18. Cartas desesperadas
Cartas desesperadas
¿No puedo quedarme un poco más? Soy tan feliz aquí.
Tiempos modernos
Los primeros días fueron terribles. A la soledad de la separación, tuve que añadir las novatadas que los mayores nos gastaban a los más pequeños. Nos pasábamos el día intentando escapar de ellos; por las noches dormíamos aparte y nos sentíamos más seguros.
En uno de los recreos, mientras me escondía en la biblioteca para leer un poco y sentirme a salvo, oí la voz de un chico de mi edad. Era de otra clase, pero lo había visto de lejos muchas veces.
—¡Hijos de puta! —gritó el muchacho mientras corría hacia la biblioteca. Ese insulto, que yo nunca había pronunciado, me sonó a música celestial. Era la primera vez que escuchaba a alguien hablar en español desde hacía semanas.
—¡Ven aquí! —le grité. Había descubierto una sala secreta, que era donde me solía encerrar hasta que pasara el peligro.
El chico escuchó mi voz, pero solo vio una pared repleta de libros. Empujé la puerta y logré meterlo dentro justo a tiempo.
Nos quedamos callados mientras los matones registraban la biblioteca. En cuanto se hizo de nuevo el silencio, me presenté.
—Hola, soy Rodolfo Reverte Mendizábal.
—El madrileño —dijo el chico con un acento neutro que no reconocí—. Yo soy Rubén Santos de Mingo, hijo del marqués de San Roque.
—Encantado —le dije mientras nos dábamos la mano.
—¿Qué te trae hasta esta tierra de paganos? Antes de llegar a Inglaterra, odiaba a los británicos, pero ahora los aborrezco.
Me eché a reír a carcajadas.
—No pretendía hacer una broma —dijo, muy serio.
—Ya, siento exactamente lo mismo.
Aquel chico me resultaba gracioso. En muchos sentidos lo tomé como una tabla de salvación en esa especie de retiro obligado.
—Vengo de Oviedo.
—¿Oviedo?
—En Asturias, la cuna de la nación española. ¿No conoces a don Pelayo?
—Sí, claro, y la batalla de Covadonga.
El chico tenía los mofletes pecosos y sonrosados y el pelo, muy negro, cortado a cepillo.
—Ahora, al menos, tengo un aliado contra la pérfida Albión.
Nos sentamos frente a los libros, pero aquella mañana no dejamos de hablar.
—Mi padre tiene conserveras en Gijón, pero vivimos en Oviedo, que es la ciudad más bonita de España. La familia tiene mucho trato con los ingleses y tenemos que aprender el idioma; por eso estoy aquí. La maldición de ser el primogénito.
Le conté mi historia y nos convertimos en los mejores amigos.
La primera Navidad fue la más amarga. Echaba mucho de menos a mi madre y a mis hermanos.
Las costumbres de España no tenían nada que ver con las de Inglaterra.
Ellos no ponían belenes y tampoco había villancicos, turrones ni Reyes Magos.
En Nochebuena nos llevaron a todos a la catedral, donde cantamos himnos hasta la medianoche, y después regresamos a nuestra escuela.
Unos días más tarde, me llegaron dos cartas juntas, una de mi hermano y la otra de mi madre. La de Pablo era muy breve. Me deseaba felices fiestas y me comentaba algunos detalles del cine y de Sansón, quien, al parecer, había estado muy enfermo de gripe, casi al borde de la muerte.
La carta de mi madre era mucho más larga y detallada. Intenté leer entre líneas, ya que sabía que ella siempre quería protegerme.
Querido Rodolfo:
Espero que, al recibir la presente, te encuentres bien. Te he escrito semanas antes de Navidad, pero no sé cuándo te llegará la carta. España está revuelta y el año próximo va a ser un poco más difícil. Parece que la gente se está cansando demasiado pronto de la República.
Tus hermanos están bien. Pablo sigue estudiando, aunque las tardes las pasa en la sala de proyección, sobre todo ahora que Sansón está enfermo.
Tu padre quiere que nos traslademos dentro de un año o un año y medio a una casa que está construyendo en Carabanchel, cerca de la Ciudad de la Prensa, pero me parece que está muy lejos de la ciudad.
Ya sabes que nuestro pueblo es casi un barrio de Madrid.
La pequeña Susana crece más guapa cada día, con su pelo rubio y sus ojos curiosos que parecen comerse el mundo con cada mirada. Le enseño fotos tuyas para que no se olvide de ti.
El abuelo está muy mayor, pero se conserva muy bien. Intento verlo todo lo posible, aunque no es fácil con tantos quehaceres y con la necesidad de evitar que tu padre se entere.
Tu tío Roberto y su mujer, Dolores, se hallan al borde de la ruina.
Ya solo les queda un cine y quieren vender la casa de la familia, pero el abuelo se resiste.
Es la herencia que quería dejarnos junto con el dinero que tiene escondido en el Banco de España.
Dolores, ya lo sabes bien, es una manirrota, pero mi hermano tampoco ha sido muy prudente.
Además de crear esos estudios ruinosos, desde que comenzó la República, la gente no quiere invertir en el país.
Nuestros cines son más populares y tu padre está haciendo películas de propaganda apoyadas por el Partido Socialista, ahora que están en el poder los conservadores.
Yo no entiendo de política ni quiero entender, pero me temo que las cosas no van a acabar bien.
Dicen que en Alemania ha llegado al poder un hombre llamado Adolf Hitler y que pronto habrá una nueva guerra en Europa.
Eso no me preocupa, porque la última le fue bien a España, pero ahora estás en el extranjero y no quiero que te pase nada malo.
Muchas veces pienso en ti, pero sé que te encuentras mejor en Inglaterra haciéndote un hombre. Ser madre es sembrar una pequeña semilla y dejar que crezca, aunque para mí siempre serás mi niño.
Tu padre sigue bien de salud, muy ocupado como siempre, y te manda besos.
No olvides que eres un buen hombre y que a veces la vida nos roba cosas para darnos otras mejores.
Lo único que deseo para ti es que no te suceda lo mismo que a mí.
No permitas que la pasión y los caprichos del corazón te roben tu destino.
La niña esa que se sentaba a tu lado ha preguntado por ti.
Se llama Leonor y es hija del profesor de la escuela católica de San Roque.
Me ha pedido que te mande un beso de su parte.
Estudia, abrígate y haz que la gente hable bien de nuestra familia al ver tu comportamiento. No dejes tus rezos. Sé que los ingleses son unos herejes, pero acude a la iglesia y Dios te ayudará en todo.
Te quiero, hijo.
Tu madre,
M ARÍA DEL P ILAR M ENDIZÁBAL
Cuando terminé de leer la carta, me di cuenta de que la había emborronado con mis lágrimas. La soledad es como una especie de lepra que va cubriendo cada centímetro de tu cuerpo hasta que ya no te deja sentir nada.
Los siguientes meses fueron mejores. La primavera llevó un poco de luz a nuestra triste vida.
En verano, Rubén Santos y yo esperábamos regresar a casa, pero tuve que quedarme en Oxford. Me alojé en el colegio hasta que mister Arthur se apiadó de mí y me llevó a su casa en Reading, la ciudad de las galletas.
Aprendí a remar con sus nietos y también a montar en bicicleta. Tonteé con su sobrina Mary, olvidándome de la promesa que había hecho a la bella prostituta de Santander.
El curso siguiente fue mucho mejor. El ser humano es capaz de acostumbrarse a casi todo. Los meses corrieron raudos y, cuando llegaron las primeras nevadas, comencé de nuevo a echar de menos mi hogar.
—Seguro que el año que viene puedes ir a casa —dijo mi amigo en nuestra nueva habitación para dos. Ya no teníamos que compartir las grandes naves de los novatos, donde siempre hacía frío y no había nada de intimidad.
—No quiero hacerme ilusiones. A veces sueño que me escapo y regreso a España.
Rubén me miró extrañado.
—Te aseguro que no te pierdes tanto. Todo está muy revuelto desde las últimas elecciones. Dicen que la cosa se va a calentar.
—Razón de más para quedarme allí. Mi familia me necesita.
—Pero está tu padre, y tu hermano es adolescente.
—Por las cartas intuyo que mi padre no pasa mucho tiempo en casa. Tiene…
No terminé la frase y mi amigo se me quedó mirando.
—¿Otra familia? Me temo que no eres el único. Parece que es un mal de nuestro tiempo.
Rubén abandonó su semblante alegre por primera vez y me miró con sus ojos oscuros.
Nos abrazamos. Esa soledad nos había unido y sabíamos que, en cuanto regresáramos a España, nuestras vidas se separarían de nuevo.
Pero en aquel lugar apartado del mundo era mejor atreverse a soñar que las cosas solo podían ir a mejor.
Llegó el verano siguiente. Mientras el mundo continuaba su rumbo y España entraba en una espiral de violencia que más tarde se extendería por el resto de Europa, yo di mi segundo beso.
Después entré en el primer año de preparación para la universidad y me concentré en los meses que me quedaban por delante.
Me prometieron que al año siguiente, 1936, podría regresar a casa, aunque ese nombre apenas significaba ya nada para mí.