22. Verano
Verano
Para cortar el efecto de la mentira, basta con decir una verdad que nadie te ha preguntado.
César
Estuve un buen rato llamando a la puerta antes de que alguien me abriera.
Por un momento, pensé que mi familia había escapado de Madrid antes de que las cosas se pusieran peores, pero al final escuché unos pasos lentos, que se arrastraban por las escaleras y más tarde por el suelo, y unas llaves que abrían el viejo portal.
Un rostro apagado y lleno de arrugas me observó desconfiado hasta que por fin me reconoció.
—¡Dios mío! Rodolfo.
Era gratificante que alguien a quien conocías te llamara por tu nombre.
Sansón había envejecido mucho, tanto que apenas pude identificar, más allá de sus ojos, al hombre que fue.
En ese momento entendí que, si entonces parecía muy viejo, antes simplemente era demasiado mayor para que yo pudiera descifrarlo.
Me abrazó con ternura, como si la edad le hubiera convertido en un ser más sensible y expresivo.
—¿Qué hacés aquí, pibe? Pensé que ibas a quedarte en Inglaterra.
—¿Y perderme todo esto? —bromeé, pero él no sonrió.
—Esto no es una película de guerra, nene. Esto es una guerra de verdad, una matanza.
Me dejó pasar y subimos las escaleras, él con más dificultad que yo, a pesar de que yo cargaba la pesada maleta.
Abrió la puerta de nuestro piso con las llaves.
—¿Y mi madre? ¿Dónde están mis hermanos?
—¿Vos no lo sabés? El levantamiento les pilló fuera de la ciudad. Tu madre estaba en un balneario cerca de Alhama en Aragón. No sabemos cómo se encuentran.
—¿Y mi padre? —pregunté, nervioso. Después de hacer un viaje tan largo y peligroso para reunirme con mi familia, nadie parecía hallarse en Madrid.
—Él sí que está, aunque en la casa de Carabanchel. Se encuentra a medio terminar, pero no quería que se metieran en ella maleantes. Hay mucho desorden en la ciudad.
—El cine sigue abierto.
—Lo cerramos el día de levantamiento y al día siguiente, pero ya están todos abiertos. Lo malo es que mucha gente no ha venido a trabajar. Estoy yo solo para todo.
—Pues yo te ayudaré mientras se calman las cosas y regresa la familia.
Dejé el equipaje en mi habitación. Estaba exactamente igual que el día de mi marcha y sentí una gran nostalgia al verla.
La pérdida de la inocencia es la mayor tragedia que sufrimos a lo largo de la vida.
A medida que maduramos, es como si fuéramos perdiendo el alma y, muchas veces, nos convertimos en el adulto que nunca quisimos ser.
Bajamos al patio de butacas; todo estaba muy sucio.
Tomé un cubo y comencé a fregar. Mientras tanto, Sansón arregló la entrada y limpió los cristales.
Comimos algo ligero a mediodía. Escaseaba casi todo, pero mi madre tenía almacenadas muchas latas y otros alimentos en la despensa.
Siempre había sido una mujer muy previsora.
—¿Cómo fue tu vida en Inglaterra?
—Nada muy interesante. Allí todo es distinto. Hay menos pobreza y desigualdad, y la gente es más educada y preparada, pero les falta espontaneidad. Están como encorsetados. Echaba mucho de menos España.
—Pues ya ves cómo nos va por aquí.
—Allí están muy preocupados por los nazis.
El hombre apuró la lata con la cuchara. Parecía que no había comido en una semana.
—Tenía pocas ganas de nada. Se me metió en la cabeza que iba a morir aquí solo —dijo Sansón—. Mi cuerpo ya no es lo que era, me está abandonando.
Me hizo gracia aquella reflexión. No la entendí en ese momento porque la vejez no se puede comprender del todo, solo se puede vivir.
—Bueno, pues ya estoy aquí. Gracias a Dios.
—¿Todavía seguís con esas boludeces? Pensé que ver mundo te quitaría esas ideas de la cabeza.
—La fe no es una idea, querido amigo. Es confiar en una persona. La soledad en Inglaterra me ha acercado más a Dios.
—¿Dios? ¿No ves lo que sucede a tu alrededor? La gente se mata por nada. ¿Qué mundo ha hecho tu Dios?
El viejo anarquista parecía revolverse ante la mera idea de que pudiera haber un poder superior que ordenase el mundo.
—Bueno, no sé mucho de política, aunque en Inglaterra he leído bastante. He podido estudiar la obra de Marx, Bakunin y hasta el libro que ha escrito Hitler.
—¿Leíste Mi lucha y El capital ?
—Siempre he pensado que los libros no son peligrosos, que lo peligroso de verdad es la ignorancia.
Es fácil prohibir la lectura, pero es más eficiente educar a la gente para que piense por sí misma.
Este pueblo es tan ignorante que resulta muy fácil de manipular.
Alguien, hace mucho tiempo, me dijo que las revoluciones eran la excusa de los oportunistas para ocupar el poder…
Sansón sonrió por primera vez.
—Hubo una época en la que pensé que podía cambiar el mundo, pero me equivoqué —dijo.
—Dios no tiene la culpa de lo que cada uno de nosotros hace. Queremos el paraíso en la tierra, pero el precio siempre es demasiado alto. ¿No crees?
Después de comer, preparé las entradas y abrí las puertas. Para mi sorpresa, había medio centenar de personas esperando. Cobrábamos muy poco. La gente no se atrevía a gastar mucho dinero por si las cosas empeoraban aún más.
Sansón los acomodaba. Yo estuve entretenido en la taquilla hasta que una de las espectadoras permaneció allí esperándome. Levanté la vista y vi a Leonor. Ya no era una niña, sino una mujer hermosa que conservaba los ojos tan inocentes como los recordaba.
—Buenas tardes, Rodolfo.
Me quedé mudo, no supe qué responder.
—¡Cuánto tiempo ha pasado! —exclamé al fin.
—Una eternidad. He venido cada día para ver si habías regresado.
—¿Por qué lo has hecho? Nunca hablamos.
—Hay muchas formas de hablar, incluso sin palabras. Eso lo aprendí aquí con el cine mudo. ¿Quieres que te ayude? A veces le echo una mano al viejo Sansón, también cuando estaban tu madre y tus hermanos.
Me quedé embobado mientras la fila seguía creciendo.
—¿Quieres o no?
—Sí, por favor, pasa —le dije por fin.
En un momento atendimos a todos. Después vendimos unas pocas palomitas y limonada.
Cuando empezó la película, nos sentamos uno al lado del otro, como hacíamos cuando éramos críos.
De vez en cuando la miraba. El reflejo de la pantalla la esculpía en plena oscuridad y, casi sin darme cuenta, me enamoré de nuevo de la niña que había conocido antes de irme de España, sobre todo de la inocencia que seguía destilando su rostro.