi oficina en el cine de Gran Vía. Allí tengo todos mis papeles. Vende lo que puedas para que tu madre y tus hermanos no pasen fatigas.
Esa fue la última vez que lo vi con vida. Supuso uno de los momentos más difíciles de mi vida, pero no sabía que me quedaban por pasar tragos mucho más amargos.