27. Reencuentro
Reencuentro
Cathy, no puedes dejarme en este abismo donde no puedo encontrarte… ¡Yo no puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!
Cumbres borrascosas
El entierro fue muy sobrio. Me empeñé en encontrar a su madre y a su hermano y lo logré.
Eloísa y el chico, que era poco mayor que mi hermano Pablo, habían pasado el resto de la guerra en Ávila.
Al parecer, mi padre los había sacado de la ciudad tras la destrucción de su casa.
No sabían que Leonor había sobrevivido al bombardeo.
Llegaron a Madrid un día después de lo que, para unos, fue la liberación y, para otros, la ocupación.
Los encontré en su antiguo edificio. Se habían instalado en la casa de unos vecinos que habían muerto durante la guerra.
El anuncio fue terrible para ellos. Aunque ya habían superado el duelo por Leonor, saber que había estado viva durante todo ese tiempo les destrozó el corazón.
El entierro se realizó en el cementerio de Carabanchel. Solo asistimos Sansón, la madre y el hermano de Leonor, Luis, a quien no había visto desde el incendio, y yo. Al terminar el brevísimo sepelio, mi padre se me acercó.
—Siento todo lo que ha pasado. Ahora que he regresado, las cosas irán mejor.
Acababa de cumplir diecinueve años y había logrado sobrevivir sin su ayuda todo ese tiempo. Lo único que quería era volver a ver a mi madre y a mis hermanos.
—He contactado con la familia. En unos días habrán regresado a Madrid y estaremos juntos de nuevo.
—No quiero que te acerques a nosotros —le advertí.
—Pero todo lo que tengo es tuyo. Dentro de poco lo heredarás, debes conocer…
—No quiero nada que te pertenezca.
—Piensa en tu madre y tus hermanos.
Siempre intentaba hacer ese tipo de chantaje emocional, pero yo sabía cómo mantener a mi familia. Ya no le necesitábamos.
En cuanto mi padre se retiró, se acercó Eloísa.
—Muchas gracias por cuidar de Leonor. Nunca lo olvidaré.
Era la primera vez que estábamos cara a cara. Mi hermanastro era un chico de pelo castaño y con el rostro lleno de granos.
—Era mi deber, siempre la quise.
Rompí a llorar y la mujer me abrazó. No sentía el cuidado de nadie desde que me había ido a Inglaterra.
—Espero que os vaya muy bien. Nosotros dependemos de tu padre, pero ahora me pondré a trabajar y buscaré alguna ocupación para mi hijo. Necesito alejarme de él; nos ha hecho tanto daño…
Nos despedimos de la familia. Sansón caminaba a mi lado con dificultad. La guerra había hecho mucha más mella en él; parecía que el cuerpo comenzaba a fallarle.
Unos días más tarde, unos militares se presentaron en el cine. Preguntaban por mi padre, pero también interrogaron a Sansón.
Las denuncias llegaban a mansalva a las nuevas autoridades.
Todos querían acercarse al nuevo régimen y disipar cualquier sospecha de colaboración con el gobierno republicano.
Miles de personas se hacinaban en las cárceles, algunas por ser maestros, otras por ser periodistas o simples votantes de izquierdas.
Comenzaron a habilitarse los conventos, los colegios y los estadios para concentrar a todos los detenidos.
Los juicios sumarísimos y los consejos de guerra se sucedían sin descanso.
—¿Alguien nos ha denunciado? —pregunté al militar. No entendía a qué venían tantas dudas.
—Solo es una investigación rutinaria —nos contestó.
Al día siguiente, se presentaron con una orden de registro. Requisaron muchas de las películas, sobre todo las soviéticas, y se llevaron otras para censurarlas. Al parecer, lo único que importaba era la moralidad pública.
—¿Usted es argentino? —preguntaron a Sansón.
—¿No lo notás?
—No se haga el gracioso. ¿Por qué dejó su país?
—Quería volver a la madre patria.
—Que no se haga el gracioso. Su familia es de origen italiano, ¿no es así?
El militar seguía con el interrogatorio cuando uno de los soldados entró con la película clandestina y le dijo algo al oído.
—¿Qué es esto?
—Una lata —contestó Sansón, sin dar más explicaciones.
—¿Qué contiene?
—Una película, imagino, aunque parece muy vieja. Seguramente ya no se pueda ni ver.
—Es muy corta para ser una película.
—Bueno, ya sabés, a veces se proyectan cortos antes de los grandes estrenos, sobre todo de dibujos animados.
—La han visionado en parte. Aparecen usted y el señor Luis Reverte. Al parecer, los buscaban en su país por robos a bancos y por pertenecer a un grupo terrorista.
—Eso fue en otra vida, hace mucho tiempo.
El militar cerró el cuaderno de un golpe seco y miró fijamente a mi amigo.
—Un rojo nunca deja de serlo.
—Eso es una boludez. No soy rojo, no creo en nada.
—Será mejor que nos acompañe. Esta es la última prueba que necesitábamos.
Me interpuse en el camino del oficial.
—Es un anciano que lleva casi veinte años en España. No tiene nada que ver con el Partido Comunista.
—Su padre y este individuo han matado a un hombre.
Me quedé casi sin palabras.
—¿Cómo?
—Durante la guerra, mientras Madrid estaba ocupada, su padre y este individuo asesinaron al padre Fernando.
—Pero eso es imposible, Sansón no ha estado con mi padre durante toda la guerra.
—Eso se verá en el juicio. Ahora es mejor que se quite de en medio. El cine queda clausurado hasta nueva orden.
—¿El cine?
—Sí, tenemos que aclarar la participación de estos hombres. Además, durante la guerra proyectaron aquí propaganda revolucionaria y cine soviético.
No salía de mi asombro. Todos los cines de Madrid lo habían hecho. Al parecer, en la nueva España de Franco era un delito haber sobrevivido a la guerra.