13. La bobina
La bobina
¿Acaso quiero yo vuestro dinero?
Los cuatro cocos
—¿Por qué han parado? Ya solo quedan los detalles del interior.
—Es un problema del inversionista. Ha dicho que, por ahora, se paran las obras.
—Pero…
—No puedo hacer nada, don Luis, lo siento mucho —dijo el encargado mientras intentaba echar el candado en la puerta de la valla.
—Bueno, déjenos al menos que pasemos a echar un vistazo.
—Es peligroso.
—Venga, la planta baja está casi terminada.
Mi madre tomó del brazo a mi padre.
—¿Estás seguro, Luis?
—Sí, mujer. No hay peligro.
En los últimos meses, la relación entre los dos había empeorado. A medida que se endeudaba más, el mal humor de mi padre se agravaba. Salía más por la noche y apenas pasaba tiempo con nosotros.
Entramos en aquel lugar misterioso. Mi madre se puso a mi hermano en la cadera y yo entré de la mano de mi padre.
—Venga, antes de que se vaya la luz. En otoño anochece muy pronto.
—Tendrán bombillas dentro.
—Unas pocas, pero no iluminan demasiado. Solo son para que se pasee el guarda.
Entramos al amplio porche y vimos dónde debería estar la taquilla.
A mi padre se le iluminaron los ojos.
—Será el cine más moderno del país.
—Si lo terminan y Dios quiere —apuntó mi madre.
—Si Dios quiere. Y si no quiere, también.
—No seas blasfemo —dijo mientras se santiguaba.
El vestíbulo de entrada era amplísimo. Faltaba el piso y las paredes estaban a medio dar de llana.
—Allí pondremos las máquinas para hacer palomitas.
—¿Palomitas? —preguntó mi madre.
—Dicen que es la única forma que hay ahora de que la gente se anime a ir al cine. Muchas personas se han quedado sin empleo en Estados Unidos y los dueños de los cines están aguzando el ingenio.
—Pero harán un ruido terrible —contestó mi madre.
—Con el cine sonoro, eso no importa.
Entramos en la sala, que nos resultó inmensa pese a la escasa luz. Era la más grande que habíamos visto jamás, con un escenario enorme. Aunque estaba sin terminar, se apreciaba la elegancia de los artesonados.
—En el techo habrá una pintura como la de la capilla Sixtina de Roma, pero el fresco estará dedicado a los dioses y diosas del cine. ¿Te lo imaginas? Los más grandes y los títulos más importantes de la última década.
Mi madre parecía entre sorprendida y abrumada.
—Eso será carísimo. Ya hemos gastado casi todo nuestro dinero y las ventas de entradas están descendiendo.
—Bueno, son pequeños contratiempos. Pediré dinero al inversionista, que adelante una parte de su segunda mitad.
—¿Y si no lo hace? Nadie quiere abrir un nuevo negocio con tanta inestabilidad política y una crisis económica.
Mi padre se giró y miró a mi madre a la luz de la débil bombilla.
—¿Eso te lo ha dicho tu padre? Solo viene a casa para criticarme, pero que se atreva a decírmelo a la cara.
—No es verdad, él se alegra…
—Tu hermano está medio arruinado. ¿Lo sabes? Había intentado montar una productora. Seguro que lo hizo con la idea de tirarse a las actrices, pero le ha salido el tiro por la culata.
—No digas esas cosas delante de los niños.
—Ellos no entienden…
—Señores, tengo que irme —dijo el jefe de obra.
Salimos ya de noche. A pesar de ser viernes, se veía poca gente por la calle. Cuando llegamos a casa, nos encontramos el cine medio vacío y mi padre se puso furioso. Subió con nosotros al apartamento, pero solo fue para cambiarse de ropa y largarse cuanto antes.
—¿Por qué no rezas a tu Dios para que nos ayude? —soltó mi padre.
—No te vayas; puedo dar a luz en cualquier momento.
—Déjame, mujer.
Le dio un empujón que casi la tiró al suelo. Yo me puse en medio.
—¡Mira el canijo! ¡Cómo defiende a su madre!
—No soy un canijo y no está bien lo que haces, padre.
Por un instante, los ojos de mi padre se turbaron, como si volviese en sí, pero necesitaba ahogar las penas y se marchó dando un fuerte portazo.
Intenté seguirlo. Me preocupaba lo que podía pasarle a mi madre si mi hermana llegaba en ese momento.
No logré alcanzarlo, pero al volver observé que en las escaleras había unas latas de película. En ellas solo se leía un nombre: Sansón.
Las subí. Sabía que mi amigo estaba en la sala de proyección preparándolo todo. Nani se había puesto enferma y se encontraba en cama, así que pensé que ese hombre era el único que podría ayudarnos si mi hermanita llegaba de noche.
Entré sin llamar y dejé las latas sobre una mesita. El anciano se giró y, al verme con las dos latas, se puso pálido.
—¿De dónde has sacado eso?
—Estaban abajo.
—No vuelvas a tocarlas. ¿Lo entendiste?
Afirmé con la cabeza.
Después me fijé en el lugar en el que las escondía. Se giró de nuevo y me sonrió.
—Hay cosas que es mejor ignorar. ¿Lo comprendés?
—Bueno, eso lo dice mucho mi abuelo.
—Pues ya coincidimos en algo.
El hombre regresó al proyector y comprobó que todo estaba en orden.
—Si mi madre se pone de parto, ¿puedo avisarte?
—Claro, pibe. ¿No está don Luis?
—No está, se ha marchado.
El gesto del proyeccionista se torció, como si aquellas cosas le recordasen demasiado a los errores que él había cometido años antes.
—A veces no apreciamos lo que tenemos hasta que lo hemos perdido.
No le entendí en ese momento, porque la mayoría de las lecciones de la vida tenemos que aprenderlas por nosotros mismos. Mi abuelo siempre decía que los hombres inteligentes aprendían de sus errores, pero los hombres sabios de los errores ajenos.