14. La niña
La niña
Es triste e inservible morir por la patria; la mejor forma de servirla es vivir en ella y por ella.
Sin novedad en el frente
Aquella noche comenzó a llover a cántaros.
Yo estaba en mi habitación cuando escuché los gritos y corrí hasta la cocina.
Mi madre estaba sentada en una silla, doblada de dolor.
Le pregunté si estaba bien, pero no logró contestarme.
Cuando Pablo entró, se quedó muy preocupado y señaló la mezcla de agua y sangre que corría por el suelo.
—¡Quédate aquí, voy a ver si está Sansón!
Corrí escaleras arriba. No hacía mucho que había terminado la sesión y era probable que el operador de proyección se hallara aún cenando.
—¡Sansón! —grité mientras aporreaba la puerta.
El hombre abrió solo con la camiseta de tirantes y los pantalones viejos que siempre llevaba.
—Mi madre está dando a luz y no se encuentra bien.
El hombre se frotó los pequeños ojos azules, se puso la camisa a medio abotonar, se calzó los zapatos con la piel desgastada en la puntera y corrió hasta la cocina de mi casa.
—¿Cómo se siente? —le preguntó a mi madre, pero entonces se fijó en el suelo y la tomó en brazos.
A nosotros dos nos impresionó la fuerza con la que la levantó. Siempre lo habíamos tenido por un hombre viejo y poco ágil.
—Quedaos aquí.
Negué con la cabeza. No iba a separarme de mi madre bajo ningún concepto y Pablo no se quedaría solo.
Salimos a la calle y nos metimos bajo el chaparrón. Teníamos que caminar dos manzanas, hasta la calle principal, para encontrar algún taxi.
A aquellas horas apenas había transeúntes y los coches tampoco abundaban.
Sansón parecía agotado, pero seguía sosteniendo en brazos a mi madre, cada vez más débil.
—¡No hay ni un maldito taxi! —exclamó el hombre mientras miraba hacia el final de la calle. Las gotas le empañaban la vista.
Al final, corrí hasta la carretera y me paré frente a una vieja furgoneta de reparto, que frenó en seco. Las garrafas de vino se movieron en el interior, chocando unas contra otras.
—Pero ¿qué demonios haces, chiquillo?
—¡Mi madre se muere! —grité mientras me acercaba a la ventanilla.
El hombre saltó de la furgoneta y abrió la otra puerta para que Sansón entrase. Después nos apretujamos todos en la cabina.
—Vamos al Hospital de Maudes. Creo que es el que mejor nos pilla —indicó el conductor antes de pisar a fondo el acelerador.
Ese furgón cargado hasta los topes, sin embargo, no alcanzó mucha velocidad.
Unos quince minutos más tarde, llegamos a la puerta del singular edificio. A pesar de lo suntuosa que era la fachada, se trataba de un hospital para obreros y accidentados. Entramos acelerados por el pasillo de urgencias y un guarda intentó detenernos.
—Está muy mal —dijo Sansón, y el celador buscó una camilla.
Corrimos por el pasillo central hasta que una enfermera se hizo cargo de mi madre. Cruzaron unas puertas abatibles y desaparecieron de nuestra vista.
—Debemos avisar a papá —dijo mi hermano. Sabía que tenía razón, pero no estaba seguro de que lo mereciera.
Al final, me puse de pie y me dirigí hasta una de las casas de citas donde sabía que se escondía cuando se encontraba frustrado o intentaba huir de algo.
Mientras corría bajo la lluvia y el corazón me latía a toda velocidad, pensé en cómo sería la vida sin mi madre. Nani nos cuidaría hasta que fuera mayor y entonces me iría de casa, y nunca le perdonaría a mi padre que no hubiera estado con mi madre en un momento como ese.
Llegué a un edificio de fachada discreta, llamé a la puerta y salió un matón. Lo llamaban el Cubano y era el único negro que conocía.
—¿Qué haces aquí?
No contesté. Me colé entre sus piernas y corrí por el pasillo hasta el salón. Había allí un pequeño casino, a pesar de que el juego era ilegal, y busqué entre las personas que estaban en las ruletas y en otras mesas. Entonces distinguí a mi padre sentado, con una jovencita sobre las piernas.
La gente comenzó a inquietarse al verme correr jadeante por la sala, pero mi padre se limitó a hincarme la mirada. Yo le devolví el gesto. Nunca podré olvidar esa sensación de decepción, como si de repente hubiera descubierto al hombre débil que se escondía detrás de mi padre.
Se levantó furioso y me levantó la mano, pero se detuvo un segundo, tal vez más intrigado que enfadado. Sabía que, si me había arriesgado a entrar en aquel antro, debía de tener una buena razón.
—Mamá está dando a luz.
—¿Y para eso me molestas?
Se giró para volver a su mesa.
—¡Se está muriendo!
Mi grito atravesó la sala e hizo que todos se callaran de inmediato. El único sonido era el del piano, al que un viejo perdedor tocaba, como un autómata, melodías tan melancólicas que ya nadie quería escuchar.
—¿Qué has dicho?
—Ha empezado a sangrar y Sansón nos ha ayudado a llevarla al hospital.
Mi padre agarró el abrigo y se encaminó a la puerta a toda prisa.
Corrimos por las calles vacías. Nunca lo he hecho de ese modo, hasta casi desfallecer.
Temía no volver a verla con vida y quedarme huérfano para siempre.
Los dioses de barro siempre se deshacen ante nuestros ojos y nos convierten en muertos en vida, en espectros que solo aspiran a sobrevivir.