El último cine de barrio 24. Leonor
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24. Leonor

Leonor

No hay nada como un buen odio para mantenerte en marcha. Es mucho mejor que el amor.

Jezabel

Cuando me encontré frente a mi padre, tuve ganas de escupirle en la cara. Pero no lo hice. Me limité a mirarlo mientras él hacía el amago de acercarse y abrazarme.

Le tendí la mano y, al final, se conformó con estrechármela.

—¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste a España?

—Hace mucho tiempo, al comienzo de la guerra.

—¿Por qué no me avisaste?

No contesté. Me limité a preguntarle por mi madre y mis hermanos.

—Bueno, no sé mucho de ellos. Estaban en aquel balneario aragonés, pero he conseguido averiguar por unos contactos que de allí se marcharon a Zaragoza. Espero que se encuentren bien. Cualquier lugar es mejor que Madrid para pasar la guerra.

Las cosas se ponían cada vez peores, eso era cierto. El invierno había sido muy duro y la gente había cortado los árboles de la ciudad para calentarse. La comida escaseaba cada vez más.

—Quiero vender el cine. Me están embargando y estamos a punto de perderlo todo.

Miré a mi padre con el ceño fruncido. No se lo iba a permitir.

—Este cine es de madre y nuestro. No te pertenece a ti.

—He quedado aquí con tu abuelo para explicarle la situación.

—No vas a venderlo.

—Lo quiere comprar la UGT. Necesitan un lugar amplio para sus reuniones y este es perfecto. Podemos venderlo y salir para Zaragoza a ayudar a tus hermanos.

Sabía que mentía. La única persona que le importaba era él mismo.

—¿Qué vas a hacer con tu otra familia?

Ahora era mi padre quien parecía confundido. Los mentirosos no encajaban nada bien ser descubiertos.

—No digas tonterías. ¿Quién te ha contado esas bobadas? Ha sido Leonor, ¿verdad? Le prohibí que viniera aquí. Ella cree que sois familia, pero sois solo medio hermanos.

Aquellas palabras se clavaron como puñales en mi corazón. La quería. Siempre había pensado que iba al cine para estar conmigo, pero ahora descubría la verdad.

—¡Mientes! —grité con la voz entrecortada por las lágrimas.

—No miento. Al menos por una vez, tendrás que creerme.

Mi cabeza iba a mil. No sabía qué pensar.

—Es tu hermana, la mayor de Eloísa.

En ese momento, alguien llamó a la puerta.

—Debe de ser el abuelo.

Mi padre me dejó allí, descompuesto, destrozado al perder de repente al amor de mi vida. Nunca nos habíamos besado. Ahora lo entendía: eran dos amores muy distintos.

Mi abuelo entró al cine y yo me fui a la sala de proyección, uno de los pocos lugares donde me sentía feliz y seguro.

Sansón llegó al poco rato y me vio cabizbajo.

—Pibe, ¿qué te pasa?

—Ha venido mi padre. Quiere vender el cine.

—Ese miserable.

Aquella era su casa, todo lo que tenía.

—Llevaré la película a las autoridades. Ellos sabrán qué hacer con ella.

—¿La película?

—Sí, siempre fue mi salvoconducto. Nunca me he fiado de Luis, es un cuentero.

—¿Qué hay en esa película?

—Antes de entrar en el ejército, probó fortuna en Argentina. Allí es donde nos conocimos.

—¿Os conocisteis en Argentina?

—Yo era anarquista y robábamos bancos como forma de protesta y para sufragar nuestras actividades.

Tu padre sabía de cajas fuertes. Él solo quería el dinero, pero nos ayudó en varios atracos.

La policía difundió unas imágenes nuestras.

Las pasaban en los cines para que la gente nos denunciara a cambio de una recompensa.

La lata la tomé del último cine en el que trabajaba.

Al llegar a España, busqué a Luis y me dio este laburo. Fue una forma de comprar mi silencio.

Al oír ruidos, logré zafarme de mi madre e ir a la cabina de proyección.

Escuchamos voces abajo. Me asomé y vi que mi abuelo y mi padre discutían.

Había cortes de luz, por lo que teníamos encendidas varias velas.

Mi abuelo tropezó con una y la llama se extendió en un instante por el telón.

En unos pocos segundos, el humo lo cubría todo.

«Está dentro —me decía a mí mismo—. Tengo que hacer algo».

No veía nada por el humo y me faltaba el aire. Intenté guiarme por las butacas y recé para encontrar al abuelo antes de que fuera demasiado tarde.

Corrí hasta el patio de butacas, me puse un pañuelo húmedo en la nariz y los busqué a los dos hasta que tropecé con el cuerpo de mi abuelo. Lo saqué a rastras. Sansón entró en la sala con la manguera de incendios y comenzó a apagar el fuego.

—¡Abuelo! —grité al cuerpo inerte y este acabó por reaccionar.

—Rodolfo —dijo con una media sonrisa, aunque enseguida comenzó a toser.

Lo incorporé un poco y pareció respirar mejor.

—Rodolfo, el dinero está en el Banco de España. Al comenzar la guerra, lo cambié por oro. Ve a por él antes de que desaparezca.

Sacó del bolsillo una llave dorada y un papel.

—Me alegra haberte vuelto a ver.

Después empezó a toser de nuevo hasta que echó sangre. Intenté reanimarlo, pero había inhalado demasiado humo.

Cuando llegó Sansón, su cuerpo comenzaba a ponerse rígido.

—¿Está…?

No se atrevió a pronunciar las palabras. El humo salía por las puertas hacia la calle. Habíamos salvado el cine, pero habíamos perdido a mi abuelo.

Mi padre no apareció más. Lo agradecí, porque no estaba seguro de lo que habría hecho de volver a verlo.

Ahora sabía que mi familia estaba en Zaragoza, pero la ciudad se hallaba completamente cercada.

El único camino que quedaba abierto era el de Valencia.

Teníamos que seguir resistiendo en la capital hasta que terminase la guerra.

Logramos arreglar el cine y reabrirlo dos días después. Muchas veces teníamos que interrumpir las sesiones por los bombardeos o los apagones, pero la gente seguía necesitando ver películas para evadirse.

Leonor no volvió a aparecer desde el incendio. Me preocupaba. Debía buscarla, así que miré el remitente de las cartas que su madre había enviado a la mía. Era mi hermanastra y jamás podría amarla como antes la había amado, pero temía que algo terrible le hubiera sucedido.