12. El confesor
El confesor
La vida es una tragedia cuando se ve en primer plano, pero una comedia en plano general.
El circo
Mi madre y yo bajamos por la escalera de servicio cuando la secretaria nos dijo que el señorito Roberto estaba subiendo por el ascensor. Parecíamos dos ladrones huyendo para que no nos descubrieran.
Llegamos a la calle y mi madre respiró aliviada.
—Por ahora es mejor que tu tío no sepa nada.
Yo era demasiado pequeño para entender lo que sucedía y todo lo que había en juego.
Nos dirigimos a la basílica de San Francisco el Grande. Entramos en el gigantesco templo y llegamos hasta la altísima cúpula dedicada a la Virgen y a los santos. Después me llevó de la mano a un banco y me dijo:
—Espera sentado sin moverte.
Intenté obedecer, lo prometo, pero en cuanto se acercó a una de las grandes cajas de madera y se puso de rodillas, me pudo la curiosidad y, de puntillas, caminé hasta esconderme detrás de un altar pequeño de una de las capillas.
—Perdóneme, padre, porque he pecado —dijo mi madre.
—Que el Señor esté en tu corazón para que puedas confesar tus pecados con humildad.
Desde mi ángulo, lo único que se veía era una celosía delante de un rostro apenas intuido.
—Llevo mucho tiempo sin confesar, sin ir a misa ni comulgar.
—Ya sabes que esas penitencias son las que cuidan nuestra alma. Los sacramentos nos acercan a Dios y nos protegen de nuestro enemigo, el diablo.
—He pecado de pensamiento, de obra y de omisión.
—Hija, tienes que ser más concreta si quieres que pueda perdonar tus pecados.
La voz del sacerdote no parecía la de un hombre muy mayor.
—Bueno, he deseado la muerte de mi cuñada, que me separó de mi padre. También el castigo de mi hermano y su ruina. Sé que está mal…
—Todos tenemos tentaciones; lo importante es no llevarlas a la práctica.
—Lo peor de todo es que muchas veces me he preguntado cómo sería la vida sin mi esposo. Le quiero mucho, pero también me hace sufrir. Creo que está con otra mujer.
—Dios nos llama a perdonar; los hombres y las mujeres son distintos. Tú eres como la Virgen, una esposa llena de virtud, pero los hombres son diferentes. Respeta a tu marido y Dios cuidará de ti y de tu familia.
—Pero eso es injusto, los dos deberíamos ser fieles.
—No podemos cambiar la naturaleza —le contestó el sacerdote—. Reza tres avemarías y dos padrenuestros.
El sacerdote hizo a continuación el signo de la cruz y añadió:
—Que Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo…
, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.
Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
—Hizo un nuevo silencio y concluyó—: El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.
Mi madre se levantó y se dirigió a mi banco. Yo ya estaba sentado como si no me hubiera movido en todo el rato. Rezó un momento en silencio, y, cuando levantó la vista, vio a un sacerdote de unos treinta y muchos años, calvo por la coronilla, pero con las sienes todavía rubias.
—Hija, qué difícil me has puesto la confesión. Las mujeres cada vez sois más rebeldes.
—Lo siento, padre —contestó Pilar, algo avergonzada.
—Me gustaría ser tu confesor, tu guía espiritual. En estos tiempos de locura tenemos que aferrarnos a nuestro Señor.
Mi madre no levantaba la cabeza, avergonzada. Era tan guapa que parecía una de las tallas del altar mayor.
—Bueno, padre. No sé qué contestar.
—¿Qué vas a contestar, hija? Pues que sí.
—Bueno…
Aquella palabra fue la única capaz de pronunciar.
—Pues una vez a la semana te espero aquí. Trae también al niño, que habrá que prepararlo para la primera comunión.
Salimos del templo algo confusos. Mi madre nunca había tenido un confesor y yo había entrado a una iglesia en muy pocas ocasiones. Después de aquella visita, fuimos a misa todos los domingos y el padre Fernando quiso que yo fuera monaguillo.
Mi padre nunca pisó la iglesia. No solía estar los domingos por la mañana en casa; se pasaba todos los sábados de fiesta y solía venir a la hora de la comida.
Mi abuelo comenzó a visitarnos en el cine los lunes por la mañana, cuando estaba cerrado. Luis lo sabía, pero nunca dijo nada.
Pablo y yo le esperábamos como agua de mayo. Siempre nos traía un regalito. Algunos eran juguetes de hojalata, de esos que nadie podía comprarse. Éramos la admiración de los niños del barrio.
—Me encanta este cine, me trae tantos recuerdos… —dijo el abuelo un día mientras paseaba por las butacas—. Aunque necesita una buena restauración.
—Luis está invirtiendo todo el dinero en el nuevo local. Cree que estará terminado en menos de un año.
—Y sabes que su socio lo dejará en la estacada. No pagará su parte, que es la mitad del valor de la sala, y Roberto se quedará con todo.
Mi madre se estremeció al pensar que perderían aquello que habían logrado durante esos ocho años.
—Pero yo te daré el dinero. Ya te dije que tengo un fondo en el Banco de España. Una pequeña fortuna libre de impuestos. Cuando me muera, ese dinero será tuyo.
—¿Cómo le explicaré yo a Luis que poseo todo ese dineral?
—Dirás que es de una de tus tías que se marchó a Filipinas. Que ha muerto sin hijos, te ha dejado el dinero y te lo han enviado desde allí.
—No me va a creer.
—Ya te digo yo que sí. Estará tan desesperado que no hará preguntas.
En ese momento se escuchó un ruido en la sala de proyección.
—Es Sansón, que está preparando la nueva película —comentó mi madre. Al abuelo se le notaba que no le caía muy bien el proyeccionista.
—Ese vagabundo os va a dar problemas.
—No es un vagabundo, padre. Es un buen hombre que ha tenido mala suerte.
—¿Qué sabes realmente de él?
—Que es argentino, un buen profesional y siempre cumple con su trabajo. No necesito saber más.
—El mundo está cambiando, hija. ¿No lees los periódicos?
Los comunistas se han afianzado en Rusia.
Stalin está en el poder y muchos lo llaman el Zar Rojo.
Está colectivizando las tierras. En España muchos querrán llevar al país hacia la revolución.
En Italia gobiernan los fascistas, con un tal Mussolini.
Aquí el dictador está perdiendo apoyos y la monarquía no va a aguantar.
Ya sabes que siempre he sido monárquico, pero este rey es un golfo.
—El mundo siempre ha sido así, ¿no? Ya hemos pasado una pandemia y una guerra, aunque en España, por lo menos, no tuvimos que matarnos como en el resto de Europa.
Mientras mi abuelo y mi madre hablaban, subí a la cabina para ver a Sansón.
El hombre estaba preparando uno de los rollos.
—Hola, mocoso.
—No soy un mocoso —le dije, arrugando la nariz.
—Pibe…, ¿no le gusto a tu abuelo?
—No lo sé —mentí. Eran dos de mis personas favoritas en el mundo.
—Bueno, tu abuelo es como casi todos los españoles. No les gustamos. No están acostumbrados a ver a los extranjeros por aquí, y eso que siempre habéis sido un pueblo de emigrantes.
—Mi abuelo es muy bueno, pero a veces se equivoca —le contesté.
—Todos nos equivocamos. Querelo mucho. A lo mejor tiene razón conmigo. Tengo la sensación de haber vivido muchas vidas, y la que dejé en Argentina fue una difícil, pero no la única.
Me lo quedé mirando. Sus manos parecían más finas que las de un obrero.
—¿Tenías familia en Buenos Aires?
Su mirada se apagó como el proyector ese segundo antes de dejar de brillar.
—Es otra vida, ya te dije. A veces es mejor no recordar. Puede ser muy doloroso.
No le entendía, era demasiado pequeño. Aunque siempre me decían que era más listo que los niños de mi edad, debo reconocer que muchas cosas no las logré comprender hasta mucho después.
El mundo de los adultos me parecía fascinante, pero al mismo tiempo peligroso y triste.
Muchas veces sentía que nadie me comprendía, que para todos ellos era como una especie de fantasma, mientras seguían ocupados en sus propias cosas.
Me prometí no olvidar nunca lo que era ser niño y creo que, por desgracia, no lo conseguí.