25. Convento
Convento
¡No pierdas la cabeza, Susan! / ¿Mi qué? / ¡No pierdas la cabeza! / ¡Tengo mi cabeza, lo que he perdido es mi leopardo!
La fiera de mi niña
El cine seguía abierto, aunque ya no cobrábamos la entrada. Se trataba de nuestra manera de contribuir al ánimo de la ciudad. Los franquistas se aproximaban cada vez más a la capital y todos sabíamos que el desenlace era cuestión de tiempo.
El pan tenía un color tan negro que costaba comérselo.
Solo abundaban las lentejas llenas de gusanos y las algarrobas.
La gente hacía colas interminables para que les dieran algo de la cartilla de racionamiento.
Ya no se veían animales domésticos por las calles y los niños lucían un cuerpo flaco y una barriga hinchada por la desnutrición.
Lo único que había disminuido en parte eran los bombardeos, como si Franco no quisiera destruir la ciudad para cuando entrara en ella triunfante.
Corrían rumores de que la guerra podría comenzar en Europa y que entonces los ingleses y los franceses nos enviarían ayuda, pero la única realidad era que Madrid se parecía cada vez más a una capital soviética, con retratos de Lenin y Stalin por todos lados.
Intentaba no alejarme demasiado del barrio. Allí, al menos, conocía a los de la checa, que, como sabían que no le cobraba nada a la gente pobre, me tenían cierto aprecio. Pero después de tres semanas sin ver a Leonor, decidí arriesgarme a ir hasta su barrio, en Chamberí.
Tenía la dirección del sobre, la única pista con la que podía localizar a mi hermanastra. Había tardado en reaccionar. Tras la muerte de mi abuelo, me quedé varios días en cama sin ganas de salir.
El entierro fue precipitado. Los muertos eran lo único que abundaba en aquellos días. Mi tío Roberto se me acercó en la Almudena y me dio un abrazo. No supe negarme. En el fondo, no tenía nada en su contra. Sus peleas con mis padres apenas las recordaba.
Luis no había vuelto a aparecer desde el incendio. Lo único que sabía de él era que intentaba mantener sus cines abiertos y que apoyaba lo máximo posible al gobierno, aunque todo el mundo sabía que estaba deseando que entraran los franquistas en la capital.
El tranvía no funcionaba muy bien. Los vagones destrozados por los bombardeos no podían ser reemplazados y muchas calles estaban levantadas por los obuses. Por eso decidí tomar el metro.
En cuanto descendí a la estación, noté lo poco que se parecía al metro que recordaba. Se había convertido en la casa de todos los que habían perdido la suya y había que esquivar los cuerpos tumbados, muchos de ellos desfallecidos tras días sin apenas comida.
Madrid era una sombra de sí misma. La alegría del principio de la guerra se había perdido por completo. Los únicos que tenían un mejor aspecto eran los milicianos; la mayoría no luchaba en el frente y su oficio era reprimir en la retaguardia.
Logré entrar en uno de los vagones atestados.
Como era casi diciembre, el olor resultaba menos insoportable, pero estuve a punto de vomitar en algún momento del trayecto.
Todos estábamos tan delgados que ya no lo percibíamos.
La gente apenas se movía, como si permaneciera quieta ahorrando energías.
No había nada hermoso ni épico en la guerra.
Hasta los carteles de propaganda se despegaban de las paredes y ya nadie se molestaba en sustituirlos.
Cuando salí a la luz del día, me sentí aliviado pese al frío y me prometí regresar a pie. Busqué la calle. Al llegar al edificio, vi que estaba semidestruido.
Me acerqué y entré en el portal. El portero, vestido de miliciano, me recibió con cierta desconfianza.
—¡Salud! ¿Sabe dónde está la familia Gutiérrez?
—¿Está buscando a la señora Eloísa?
—Sí, aunque a quien quiero ver es a su hija Leonor.
El hombre me miró de arriba abajo.
—¿Por qué la busca?
—Un asunto familiar.
El hombre se encendió un cigarrillo.
—Son buena gente… Quien no me gustaba era el padre, pero hace mucho que no lo veo por aquí.
¿Se ha fijado en la fachada del edificio?
Cuando cayó la bomba, la única que estaba en casa era la chica.
Quedó gravemente herida y la trasladaron al hospital que han abierto en el antiguo convento de las clarisas. ¿Sabe dónde queda?
—No, vivo en otro barrio —le contesté.
El hombre me indicó la dirección y fui caminando por la ciudad helada. La gente no salía a la calle; los cuerpos delgados y famélicos no soportaban bien el frío.
Entré en el convento. El hospital improvisado se hallaba en condiciones espantosas. Había manchas de sangre y de suciedad por todos lados, y las camillas y las camas de los heridos estaban pegadas a los pasillos. Parecían más bien los restos de un naufragio.
Pregunté a una enfermera que llevaba un uniforme del color de la sangre seca, nada que ver con su blanco original. Me dirigió a un mostrador de madera desconchada, donde un hombre dormitaba, indiferente a todo lo que le rodeaba. Pareció molestarse cuando me acerqué.
—Este hospital es para los desahuciados. Los que no se van a recuperar tienen así un lugar digno donde morir.
Pensé que aquello era cualquier cosa menos digno. El hombre consultó la lista hasta encontrar el nombre de Leonor.
—Todavía está aquí, en la zona de los infecciosos. Si entra, lo hace bajo su responsabilidad.
No me preocupaba lo que pudiera pasarme.
Sabía que nuestro destino estaba escrito y que el único que podía cambiarlo era Dios.
Crucé la amplia sala. Los pacientes, en su mayoría moribundos, descansaban en camas cubiertas de vómitos.
Las sábanas amarillentas apestaban y el suelo estaba negro por la mugre que se acumulaba día tras día.
Ni las enfermeras ni los médicos se atrevían a entrar en aquel lugar.
La gente me suplicaba un poco de agua o de comida. Mujeres, niños y ancianos atestaban aquel limbo de desesperación.
Al final, casi en el fondo de la sala, encontré a Leonor. Al principio no la reconocí. Tenía el pelo sucio y el rostro gris, y unas ojeras profundas habían comenzado a devorarle los hermosos ojos.
Me acerqué a ella, pero no me reconoció. Parecía medio ida por el hambre y la fiebre.
—Leonor, soy yo, Rodolfo.
Me miró. Apenas pudo mover la cabeza.
Intenté no llorar. Al final, le tomé la mano fría y huesuda, la acaricié y ella pareció reaccionar.
—Hermano, ya lo sabes —me dijo.
—Sí, siempre te he querido, pero ahora mucho más.
—Has venido a despedirme antes de que me muera.
—No te vas a morir —le mentí.
—Claro que me voy a morir; todos lo haremos antes o después. ¿Qué importa el momento?
—No vas a morir —le repetí.
Le acerqué un poco de agua y bebió con avidez. Al lado tenía una bata y se la puse. Necesitaba sacarla de allí, pero ¿cómo podía llevármela?
—Ahora vuelvo —le dije, pero no estaba seguro de que me hubiera entendido.
Regresé al mostrador y pregunté si alguna ambulancia podía trasladar a mi hermana.
—No hay apenas operativas, pero las pocas que aguantan están ocupadas. Tampoco nos queda gasolina.
Era imposible sacarla de allí en esas condiciones sin un transporte. Abatido, me acerqué a la entrada y vi a un conductor fumando. Le conté el caso.
—Lo lamento, pero no estoy autorizado —me respondió.
Le ofrecí el poco dinero que tenía. Lo había guardado por si me veía obligado a huir de Madrid.
—No puedo…
El hombre se guardó el dinero en el mono azul. Después tiró la colilla y me guiñó un ojo.
—Tendremos que hacerlo rápido. Si mi jefe se entera…
Logramos encontrar una camilla libre. Trasladamos a Leonor a la furgoneta que hacía de ambulancia y la acomodamos lo mejor que pudimos. Yo me quedé a su lado mientras el hombre nos llevaba a casa.
No entendía cómo Eloísa la había abandonado así. Pensé que no debía de saber dónde se encontraba o que había escapado de la ciudad.
Cuando llegamos al cine, el conductor me ayudó a subirla. La dejamos en la bañera y me despedí del hombre.
La desnudé por completo; era casi todo pellejo y huesos. Tenía las dos piernas rotas por el impacto de la bomba. Jamás podría volver a andar.
No podía creer que aquella joven hermosa y llena de vida fuera ahora poco más que un despojo humano. La lavé con esmero. Dejé que el agua caliente le abriera cada poro de la piel y después le puse un camisón de mi madre. La acosté en su cama.
Sansón vino al poco rato y me ayudó a preparar un caldo, aunque no teníamos mucha sustancia con la que elaborarlo.
—No parece ella —me dijo al entrar en la habitación.
—Creo que, además de las piernas destrozadas y la desnutrición, también tiene tuberculosis.
Permanecí varios días junto a ella. El cine estuvo cerrado. La Navidad había pasado y entrábamos en un nuevo año, aunque nada parecía indicar que fuera mejor. A veces, cuando dormía a su lado, lo único que esperaba era que la muerte nos llevara a todos de una vez por todas.