17. La despedida
La despedida
No fueron los aviones, fue la Bella la que mató a la Bestia.
King Kong
Luis me llevó en su nuevo y flamante coche hasta el puerto de Santander, desde donde zarpaba mi barco a Inglaterra. Un profesor me había enseñado durante todo aquel verano a expresarme en el idioma de Shakespeare, pero no lo dominaba por completo.
—Va a ser mejor para ti. Estás muy apegado a las faldas de tu madre; ya tienes trece años y pronto serás un hombre.
A tu edad, yo llevaba dos años trabajando y, con tres años más, ya había entrado en el ejército.
He vivido mucho y si algo he aprendido, es que estamos solos en este mundo.
Tú al menos has tenido una madre que te quiere y una casa en la que vivir los primeros años de tu vida; eso es mucho más de lo que yo tuve jamás.
Serán un par de años, a lo sumo tres, y después estudiarás Economía en la Universidad Central y te dejaré al mando de varios cines.
—No quiero hacer eso —le contesté, desafiante. Me parecía mucho a mi madre y no era precisamente una persona dócil.
—¡Harás lo que se te ordene! Yo no tuve un padre que me guiara en la vida. Te aseguro que dentro de unos años me lo agradecerás.
Me quedé callado. No quería que me cruzara la cara.
Era lo último que deseaba porque mi madre, entre lágrimas, me había besado en las mejillas, que también llevaba cubiertas de la baba de mi hermanita de casi cuatro años.
Pablo había disimulado su tristeza; era quien siempre intentaba no expresar sus emociones.
Hicimos una parada cerca de Valladolid. Nunca había ido más allá de la sierra de Guadarrama y me concentré en observar el paisaje, sin pensar mucho en el destino que me esperaba.
Nos sentamos a comer en un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad. Mi padre era un hombre rico y podía permitirse lo que quisiera. Después del almuerzo, sacó un puro y se lo fumó mientras contemplaba el paisaje castellano que comenzaba a otoñar.
—Todo pasa tan rápido —exclamó—. Aún recuerdo el día que conocí a tu madre, es lo mejor que me pudo ocurrir en la vida.
Escuchaba sus palabras, pero no me las creía. Mi padre había pasado toda su vida entre el casino y las prostitutas. Últimamente se rumoreaba que tenía otra familia con una mujer llamada Eloísa. La gente era muy malintencionada y los rumores, muy comunes en Madrid, pero yo sabía que era cierto.
Mi padre, para imitar a su cuñado Roberto, había abierto también un estudio de cine. Una de sus primeras actrices se había convertido en su amante.
—Os quiero mucho. Sé que paso poco tiempo con vosotros, pero tengo que asegurarme de que no os falte de nada. ¿Lo entiendes? —me preguntó mirándome por primera vez en toda la comida.
—Sí —le contesté para que me dejara en paz. Sabía que podría valérmelas por mí mismo en Inglaterra, pero no quería estar lejos de mi madre y mis hermanos.
Llegamos a Santander de noche. Mi padre había reservado una habitación en el Hotel Real, que, a partir del advenimiento de la Segunda República, había perdido parte de su esplendor, sobre todo desde que el rey estaba en el exilio.
Nos dieron una habitación con vistas al mar y al palacio de la Magdalena. Mi padre abrió la balconada y respiró el aire fresco del Cantábrico.
—Me encanta esta brisa. Disfruta de ella, porque dentro de poco estarás en Inglaterra. Mañana sale el Bristol hacia Londres. Allí te esperará un hombre que te llevará a Oxford. Te quedarás en un internado hasta que regreses a casa. Mister Arthur Rowly será quien te cuide en la ciudad.
No le contesté. Intenté tragar saliva para no echarme a llorar.
—Millones de personas querrían estar en tu lugar.
—Yo preferiría estar con Pablo y Sansón. Soy más feliz en una sala de proyección que en cualquier otro lugar del mundo.
Mi padre apoyó las manos en mis hombros. Yo estaba temblando, más que por el fresco nocturno, por el miedo a irme tan lejos de mi hogar.
—Para que los cines sigan abiertos por mucho tiempo, se necesita alguien que los dirija. Tú no has nacido para ser un simple proyeccionista. Espero mucho más de ti.
—Pero yo no quiero más…
—A tu edad, uno no sabe lo que quiere. Esta noche tengo una sorpresa para ti. Es mejor que te estrenes aquí que en tierra de infieles.
En ese momento no le entendí, pero, tras una cena ligera en el hotel, caminamos por el casco viejo de Santander hasta llegar a un edificio destartalado que en otras épocas tal vez fue un suntuoso palacio.
Entramos sin llamar. Caminamos por un pasillo oscuro y un escalofrío me recorrió toda la espalda.
Luis abrió una puerta y nos adentramos en un salón adornado con sillones rojos, alfombras del mismo color y retratos de mujeres desnudas colgados en las paredes.
Una mujer de cierta edad se nos acercó. Al parecer conocía bien a mi padre.
—Don Luis, cuánto bueno por aquí.
—Quiero que una de tus mejores chicas estrene a Rodolfo. Es tímido y ahora los hombres no se hacen tan rápido. Viaja mañana a Inglaterra y no puedo enviarlo en estas condiciones.
Yo notaba la cabeza como en una nube. Lo miraba todo, pero tenía la sensación de no ver nada.
—Marisol es la chica que buscas. Es de las más jovencillas, pero, a pesar de su edad, es experta en el oficio.
La madama regresó con una chica rubia de tiernos ojos azules. Al sonreír, se le marcaban los hoyuelos en las mejillas.
—Llévalo arriba y que aprenda qué es una mujer.
La chica me observó con cierta pena. Veía que era demasiado joven, aun para los críos que sus padres llevaban a aquella casa.
Me tendió una de sus suaves manos y ascendimos por la escalera de escalones aterciopelados.
La seguí como si estuviera sonámbulo. Abrió una puerta a un pasillo tan oscuro que me pareció la entrada al infierno.
Yo iba todos los domingos a misa y era el monaguillo del confesor de mi madre, el padre Fernando.
Cerró la puerta con cuidado y me sentó en la cama. Iba a quitarse la bata cuando comencé a llorar.
—Tranquilo. No vamos a hacer nada.
La miré suplicante, como si mi alma, en ese momento, volara hacia el averno.
—No quiero que te pase como a mí. Me trajeron mis padres porque no podían mantenerme, y doña Úrsula me respetó hasta un poco más de tu edad, pero ya llevo varios años ejerciendo. Sé que siempre seré puta. ¿Quién va a amar a alguien como yo?
El rostro triste de la chica hizo que desapareciera todo mi miedo.
—Eres la chica más guapa que he visto en toda mi vida.
La joven prostituta se ruborizó.
—Gracias, aquí nadie me dice estas cosas. Para ellos solo soy un pedazo de carne.
Los dos nos abrazamos y nos tumbamos en la cama. Podía sentir su piel tibia sobre la mía.
—A veces sueño con tener una familia y un marido que me proteja, con escapar de aquí, pero sé que eso nunca va a suceder. Cuando tenga cuarenta años, me echarán y entonces me veré obligada a prostituirme en la calle por unos céntimos.
—Eso no pasará —le contesté, recuperando mi valor.
—Claro que pasará. Ninguno de nosotros puede cambiar su destino.
Recordé la historia que mi madre me había contado sobre Dolores y cómo mi tío Roberto la había sacado de un lugar parecido. Tenía la sensación de que la historia se repetía.
—Debo irme a Inglaterra durante tres años, pero, cuando regrese, volveré a por ti.
—¿Por qué ibas a hacer algo así?
La miré a los ojos. A pesar de la escasa luz de la bombilla, las pupilas le brillaban como dos luciérnagas.
—¿No crees en el destino? —le pregunté.
—No, creo en el sino, y este es el mío.
—El destino está escrito, pero nosotros podemos cambiarlo con la ayuda de Dios. Regresaré y te sacaré de aquí.
—No soy digna. He estado con muchos hombres y, cuando regreses, habré estado con muchos más.
—Puede que tu cuerpo ya no sea puro, pero conserva tu alma intacta para mí. ¿Lo harás?
La joven parecía no creer mis palabras, como si estuviera burlándome de su desdicha.
—Bueno, creo que…
—¿Lo harás?
Al final, comenzó a llorar y la abracé.
—Jesús no condenó a la mujer adúltera y también rescató a María Magdalena, que era como tú. Él mira el corazón y sabe que no puedes hacer otra cosa.
Al momento, pareció que el peso de la culpa desaparecía de los hombros de la prostituta. Me besó en los labios como si fuera su primera vez y yo cerré los ojos. Era la primera mujer con la que lo hacía.
Una hora más tarde, bajé al salón, donde mi padre me esperaba con una risita floja.
—¿Qué tal ha ido?
—Muy bien —le contesté con una sonrisa.
—¡Ese es mi Rodolfo, todo un hombre! Ya te puedes marchar a Inglaterra tranquilo.
Lo que él no sabía era que había prometido mantenerme fiel a esa desconocida, de la que ni siquiera conocía el nombre.
A la mañana siguiente, tomé mi barco rumbo a Londres.
Mi padre me despidió desde el muelle. Hacía un día azulado y el mar estaba en calma.
La costa fue alejándose poco a poco mientras mi alma se encogía.
No sabía que unos años más tarde regresaría a un país completamente diferente.
Casi nada de lo que había amado y por lo que había luchado existiría.