21. Camino del infierno
Camino del infierno
Todo el mundo dice que las películas deberían parecerse más a la vida. Yo creo que la vida debería parecerse más a las películas.
To Mary – with Love
Dormimos aquella noche en la Academia de Caballería.
Cuando intentaba conciliar el sueño, escuché pasos y sollozos.
Me asomé por la ventana y vi que unos soldados obligaban a varios hombres a subir a un camión.
Aún recuerdo el sonido metálico de los zapatos sobre la chapa del remolque, también el motor del camión y los lamentos.
No pude evitar la curiosidad y me levanté. Salí del edificio con la excusa de echar un pitillo, aunque yo no fumaba. Juan Pedro me había recomendado llevar cigarrillos para sobornar a los milicianos o para tranquilizar a cualquier soldado con el que nos cruzásemos en el camino.
Cuando todos estaban sentados en el suelo del camión, se pusieron en marcha muy despacio y se detuvieron en la puerta. Los seguí como un sonámbulo. No sabía qué quería descubrir, pero algo me empujaba a ir tras ellos.
—¿Dónde vas, muchacho? —me preguntó un soldado en el portón.
—A dar un paseo, no puedo dormir.
—No está el mundo para dar paseos. Esos del camión habrían preferido no salir a tomar el aire esta noche, te lo aseguro. La gente desconfía de todo el mundo y, en especial, de los forasteros.
Le ofrecí un cigarrillo y el soldado sonrió.
—Gracias, hombre. Mira, si quieres ver lo que pasa, puedes atravesar por el pinar. A estos los llevan al cementerio del Carmen.
Salí de la academia y anduve entre los pinos. Me sorprendió el aroma de los árboles, que intentaban quitarse el sopor de julio. Notaba bajo mis pies las agujas caídas y, cuando logré llegar al otro lado, me di casi de bruces con el cementerio.
Vi que el camión se detenía justo al lado de la tapia, fuera del camposanto. Hicieron descender a aquellos pobres diablos a medio vestir, temblando de miedo y sin entender del todo por qué querían asesinarlos de aquel modo, peor que a delincuentes, sin juicio ni causa.
—¡Venga, venga! —les gritó un sargento.
El oficial al mando apuró un cigarrillo y se le iluminó el rostro con la brasa.
Colocaron a los catorce hombres frente a la tapia.
Uno pidió un cura, pero nadie le hizo caso.
Los soldados temblaban casi tanto como los prisioneros.
No estaban acostumbrados a matar, si es que alguna vez un alma noble puede acostumbrarse a algo así.
El sargento los hizo formar en fila. Ordenó que se prepararan. La escena se quedó unos segundos petrificada, como en el cuadro de Goya. El oficial tiró entonces el cigarrillo al suelo y lo pisoteó con inquina, como si estuviera enfadado por tener que perder horas de sueño matando rojos.
—¡Apunten!
El grito hizo que los grillos callaran de repente. Solo rompió el largo silencio la voz atronadora de la muerte.
—¡Fuego!
Me tapé los oídos. No sabía que los disparos podían romperte los tímpanos con tanta facilidad. Los fogonazos cesaron y la luz de los faros del camión fue de nuevo la única que resplandecía en aquella noche tan oscura.
«¿Por qué los matan?», me dije. No entendía nada. Unos años antes, cuando me fui de España, ya se notaba la crispación política y se hablaba de las luchas callejeras entre partidos, pero esto era otra cosa.
En ese momento me arrepentí de haber regresado a casa, de no haber escuchado el consejo de mi madre. Siempre nos cuesta entender las razones de las personas que más nos quieren. Cuando somos jóvenes, creemos saberlo todo y que los padres solo quieren controlarnos con sus temores y advertencias.
Los soldados se subieron al camión, excepto unos pocos que se quedaron para cavar una fosa y enterrar los cuerpos.
Pensé en esos hombres que habían matado a unos desconocidos en plena noche y ahora acababan el trabajo a paladas.
¿Cómo se sentirían? Siempre hay fanáticos, pero imaginé que, para la mayoría, aquel era un trabajo abominable que jamás podrían borrar de la mente.
Caminé de nuevo por el pinar, pero ya no sentía mis pasos sobre las agujas de los pinos ni me embriagó el aroma a resina. Era como si el sufrimiento ajeno me hubiera anestesiado el alma.
No pegué ojo en toda la noche. Cuando Juan Pedro me llamó por la mañana y tomamos un café solo y un poco de pan con aceite, estuve callado hasta que nos alejamos de la Academia de Caballería.
—¿Te ha comido la lengua el gato?
No le contesté, pero imagino que él intuyó mi pesar.
—Has visto lo que no debías ver. A veces es mejor ignorar ciertas cosas.
—Los están matando —le dije al fin mientras mis ojos se paseaban por los campos amarillos de Castilla, listos para la siega.
—Si no lo hacen, ellos nos matarán a nosotros.
—¿En qué momento nos convertimos en ellos o en nosotros? ¿No somos todos españoles?
—Creo que las películas del cine de tus padres te han sorbido el seso. El mundo no funciona así; siempre hay por qué vivir, por qué morir y por quién matar.
No le contesté, no quería entrar en un debate inútil. Lo único que deseaba era llegar a casa.
Los pueblos parecían desiertos a medida que avanzábamos hacia Madrid, como si la gente intuyera que era mejor resguardarse en casa.
Pasamos un control de la guardia civil al alejarnos de Valladolid. También vimos algunos camiones con falangistas que iban a limpiar los pueblos de los alrededores. Nos saludaron cuando Juan Pedro tocó el claxon.
Según íbamos acercándonos a Segovia, el movimiento de tropas resultaba cada vez más evidente.
Nos cruzamos con camiones repletos de soldados con cara de no haber dormido desde hacía días.
No parecían muy entusiasmados ante la perspectiva de entrar en combate.
Otros transportes iban cargados de voluntarios falangistas que olían la sangre a distancia y disfrutaban con la idea de matar rojos.
—A ver qué nos encontramos al acercarnos a la sierra —anunció, algo preocupado, mi compañero de viaje. Entonces sacó de la guantera dos pañuelos rojos y una bandera republicana.
Dejamos Segovia a un lado y nos dirigimos a San Rafael. Pretendíamos entrar por el puerto de los Leones. Antes de llegar al pueblo, nos topamos con una columna militar y el oficial nos detuvo.
—¿Dónde van?
El hombre era joven. Lucía unos bigotillos finos y un mechón de pelo le partía el rostro en dos.
—A Madrid, tenemos unos asuntos que resolver —le contestó mi compañero tras mostrarle la documentación.
—¿Están locos? ¿No saben lo que ha sucedido en el cuartel de la Montaña?
Esos rojos han matado a centenares de militares y falangistas en Madrid.
Las calles están controladas por los milicianos y cada noche se asesina a gente de bien.
Se han formado cárceles improvisadas y, por llevar sombrero o corbata, te pueden pegar cuatro tiros.
—Bueno, correremos el riesgo —dijo Juan Pedro, determinado a continuar el viaje hasta Madrid.
—Déjame en San Rafael y sigue tú por Ávila hasta Toledo. Seguro que ese camino no está tan controlado.
El hombre pareció dudar.
—Yo siempre cumplo mi palabra.
Reanudamos el viaje y llegamos a San Rafael. En la entrada del pueblo, los milicianos y un par de guardias civiles controlaban el paso.
—¡Alto! —gritó un hombre destentado vestido con un mono azul.
Detuvimos el coche. Yo temblaba, pero Juan Pedro parecía muy tranquilo.
—Hola, camarada. Nos dirigimos a Madrid.
—¿Quién coño sois vosotros dos? Parecéis dos señoritos falangistas.
Juan Pedro soltó una carcajada.
—Es justo lo que intentábamos parecer. Venimos de Valladolid y allí se está asesinando a muchos camaradas. Los hemos engañado, pero yo apoyo al gobierno legítimo de la República. Pertenezco al SIM y venimos de Inglaterra para defender la libertad.
El hombre lo dijo con tanta convicción que hasta los milicianos lo miraron con aprobación. Después levantó la mano izquierda con el puño en alto y gritó:
—¡Viva la República!
—¡Viva! —le acompañaron todos a coro.
El guardia civil parecía menos confiado y le pidió los papeles.
—Todo en regla, que pasen. Más arriba hay gente menos comprensiva, así que, antes de llegar al puerto, tuerzan a la derecha. La carretera es peor, pero no creo que esté tan vigilada —nos advirtió el guardia civil.
Seguimos el consejo y evitamos los controles en el puerto de los Leones. Llegamos casi hasta El Escorial, descendimos por Collado Villalba y terminamos en Las Rozas, bajando por la carretera de Castilla.
Al llegar a la Moncloa, vimos el palacio y las fincas cercanas, llenas de huertos.
Nos sorprendió que, a diferencia de los pueblos, en Madrid la gente inundaba las calles.
Se veían milicianos por todos lados, como si se hubiera puesto de moda el mono obrero.
Estaba lleno de camiones con banderas de la CNT y la UGT, y también de coches con la hoz y el martillo.
—¡Joder, cómo está esto! —se quejó Juan Pedro—. Aquí ya no controla ningún gobierno. ¿Dónde vivían tus padres?
Le di unas indicaciones y nos adentramos en la ciudad. Extrañaba ver un coche no requisado circulando por Madrid, pero nadie nos detuvo hasta llegar a Fuencarral.
Paramos en la calle del Cine Maravillas. Parecía que, al menos allí, las cosas no habían cambiado demasiado.
—Muchas gracias, no sé cómo pagarte.
—La vida da muchas vueltas y nunca se sabe cuándo tendrás la oportunidad de devolverme el favor. Ten mucho cuidado. Creo que las cosas irán a mucho peor, esto es una guerra.
—Lo tendré.
El coche se alejó. Contemplé la fachada del cine.
El cartel del último estreno parecía anunciar que, al atravesar el umbral, los problemas y las luchas del mundo quedaban atrás.
Pero en eso también me equivocaba, porque mi familia estaba tan dividida como el país y mi presencia solo trajo mucha más tensión para todos.
Una vez más, debería haber escuchado el consejo de mi madre.