El último cine de barrio 23. Mi padre
49%

23. Mi padre

Mi padre

Todo en esta estación es demasiado viejo o no funciona. ¡Y usted es las dos cosas!

Oh, Mr. Porter!

Dicen que la vida es como una estación de tren. Siempre estamos esperando y, en realidad, nos encontramos de paso. En cambio, a veces nos acercamos a la felicidad en los momentos menos esperados.

Madrid estaba amenazada. Franco, el general que parecía haber tomado el mando del levantamiento militar, había prometido conquistar Madrid y acabar con todos los rojos que habían asesinado a gente inocente, como si ellos no hubieran cometido sus desmanes en Badajoz y por donde sus ejércitos avanzaban.

Por las mañanas, me preparaba un café y después limpiaba el cine.

Sansón se levantaba tarde. Tomaba un segundo café con él, leía un rato, comíamos y abríamos el cine por la tarde.

Nos ayudaba Leonor. Cenábamos con ella y esperábamos que el día siguiente fuera al menos como el anterior. No pedíamos más a la vida.

Una mañana, tras limpiar y tomar el café con Sansón, decidí poner un poco de orden en el apartamento.

Recogí el salón y la cocina. El verano había dado paso al otoño y este al invierno, y todavía no tenía noticias de la familia.

Mi padre no se había pasado por el cine ni una sola vez.

Parecía como si el Cine Maravillas, que tantas alegrías le había dado, ya no le importara nada.

En muchos sentidos era ahora mío; de hecho, lo había heredado de mi abuelo.

Mientras recogía el salón, vi un cajón medio abierto en el que había quedado atrapado un papel. Lo abrí y encontré un manojo de cartas. La letra parecía de mujer. Iban dirigidas a mi madre. Como ya había terminado de ordenar, me senté y comencé a leer.

Las cartas estaban firmadas por una tal Eloísa. El nombre me traía recuerdos, pero no sabía de qué.

Querida señora:

Que yo le escriba una carta no parece lo más apropiado, pero ya que su marido nunca ha querido contarle la verdad ni abrirle los ojos, tendré que hacerlo yo.

Pensará que yo soy la otra, una mala mujer que intenta robarle el marido y destruir su familia, pero no es cierto.

Al parecer, el año en que usted se quedó embarazada de Rodolfo, yo acababa de tener a mi primera hija.

Yo era casi una niña. Mi familia poseía varios ultramarinos en Madrid y yo estudiaba en un colegio de monjas.

Ya podrá imaginar qué sabía en aquel entonces de la vida.

Lo conocí en un baile, el primero al que iba en mi vida, animada por unas amigas mucho más avispadas que yo.

Me sedujo con su aspecto y su pose de hombre de mundo.

Me llevó a los pocos días a una pensión de mala muerte y casi me violó.

Cuando mis padres supieron del embarazo, me echaron de casa.

Estuve a punto de entregar a mi querida hija a un hospicio, pero me negué en el último momento.

Luis apareció de nuevo, el año en que usted lo perdió de vista.

Quiso convencer a todos de que estaba en África con el ejército, pero la verdad es que estuvo intentando ser un buen padre y un buen esposo, a pesar de que nunca llegamos a casarnos.

En esas fechas, mis padres murieron en un misterioso incendio.

La tienda que estaba debajo de su casa, la primera que habían abierto, se quemó por los cuatro costados y murieron asfixiados por el humo.

Yo era su única heredera. Luis lo arregló todo.

Nos casamos enseguida y controló nuestra fortuna.

Unos meses después, desaparecieron él y todo el dinero que habían dejado mis padres.

Cuando se marchó, yo estaba embarazada de mi segundo hijo.

Tuve que trabajar en cualquier cosa para sacar adelante a mis hijos.

Fregué suelos, limpié casas y vendí en los mercadillos.

Luis salió de mi vida, pero hace unos años, cuando ya había triunfado en los negocios, regresó a casa. Nos compró un piso en una buena zona y comenzó a pagar nuestras facturas.

No supe que estaba con otra mujer hasta que, un día, lo seguí hasta el Cine Maravillas. Lo cierto es que no me sorprendió. Pensé en echarlo de casa, en no permitirle regresar nunca más, pero mis hijos le querían y yo no podía seguir dándoles de comer sola.

Se preguntará por qué le cuento todo esto. Tal vez es mejor vivir en la ignorancia, pero mi conciencia no me dejaba tranquila.

No soy la otra. Seguramente ninguna de las dos lo somos. Amamos al mismo hombre o tal vez a una imagen distorsionada de él. Muchas veces me pregunto quién es realmente Luis. No lo sé. Quizá usted tampoco lo sepa.

Es el padre de nuestros hijos, el hombre que nos convirtió en mujeres, pero también el que trajo la desgracia y el oprobio a nuestra vida.

Espero que sepa perdonarme.

Una mujer desconsolada,

E LOÍSA G UTIÉRREZ

Dejé la carta a un lado. Entonces entendí las desapariciones de mi padre y aquella actitud que le hacía parecer siempre ausente.

Me resultaba difícil saber si estaba con dos mujeres porque se sentía incapaz de abandonar a una de ellas o porque, en el fondo, era una muestra más de ese egoísmo con el que alimentaba su tremendo ego.

También entendí de dónde salió una parte del dinero que había invertido en los primeros cines, aunque lo peor de todo era que me preguntaba si habría sido capaz de asesinar a los padres de aquella desdichada mujer que, como mi madre, se había cruzado en su camino.

No sé si fue el destino o el azar, pero justo aquel día, después de tanto tiempo, mi padre se presentó en el cine. Al principio no supe cómo reaccionar.

¿Se puede odiar a un padre? Imagino que sí, pero yo no lo odiaba. Peor aún, a veces sentía que me parecía demasiado a él, que la misma rabia y la misma brutalidad que lo impulsaban eran las que me movían a mí. Yo también había nacido para ser un superviviente.