El último cine de barrio 26. La bomba
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26. La bomba

La bomba

A pesar de ti, de mí y del mundo entero que se desmorona a nuestro alrededor, te amo.

Lo que el viento se llevó

Leonor se recuperaba poco a poco, aunque seguía estando muy delgada y, de tanto en tanto, le daban fuertes ataques de tos.

Reabrimos el cine al cabo de unos días. La ciudad parecía desaparecer lentamente, devorada en sí misma como el viejo tren de los hermanos Marx.

El cine, por el contrario, se llenaba casi todos los días. En cierto sentido, era de lo poco que le quedaba a la gente. Las películas eran antiguas y no se habían vuelto a imprimir carteles por las restricciones, pero la fábrica de sueños tenía que continuar.

Los espectadores iban vestidos con monos en su mayoría y muchos llevaban sus armas incluso dentro de la sala. Las películas estaban censuradas, sobre todo después de 1937.

Los filmes clásicos, como Nobleza baturra o Morena Clara , seguían vigentes, aunque el público se los conocía de memoria.

Una de las pocas novedades era la comedia absurda Nuestro culpable , que había dirigido Fernando Mignoni un año antes, en 1938.

Se trataba de una comedia de enredo en la que un hombre inocente es acusado de un crimen que no ha cometido, una historia que muy pronto se haría realidad.

Aunque las películas que levantaban furor eran las soviéticas.

Las mujeres lloraban con La madre y los hombres parecían exaltarse con Octubre y con Chapáyev, el guerrillero rojo .

Yo trabajaba tanto que apenas me daba tiempo a mirar la pantalla. Vivía en el cine, pero fue la etapa de mi vida en la que más alejado me sentí de él.

Tras varias semanas de mejoría, la salud de Leonor comenzó a empeorar cuando conseguir alimentos se volvió muy difícil.

La ciudad estaba completamente en ruinas. Hasta los más fanáticos querían que la guerra terminase de una vez. Casi todo el país estaba en manos de Franco y la gente ya no podía más.

El coronel Segismundo Casado se rebeló contra el gobierno de Juan Negrín. Quería negociar con Franco y evitar más muertes, pero ya no había nada que negociar.

Los dos bandos comenzaron a matarse en Madrid. Un día hubo un enfrentamiento delante del cine.

Al final, a pesar de la resistencia del gobierno y de los comunistas, ganó Casado. Se creó el Consejo Nacional de Defensa para alcanzar un acuerdo honroso que diera por finalizada la guerra, pero era demasiado tarde para el honor en un conflicto que se había convertido en una carnicería.

Una semana después, muchos soldados republicanos comenzaron a abandonar sus posiciones y a huir. Ninguno quería que los nacionales lo pillaran con el uniforme de la República.

En medio del caos, se liberaron algunos presos, pero se asesinó a muchos otros antes de que entraran los del otro bando.

En una de las últimas tardes de la guerra, se escucharon los aviones sobre la capital, como si los franquistas mandaran el último aviso.

Oímos explosiones cerca, pero intentamos no hacerles mucho caso.

Ya no íbamos a los refugios, tal vez con la estúpida seguridad de que, si no habíamos fallecido hasta ese momento, no moriríamos ahora que el fin de la guerra estaba tan cerca.

Cuando escuché la explosión y el edificio se sacudió como si se hubiera producido un terremoto, creí que había llegado el fin.

En cierta forma lo anhelaba. No sabía nada de mi madre ni de mis hermanos desde el comienzo de la guerra, y a mi padre no lo había vuelto a ver.

Leonor se encontraba cada vez peor y el cine era lo único que me quedaba.

Me quité el polvo de la cabeza y de los hombros, bajé hasta la sala y vi el obús allí en medio. No había explotado, pero no por eso dejó de impresionarme.

Nos acostumbramos a vivir con una bomba en el cine porque a todo se habitúa el ser humano, pero el día en que falleció Leonor fue el peor de la guerra.

Las tropas de Franco entraron el 28 de marzo sin resistencia. Las calles estaban casi desiertas. La ciudad que no se iba a rendir cayó sin disparar ni una sola bala.

El mismo día en que Franco anunciaba el fin de la guerra, Leonor dejó de luchar. Su cuerpo joven no pudo resistir la enfermedad y el hambre, aunque siempre supe, desde el primer día, que no quería seguir luchando.

A veces la muerte puede ser un alivio, sobre todo cuando apenas quedan razones para seguir adelante. Si yo aguanté, con apenas diecinueve años recién cumplidos, fue porque deseaba volver a ver a mi madre y a mis hermanos. Eran lo único que de verdad me ataba al mundo.