15. Oficio
Oficio
¿No sabéis que yo no soy una mujer de honor? Si os portáis bien, podéis quedaros.
El ángel azul
Mi madre estaba muy débil cuando llegamos. Le habían colocado a mi hermana recién nacida sobre el pecho y eso pareció animarla de repente. Luis le dio la mano y le tocó la frente, que ardía.
—Lo siento —le dijo entre lágrimas.
La borrachera se le había pasado mientras corríamos por las calles de Madrid. Aunque era pequeño, ya había aprendido que los adultos nunca cumplen sus promesas, que suelen dejarse arrastrar por sus bajos instintos y que, por un segundo de pasión, dan al traste con toda su vida.
Pilar tuvo que pasar dos semanas en el hospital antes de recuperarse por completo. Mi hermano pequeño y yo salíamos del colegio y nos escapábamos para ir a visitarla. Era vernos entrar por la puerta y se le iluminaba el rostro. Nos dejaba coger a nuestra hermanita en brazos.
Cuando mi madre y Susana por fin regresaron a casa, el mundo, en cierto sentido, había cambiado para siempre.
Mi padre logró terminar su cine en la Gran Vía.
La inauguración coincidió justo con el día en que se celebraron las elecciones municipales de 1931.
Pensó que sería un desastre, que la inestabilidad en las calles impediría que el cine abriera sus puertas, pero estaba equivocado.
El nacimiento de la Segunda República fue una verdadera fiesta y apenas se registraron incidentes.
Aquel día acudimos emocionados al edificio. Gracias al dinero de mi abuelo, Luis no había escatimado en gastos. Nunca habíamos visto nada igual.
Nos llevaron a la cabina de proyección. Se había contratado a un equipo nuevo, pero mi padre, que solo se fiaba de Sansón, quiso que el argentino estuviera al mando el día del estreno.
La película era sonora, lo que había levantado aún más revuelo.
Todavía había pocos cines en el país donde se pudieran ver cintas de ese tipo.
Mi abuelo pasó por la sala. Mi padre no sabía nada de su aportación ni del dinero que escondía en las cámaras del Banco de España, pero sus fondos habían logrado el milagro.
Mientras miraba cómo Sansón colocaba la película en el proyector, mi padre le daba instrucciones a Pablo, con quien siempre era más duro.
—Tú aprenderás este oficio, estate atento.
—Me gustaría aprenderlo a mí —le contesté, aunque sabía que a mi padre no le hacía gracia que le llevase la contraria.
—Para ti tengo otros planes. Eres el primogénito y ya sabes lo que eso significa. Ya has hecho once años y deberás ir a estudiar al extranjero al cumplir los catorce. El día que yo falte, te encargarás de todos los cines.
Mi madre frunció el ceño. No quería que mi padre nos marcara el futuro de esa forma tan estricta, cuando apenas éramos unos niños.
—Deja que los pobres disfruten de su inocencia. El mundo es demasiado despiadado para encima robarles eso.
—Mujer, no sabes de lo que hablas. Las cosas en Europa se están poniendo muy mal y en nuestro país también andan muy revueltas. Que tengan un futuro asegurado es el mejor regalo que podemos hacerles.
Mi madre dejó a mi hermana en el suelo. Ya comenzaba a andar. Era aún más despierta que Pablo.
Sansón me permitió colocar la película en el proyector en cuanto mis padres bajaron a la sala.
—No le hagas mucho caso, ya sabés cómo es. Yo te enseñaré el oficio, que nunca está de más para buscarse un laburo.
Sansón y yo no habíamos estado a solas desde la noche en que nació mi hermanita.
Mi padre me había obligado a estudiar cada día y, en verano, nos mandaba a todos a una casa alquilada en la sierra de Madrid.
Decía que así respirábamos aire más limpio, pero yo me imaginaba que sus verdaderas intenciones eran estar a su aire y hacer lo que le apeteciera sin tener que dar explicaciones a mi madre.
—¿Qué contenía esa lata que trajeron la noche en la que nació Susana?
—No tiene importancia, pibe. Son cosas del pasado que es mejor ignorar.
—¿Cosas del pasado? —le pregunté, más intrigado aún.
—Sí, muchas veces nos gustaría borrar lo que hemos hecho, pero la vida no es como una película. Las escenas que hemos rodado cada día quedan grabadas para siempre en la memoria de Dios.
—Pensé que eras ateo.
—¿Ateo? Claro que lo soy, pero uno nunca olvida las enseñanzas que recibió de su padre de pequeño.
Se escucharon voces. Miré hacia abajo. La gente aún entraba en la sala y vi a mi padre discutiendo con mi abuelo. Bajé hasta el patio de butacas. Mi madre había dejado a Susana en el suelo e intentaba frenar a Luis.
—¡Déjalo, es mi padre!
—No le quiero en mi cine, no es bienvenido. Todo esto lo hemos conseguido gracias a nuestro esfuerzo —añadió dirigiéndose a él— y ya sabes que tu hijo ha intentado hundirnos varias veces.
—Yo no soy responsable… —se defendió mi abuelo.
Mi padre lo señaló con el índice.
—Claro que lo eres. Echaste a tu propia hija de tu casa y nombraste a Roberto heredero universal de tu fortuna.
Mi abuelo agachó la cabeza, sabía que Luis tenía razón. Pensó en contarle que gracias a él había abierto ese cine de lujo, pero prefirió marcharse. A veces, amando más, nos aman menos.
—Mi padre…
Pilar estuvo a punto de contárselo todo. Tal vez era lo que merecía, pero, en el fondo, sabía que ese imperio estaba construido sobre la frágil autoestima de un hombre herido.
La gente llenó la sala en la inauguración. Al día siguiente, la Segunda República española iba a ser proclamada a menos de un kilómetro de allí. Nuestro mundo estaba a punto de cambiar, pero, sobre todo, nuestra vida.