El último cine de barrio 11. La pugna
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11. La pugna

La pugna

Prefiero complacerte a ti antes que a nadie que conozca.

El cantor de jazz

Algunos decían que Madrid se estaba convirtiendo en la ciudad más bella del mundo. Se abrían museos, cafés, teatros y cada vez más salas de cine. Las profecías de la familia se habían cumplido y, tres años más tarde, mis padres eran los dueños de tres cines.

Mi padre nos llevaba a pasear por la Gran Vía, la calle más moderna y cosmopolita de la capital.

Los edificios del primer tramo eran de una belleza antigua, como el Metrópolis, que recordaba a París y estaba coronado con un fénix, el ave que renace de sus cenizas.

Apenas unos años antes, se había completado el segundo tramo, desde la red de San Luis hasta la plaza del Callao.

Tenía el estilo moderno que se había impuesto en ciudades como Nueva York y Chicago y llegaba casi hasta la calle Princesa.

En aquel tramo, de todos modos, la Gran Vía parecía más bien un anciano desdentado, entre tantos solares que quedaban aún por edificar.

Durante el trayecto siempre observaba los grandes cines, como el del Callao o el Palacio de la Música.

—¿Por qué hemos venido al centro un jueves por la tarde? —le preguntó mi madre.

Mi padre nos miró con su media sonrisa de satisfacción.

En aquel entonces, para mí seguía siendo un gigante, un titán con el que me comparaba y al que quería imitar de alguna forma.

Mi hermano Pablo no hacía otra cosa que repetir cada uno de mis gestos y acciones, aunque el pequeño de los varones siempre fue el más inquieto.

—¿Dónde nos llevas? ¿A qué viene tanto misterio?

A mi madre ya se le notaba el embarazo de mi hermana.

Le había crecido mucho la barriga y yo no entendía por qué tenían que llegar más niños a nuestro hogar.

Pablo me había destronado y ahora ese bebé que se gestaba en su vientre ocuparía el poco tiempo que aún tenía mi madre para mí.

Siempre me decía que, como yo era el mayor, debía cuidar del pequeño, y no paraba de hacer mandados y de ayudar en el cine.

Mi padre se detuvo frente a la fachada de un edificio todavía a medio hacer, pero al que ya se le veía bien la estructura.

—Justo aquí. ¿Lo veis bien?

Miré hacia arriba, pero lo poco que adivinaba desde mi altura era una valla de obra y, más allá, un esqueleto de hierro que intentaba oxidar el reluciente cielo de Madrid.

—Aquí se va a abrir dentro de un año el cine Lumière, en honor a los inventores del séptimo arte.

—¿Cómo? —preguntó mi madre, entre asustada y emocionada.

—Como escuchas. Hemos pagado las primeras letras. Será uno de los cines más grandes de la ciudad y le incorporaremos el sonido, como en los cines norteamericanos y de Londres.

Yo di un brinco de entusiasmo. Aquel sería nuestro cuarto cine, algo increíble que solo superaba mi abuelo, quien había logrado tener diez en la capital, cuatro en otras ciudades de provincia y tres en Barcelona.

—¡Estás loco! Apenas podemos pagar los alquileres y las películas, nos retrasamos cada mes en los sueldos de la gente…

—Tengo un socio inversionista, no te preocupes. La única forma de seguir creciendo es arriesgar.

Al final, mi madre lo abrazó; en el fondo, le admiraba. A pesar de que no podía estar con nosotros tanto como nos gustaría, sabíamos que lo hacía todo por su familia.

Mi hermano y yo también nos echamos encima de él. Sentí cómo temblaba de emoción. Casi nunca daba rienda suelta a sus sentimientos, pero los tres sabíamos que, en el fondo, se trataba de un hombre muy sensible.

Después de ver el edificio, caminamos hasta el pasadizo de San Ginés. Esa celebración se merecía un buen chocolate con churros de la mejor chocolatería de España.

Mientras estábamos sentados en la mesa redonda de mármol blanco, por primera vez en mucho tiempo vi a mis padres besarse con pasión.

—¿Qué sabes del abuelo? —preguntó Luis, que en realidad se compadecía del viejo, aunque nos hubiera echado de su casa. Sabía que el tío Roberto y la arpía de su esposa eran quienes lo habían puesto en nuestra contra.

—Está muy mayor, demasiado. Me da pena enterarme un día de que ha muerto. Lo echaré mucho de menos.

El rostro de mi madre se ensombreció y mi padre le tocó la mejilla.

—Son ellos los que no quieren vernos y los que han hecho todo lo posible para que no prosperemos. Si quieres ver a tu padre, sabes que yo no lo impediré, incluso si le llevas a los niños.

Mi madre comenzó a llorar y a sonreír al mismo tiempo. Necesitaba ese empujón de su marido para dar un paso que, en realidad, le resultaba muy difícil.

Pilar no era una mujer rencorosa, pero le dolió tanto la forma en la que nos habían tratado que había intentado ponernos a nosotros en primer lugar.

—Vosotros sois mi familia y lo que más quiero en el mundo, pero Anselmo es mi padre. Me gustaría que mi hermano también cambiara, aunque creo que, mientras esté con esa mujer, eso será imposible.

Mi padre comió el último churro y después se limpió el bigote.

—He oído que últimamente no les va tan bien. Dicen que la época de vacas gordas está llegando a su fin, que desde que terminó la Gran Guerra ha corrido el dinero a mansalva y esa idea obsesiva por vivir. La gente a la que no mató la guerra, la mató la gripe, pero todo tiene un final.

Mi madre no entendía de ese tipo de cosas y no le preocupaban. Aunque no se trataba de ninguna beata, prefería pensar que era Dios quien nos había salvaguardado todo ese tiempo.

—Dios proveerá, esa es la única certeza que tengo en la vida.

—¿Dios? Él no me ha dado nada. Siempre tuve las cartas marcadas y la partida perdida —dijo mi padre con un rictus de desprecio en el labio.

—Hizo que te conociera. Nos vimos por casualidad el día de san Isidro. ¿Te parece poco regalo de la Virgen de la Almudena?

—No me hagas blasfemar delante de los niños. Los curas y la Iglesia son la peste de este país.

Nos levantamos de la mesa y nos dirigimos al tranvía. Mi madre tomó el brazo de mi padre y, en cierto modo, se reconciliaron.

Al día siguiente, mi madre no me llevó al colegio. Me peinó muy bien, dejó al pequeño Pablo con Nani y tomamos un taxi hasta el despacho que mi abuelo tenía en la calle Alcalá. Era muy temprano y mi madre esperaba que a esa hora su hermano todavía no estuviera.

No viajaba mucho en coche. Mi padre todavía no se había decidido a comprar uno. Prefería que siguiera creciendo el negocio a tener ese ostentoso símbolo de prestigio.

Salimos del vehículo y caminamos por la elegante acera de la calle a la altura del Retiro. Después entramos en un edificio de techos altísimos y el portero reconoció de inmediato a mi madre.

—Doña Pilar, cuánto tiempo sin verla. ¡Dios mío! ¡Ese no será su hijo mayor!

El hombre me sonrió y me dio un caramelo.

—Fermín, ¿está mi padre?

—Acaba de llegar. Ha comprado el periódico en el quiosco de la esquina y está tomando su café mientras lo lee. Ya sabe, como siempre.

—Mi padre es un animal de costumbres.

—¿Desea que la anuncie?

—No, venimos a darle una sorpresa.

El hombre nos abrió la puerta del ascensor forrado de terciopelo rojo y llegamos a la primera planta en un abrir y cerrar de ojos. Mi madre me repeinó con saliva y entramos sin llamar a la puerta.

En la recepción se encontraba Jacinta, una mujer de mediana edad que llevaba con mi abuelo desde jovencita.

Jacinta saltó del asiento y abrazó a mi madre entre lágrimas.

—¡Dios mío, esto es un milagro! ¡Qué bien le va a venir a don Anselmo! Está tan solo y triste.

Mi abuelo debió de escuchar las voces desde el despacho, porque salió para reprender a su secretaria. Pero no lo hizo. Se quedó petrificado, como si se le hubiera aparecido un fantasma.

—¡Padre! —exclamó Pilar con la voz rota por el llanto.

Él se quedó mudo, derecho, con los ojos muy abiertos. Después desplegó los brazos como si quisiera volar hasta ella, pero fue mi madre la que echó a correr. Se fundieron en un enorme abrazo.

—Lo siento mucho, hija.

—No se preocupe, padre. Le sigo queriendo.

Yo me quedé unos pasos atrás. Mi abuelo, hasta ese momento, suponía solo una sombra y un nombre por el que mis padres discutían sin cesar. Ahora era un anciano que temblaba y tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas.

Mi madre me hizo un gesto y me acerqué.

—Este es el pequeño Rodolfo.

Mi abuelo se agachó y se puso a mi altura. No lo hizo con mucha agilidad, pero sí con determinación. Eso siempre me fascinó de él: nunca se rendía y era capaz de doblegar su voluntad para que hiciera justo lo que le imponía.

—Este pequeño diablillo es mi nieto.

Me dio dos besos y después me dijo muy serio:

—Por suerte eres tan guapo como tu madre. Tienes el mismo pelo y los mismos ojos.

Entramos en el despacho y ellos se tiraron hablando durante más de una hora. Mientras tanto, yo jugaba con una bola del mundo que estaba en una mesita.

—Las cosas ahora no van muy bien. Tu hermano lleva el negocio y yo me dedico a leer el periódico.

Este es el único lugar donde me siento a gusto.

Su mujer no me deja en paz. No reconocerías la casa de tu madre, ahora parece un puesto del Rastro.

Esa mujer no tiene gusto, pero lo peor es que es mala. Está deseando que me muera.

—¿Por qué no los echas de tu casa?

—¿Mi casa? Tu hermano puso todo a nombre de la compañía.

Ya no tengo nada mío, ni siquiera la camisa que llevo puesta.

Bueno, eso no es del todo cierto, porque antes de que muriera tu madre, hice un fondo de previsión que está en una caja fuerte del Banco de España.

Llevo la llave siempre colgada al cuello; si ellos se enteran, son capaces de cortarme la cabeza para quitármela.

Lo que me quede será para ti y los niños.

—Véngase con nosotros, padre.

—¿Con tu marido? Luis me odia y con razón.

—En realidad no le odia…

—Sí que me odia. Lleva seis años intentando demostrar que es mejor que yo, pero ha caído en la trampa de Roberto.

La de su socio capitalista, para el cine que quiere abrir en Gran Vía.

Es uno de los amigos de tu hermano y pretende dejarlo en la estacada para que se arruine y que Roberto se quede con todos los cines, sobre todo el Cine Maravillas.

Dice que es la estrella de la casa porque fue el primero.

Mi madre comenzó a temblar.

—No te preocupes, no dejaré que lo haga —añadió él.

Las palabras de mi abuelo le apaciguaron un poco su miedo. Yo era en aquel momento muy pequeño para entender nada, pero sabía que se avecinaban malos tiempos para los Mendizábal y los Reverte.