19. La noche de las fieras
La noche de las fieras
Y será como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda.
Morena Clara
Las cartas fueron llegando cada vez más espaciadas, como si la memoria que mi familia tenía de mí se fuera disipando. Imaginaba que estaban muy ocupados con sus vidas, intentando sobrevivir, pero esos silencios me alejaban aún más de mi viejo mundo.
Me llegaban noticias de los atentados de los pistoleros falangistas y de las respuestas de los anarquistas y comunistas, sobre todo.
La revolución de Asturias me recordó las palabras de Sansón, cuando me dijo que todas las revoluciones solo servían para que otros ocuparan el poder y que todo se quedara casi igual.
La carta que recibí en junio de 1936, la última de todas, fue la que me dejó más preocupado.
Querido hijo:
Espero que te encuentres bien al recibir esta carta. Aquí ya hace mucho calor. Nuestra idea era que vinieras pronto a casa, porque te echamos mucho de menos y este sería el tercer verano sin verte, pero las cosas van de mal en peor y creo que es mejor que permanezcas en Inglaterra.
Muchos ya hablan de un golpe de Estado, al menos algunos de los amigos de tu padre. El abuelo se encuentra muy mayor, pero todavía viene a verme. Tu hermano está enorme; creo que es más alto que tú. Aunque, como hace tanto tiempo que no te veo, puede que ya le saques alguna cabeza.
Tu hermana es todavía pequeña, pero cada día está más preciosa.
Los negocios andan un poco parados. Si no fuera por la subvención del nuevo gobierno y por unas producciones que quiere hacer para el pueblo, tendríamos que cerrar.
Tu padre se encuentra ante la disyuntiva de depender de un gobierno en el que no cree o apostar por uno que acabaría arruinando su negocio.
El tío Roberto continúa con su cine, aunque ha sufrido varios atentados tras haber ingresado en la Falange, el partido de José Antonio Primo de Rivera, hijo del anterior dictador.
Es mejor que no vengas, aunque eso suponga otro verano sin vernos. Te he mandado dinero para que aguantes todo el verano y, si te administras bien, también el curso entero que viene.
Te quiero mucho y te echo muchísimo de menos.
Tu madre que te quiere,
M ARÍA DEL P ILAR M ENDIZÁBAL
Al terminar la carta, la dejé a un lado y miré por la ventana. No tenía a nadie con quien hablar. Estaba aún en Oxford y mi amigo Rubén había vuelto a Oviedo, pese a que su ciudad había sufrido las consecuencias de la revolución más que ninguna otra. ¿Por qué mi familia no quería que regresara?
Por primera vez en mi vida, decidí no obedecer a mis padres. Reservé un tren para Reading. Me despediría de mister Arthur y después viajaría a Madrid.
Cuando llegué a Londres, me encontré con que el primer barco hacia España no zarpaba hasta el 20 de julio, lo que me obligaba a quedarme una semana en la ciudad.
Ya había visitado la capital en distintas ocasiones.
Era muy cara, pero no sabía si algún día volvería a Inglaterra, sobre todo si las cosas se ponían peor en España.
Asistí a varias obras de teatro, visité los monumentos más emblemáticos y, el día que partía el barco hacia Santander, cené en una famosa taberna para despedirme de mi vida en la isla.
Noté que un hombre me observaba desde una mesa cercana. Cuando terminó de cenar, se acercó hasta mí.
—Señor…
—Reverte —le contesté.
—Disculpe que le importune. Le he estado observando y no he podido evitar darme cuenta de que usted es español. Imagino que su intención es viajar mañana rumbo a España.
—Sí, esa es mi intención.
—Acaban de dar una noticia preocupante y he creído que debería conocerla.
Lo miré intrigado. El hombre apartó la silla y me preguntó:
—¿Puedo sentarme?
—Por favor.
—A pesar de su juventud, porque no creo que tenga todavía diecisiete años, imagino que debe de haber madurado en Inglaterra.
—Por favor, dígame lo que tenga que decirme.
—Ha estallado un golpe de Estado. No ha triunfado en todas partes, pero supongo que durante unas semanas habrá cierta inestabilidad, incluso peligro, sobre todo al atravesar la península.
—Bueno, creo que asumiré el riesgo.
—¿A dónde se dirige?
—A Madrid. Allí vive mi familia.
El hombre, que debía de rondar los cuarenta años, se mesó la barba, como si estuviera pensando, y después me miró a los ojos.
—Yo tengo que ir a Toledo, pero pasaré por Madrid. Si quiere, ya que los trenes seguramente estarán cortados, podríamos intentar alquilar un coche en Santander y hacer el viaje juntos.
—No sé conducir.
—Eso se aprende en unos minutos. Yo lo haré casi todo el trayecto, pero, para avanzar más rápido, es mejor que nos turnemos.
—Me parece una gran idea.
—Pues, si quiere, mañana nos vemos en el barco. Espero que pase una agradable velada en la ciudad.
—Muchas gracias.
El hombre se dio la vuelta antes de marcharse.
—Por cierto, mi nombre es Juan Pedro Moscardó. Mi hermano es militar y sirve en Toledo. Quiero ir a la ciudad para ayudarlo, yo soy… —El hombre se interrumpió unos instantes—. Algunos me llamarían espía, aunque yo prefiero que me conozcan como un agente del SIM.
—¿El SIM? —le pregunté, extrañado.
—Sí, es el Servicio de Información Militar. Las cosas se van a poner feas muy pronto, los militares no vamos a ceder. Esos rojos quieren convertir España en una república socialista y atea y nosotros no se lo vamos a permitir.
Esas últimas palabras, antes de marcharse, me dejaron inquieto. Aquel hombre era más oscuro de lo que parecía a simple vista, pero pensé que, si alguien podía llegar a Madrid en medio de un golpe de Estado, sería él. No me quedaba otra opción.