El último cine de barrio 20. Una España rota
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20. Una España rota

Una España rota

No hay descanso para el hombre. Debe seguir adelante hasta que cada rincón de este planeta esté bajo su dominio.

La vida futura

No envié ningún telegrama a mi madre. Prefería no preocuparla. Ella seguía pensando que estaba a salvo en Inglaterra. El barco tardó casi dos días en llegar a las costas de Santander. La ciudad continuaba bajo el mando republicano y no nos costó mucho que desde el puerto autorizaran el atraque.

En cuanto pisé tierra, me vino a la mente la joven prostituta. Recordaba que la casa estaba cerca del puerto, aunque habían pasado casi tres años y había ido de noche.

—Tengo que ir a ver a una amiga.

—No sabía que conocieras a nadie en la ciudad —comentó Juan Pedro Moscardó, que siempre parecía estar escudriñando cada una de mis palabras y acciones. No podía decirle dónde iba ni a quién estaba buscando.

Me perdí entre las calles del casco viejo.

Todos los edificios me parecían iguales.

Por las calles se veían muchos policías, pero también milicianos armados, que me observaban con desconfianza al ver mi traje de corte inglés y mi corbata.

Por eso me deshice de ella y luego continué mi camino hasta el edificio.

Miré el portal de una de las casas y una figura me llamó la atención.

Debía conservarla guardada en lo más profundo de mi subconsciente, porque regresó hasta mí en cuanto la tuve delante.

—¡Mierda! —exclamé mientras pasaba los dedos por la sirena tallada en la puerta.

Golpeé con la aldaba hasta que oí una voz que maldecía al otro lado. Apareció la misma mujer que varios años antes se había colado en mis pesadillas. Parecía aún más vieja y temible que la noche en la que la conocí.

—¿Qué demonios quieres, muchacho?

Seguía siendo un muchacho, aunque durante mi estancia en Inglaterra me trataron como un pequeño lord.

Me quedé mudo; no sabía qué contestar. Al final, la empujé y entré en el edificio. La mujer se derrumbó como un viejo tonel de cerveza. Mientras se incorporaba, corrí por el pasillo hasta llegar al salón, subí las escaleras y comencé a abrir las puertas, pero en ninguna encontré a la chica.

Cuando bajé las escaleras, la mujer me esperaba con un atizador en la mano.

—¿Qué diablos quieres de nosotras? Somos mujeres honradas y no pareces un miliciano de esos que quieren liberarnos y lo único que desean es un servicio gratis.

—Vine con mi padre hace unos años. Era de noche y me llevaron con una chica muy joven, de ojos azules, piel muy blanca y rubia.

—¿Quién es tu padre?

—Don Luis Reverte.

La mujer me miró más de cerca.

—Es verdad que te pareces a él. Don Luis hace mucho que no viene por aquí, al menos desde hace un año. Imagino que le pasa lo mismo que a todos, porque los negocios no van bien para nadie.

—¿Dónde está la chica?

—La rusa. Creo que te refieres a ella. La llamaban así por lo fría que era, aunque en realidad es de un pueblo de las Vascongadas. Se escapó hace unos meses, la muy furcia, con todo lo que he hecho por ella. Imagino que regresó a casa. Aunque allí no la querían para nada.

Una rabia me subió por dentro. Tuve deseos de matarla allí mismo, pero me contuve.

Salí de la casa y me dirigí al encuentro de Juan Pedro. El hombre había conseguido un transporte y me esperaba con el motor en marcha mientras se fumaba un cigarrillo.

—Es el último inglés que me queda. La verdad es que en eso sí que nos superan. ¿Has encontrado lo que buscabas?

Negué con la cabeza y subí. Salimos de la ciudad con la esperanza de que no nos frenara ningún piquete de sindicalistas.

—Santander sigue en manos rojas. Un capitán del puerto me ha dado un salvoconducto en regla. No quiero que acabemos en un calabozo ni en manos de alguna turba.

—¿Piensas que las cosas estarán mejor más al sur?

El hombre se encogió de hombros.

—La información es confusa, pero iremos viendo paso a paso. Creo que en Valladolid están los militares al mando.

Mientras nos alejábamos de la costa, no pude evitar preguntarle:

—¿Por qué está a favor de los sublevados?

—Llegados a este punto, hay que elegir el bando más seguro para uno.

Yo era tan republicano como el que más. Nunca me han gustado los borbones, pero las cosas se estaban saliendo de madre.

Además, ya has visto a esos milicianos; matan a cualquiera por llevar corbata, y nosotros dos somos de llevarla.

—Bueno, con quitársela…

—Y a ti, ¿quién te va a quitar los andares de señorito inglés que se te han quedado? Ni la madre que te parió, te lo aseguro.

Seguimos el viaje tranquilos hasta casi Valladolid. Evitamos los pueblos porque, si en las ciudades había caos, en las localidades pequeñas la situación parecía más preocupante, ya que habían comenzado los primeros ajustes de cuentas.

Llegamos a Valladolid por la tarde. Los días eran todavía muy largos y el sol nos abrasó casi todo el camino. A la entrada de la ciudad, nos esperaban los controles de los soldados regulares.

Juan Pedro enseñaba los papeles de miembro del SIM y se nos abrían todas las puertas. Así hasta que llegamos a la Academia de Caballería.

Aparcamos el coche y un soldado se nos acercó enseguida para preguntarnos qué hacíamos allí.

—Tengo que ver de inmediato al general Andrés Saliquet Zumeta —respondió Juan Pedro.

Nos llevaron al edificio principal, nos hicieron esperar unos minutos y después entramos en una sala de billar, en una de cuyas paredes colgaba un enorme mapa de la provincia.

—Mi general, soy Juan Pedro Moscardó, agente del SIM.

—Bienvenido, aunque no me explico cómo ha logrado llegar hasta aquí…

—Venimos de Londres. Desembarcamos en Santander esta mañana y logramos salir ilesos. Ahora queremos continuar hasta Madrid y luego a Toledo.

El general comenzó a reírse.

—¿Se han vuelto locos? El camino está infectado de rojos y Madrid sigue en manos de los republicanos.

Me atreví a dirigirme al general.

—Pero, mi general, ¿el golpe no ha triunfado?

—¿El golpe? ¿Qué golpe? Esto ya no es un golpe… Estamos en guerra, jovencito.

Esas palabras se me quedaron grabadas. España no había entrado en una guerra desde la de Cuba, y había tenido lugar fuera del suelo patrio. Habíamos vivido muchas pequeñas guerras civiles, pero muy pronto iba a descubrir que esa no iba a ser igual que las demás.