El último cine de barrio 16. La nota
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16. La nota

La nota

Quiero estar sola.

Gran Hotel

Mi abuelo fue una figura un poco lejana.

Entraba y salía de mi vida por las diferencias con mis padres, aunque, durante un corto periodo, llegaba al cine por las mañanas, mientras Sansón preparaba las películas, y nos sentábamos a su lado para que nos contara sus viejas historias, las de la construcción del Cine Maravillas, la compra del primer proyector y todos los problemas con la censura.

—El Cine Maravillas es un verdadero milagro, un sueño hecho realidad.

Nunca pensé que tendría mi propio cine. Venía de provincias y, al principio, la vida aquí fue muy dura.

En Burgos ayudaba a mi padre en el campo.

Me enviaron a Madrid a estudiar en un colegio religioso porque querían que me hiciera cura, pero los frailes no debieron de ver en mí mucha devoción.

—No lo imagino de cura —contesté.

Él sonrió.

—Como mucho, sacerdote del cine, que a veces lo puedes vivir como una religión.

—No lo entiendo.

—Mira, Rodolfito. Siempre amé el cine, a tu abuela, a tu tío Roberto y a tu madre. Lo he hecho todo por ellos. A veces las cosas no salen como las planeamos. Siempre imaginé una familia unida, poder celebrar la vida juntos, pero ahora cada uno va a lo suyo.

Mi abuelo comenzó a llorar. Era la primera vez que lo veía así. Le puse una mano en el hombro y después lo abracé. La gente del norte no suele ser muy expresiva; por eso sabía lo que eso significaba para él.

—A veces pienso que vosotros tres sois mi mayor regalo —dijo mi abuelo—. Veo en vuestros ojos tanto amor… Nunca dejéis de perdonaros, las cosas materiales son insignificantes en comparación con el amor de la familia.

—Yo nunca abandonaré a mis hermanos —le prometí. En aquel momento, me juré que daría mi vida por ellos si hiciera falta.

A veces me escapaba de la escuela para ir al cine y ayudar a Sansón. Él nunca le decía nada a mi padre, disfrutaba viéndome trabajar.

—Mi padre me enseñó en Buenos Aires, aunque siempre fui un nene rebelde. Lo único que me interesaba era la política. Y la revolución, por supuesto.

—¿La revolución?

—Bueno, es una palabra cargada de significado, pero cada uno la utiliza para lo que le interesa. ¿Viste lo que está pasando en Casas Viejas?

—¿Lo de los campesinos?

—Sí, quieren tierras para dejar de vivir en la miseria. Eso es la revolución, pibe, pero normalmente se apropian de ellas personas que nunca han sido pobres y, una vez en el poder, hacen lo mismo que la gente a la que han matado para llegar allí.

—El comunismo —le contesté.

Había escuchado al cura hablar en contra de la República y de los comunistas. Mi padre también parecía odiarlos, como a los de la CNT, que habían convocado una huelga de los empleados de los cines.

—Exacto, aunque también hay revoluciones burguesas. —Fruncí el ceño, extrañado—. La gente como tu padre también ha hecho sus revoluciones en el pasado, pero ahora ya no les interesa que nada cambie.

—En la escuela dicen que la República va a traer la justicia para todos.

El hombre negó con la cabeza mientras arreglaba una de las películas.

—Eso no va a suceder. En realidad, nadie quiere esta República. España siempre ha sido un país monárquico; esto no es Argentina.

—Pues yo creo que…

—Dejá quieto, pibe, que la vida no es lo que uno cree. Es lo que pasa aunque nosotros nos resistamos a creerlo, ¿entendés?

—No —le contesté, confuso.

—Te acuerdas de El acorazado Potemkin .

—Sí, la película rusa.

—¿Para qué sirve al final la rebelión de los marineros?

—Para que vean que tienen dignidad.

—No, no sirve para nada. Los inocentes mueren por una causa y la gente termina aprovechándose.

Unos minutos más tarde, comenzó la sesión de la tarde. Miramos por la ventanita al patio de butacas y Sansón me señaló a una mujer con el abrigo azul.

—¿Ves a esa mujer?

—Sí.

—Pues es un misterio. Todos los días se sienta en el mismo lado y después, a media película, se marcha.

—Qué extraño. A lo mejor no le gustan los finales —le contesté.

—Parece el argumento de una novela, pero seguro que la razón es más prosaica. Mirá, allí está la niña que te gusta.

—¿Leonor? Es raro que venga un día de diario.

Dejé a Sansón y me dirigí al patio de butacas. Me senté en la misma fila que Leonor, como siempre que venía, pero dejando varias butacas vacías de por medio.

Terminó la película y la chica se me acercó. Me quedé mirándola embobado, como siempre.

—¿Me dejas pasar? —me dijo con una sonrisa.

—Sí, perdona —le contesté, azorado.

Mientras pasaba casi rozándome, sentí como si en mi interior explotaran fogonazos.

Luego ayudé a Sansón a limpiar la sala. Los días de diario, tenía que encargarse también de esa labor. Después me fui a casa para la cena.

Solíamos sentarnos a la mesa los cuatro solos, pero, justo antes de empezar, escuchamos la llave de la puerta. Pablo y Susana corrieron para abrazar a nuestro padre, pero yo me quedé quieto. Ya no tenía edad para saltar como un perrito hasta la entrada para recibirlo.

—Buenas noches, Rodolfo —dijo mientras me acariciaba el pelo, que era el único gesto de cariño que solía hacerme.

Dejó el abrigo colgado en el recibidor y se sentó con nosotros. Mi madre comenzó a rezar para bendecir los alimentos, pero él se puso a comer sin esperar.

—Tienes que ser más agradecido —le recriminó mi madre.

—¿Con quién?

—Con Dios.

—¿Qué Dios? Ese cura te tiene comida la cabeza, pero le interesa más otra parte de tu cuerpo.

—Eres asqueroso —dijo mi madre, al borde de las lágrimas.

—Los curas también son hombres y, además, están reprimidos. Ojalá que la República al menos sirva para cortarles el cuello a todos ellos. Siempre voy diciendo por ahí que el mejor cura es el que está colgado de un pino.

—¡Padre! —grité mientras lo miraba a los ojos.

—¿Qué te pasa a ti? Esta es mi casa y esta es mi mesa, y la comida que comes la he traído yo al plato. No lo olvides, Rodolfo.

Mi madre me puso una mano sobre el hombro. Aunque había crecido, mi padre seguía siendo más alto y fuerte que yo.

Comimos en silencio. Mi padre terminó primero, se fue al baño y después a la cama. Mi madre recogió los platos. Desde hacía un año, ya no teníamos a Nani. Debido a su edad, mi madre había conseguido que la cuidaran en un asilo.

—Te ayudo, madre —dije mientras tomaba un paño para secar la loza.

—No, hijo. Los hombres no hacen estas cosas.

—Eres un afeminado —me gritó Pablo, al que le encantaba chincharme.

Corrí detrás de él, pero mi madre nos pidió que no hiciéramos ruido o íbamos a despertar a nuestro padre.

Pablo terminó chocando contra la pared y el abrigo de mi padre cayó al suelo.

—Os he dicho que estéis quietos.

Mi madre recogió el abrigo. Al ir a colgarlo de la percha, se cayó un papelito.

Lo tomó con dos dedos para volver a meterlo en el bolsillo, pero, al ver que era una nota manuscrita, lo desplegó y lo leyó.

Su semblante cambió por completo. Lo guardó en el bolsillo, dejó el abrigo y se dirigió a la cocina.

Mientras fregaba, noté que le caían lágrimas por las mejillas hasta la palangana repleta de jabón y platos.

Me aproximé al abrigo y saqué el papelito. En él había escrita una sola frase: «Se lo dices tú a tu mujer o se lo diré yo». Estaba firmado por una tal Eloísa.

Me resultó muy duro guardar ese secreto. Había amado a mi padre con toda mi alma, pero fue terrible descubrir que nos traicionaba de esa manera, principalmente a mi madre. Ella no se lo merecía, lo había dejado todo por él.

—¿Qué piensas? —me preguntó mi madre al día siguiente. Sentado en una butaca, me limitaba a contemplar el escenario.

—Nada, tan solo me gusta estar aquí, mirar el telón y la pantalla. Me siento mejor en el patio de butacas que en el piso.

Mi madre sonrió y me pasó la mano suave por la espalda.

—Llevas el Cine Maravillas en la sangre, como el abuelo y como yo. Esto es mucho más que una sala de proyección, es un sueño hecho realidad. Cuando seas mayor, tendrás los tuyos.

—¿Por qué el abuelo os lo dio si ama tanto este cine?

Mi madre se quedó en silencio, como si se hubiese hecho esa pregunta muchas veces.

—El abuelo me adora. En cierto sentido, al entregarnos el cine, nos estaba dando su propia alma. Quería que nosotros volviéramos a hacer grande este lugar, que la gente se enamorara de nuevo en esta sala, superara sus duelos o se atreviera a soñar.

—Entonces ¿lo hizo por todos nosotros?

—Es el mayor regalo que podía hacernos. Los cines del centro están bien.

Allí la gente también disfruta de las películas, de los grandes estrenos, pero, en el barrio, la gente obrera no tiene otro lugar donde soñar.

Los partidos y los sindicatos les prometen el paraíso en la tierra y la Iglesia, el paraíso después de la muerte, lo cual está muy bien; pero la gente humilde necesita creer que es capaz de hacer algo con su vida.

Gracias al cine sienten que sí pueden hacerlo.

Abrí los ojos como platos. Me hubiera gustado entrar de nuevo en el seno de mi madre; me hallaba profundamente unido a ella. Me besó en la frente y noté sus dedos en mis brazos. No hay nada mejor en el mundo que esa ternura, la caricia de una madre que te hace sentir seguro, en casa.