10. Sansón
Sansón
¡Si soy el fantasma, es porque los hombres me han hecho así!
El fantasma de la ópera
Mis primeros recuerdos son de una sala de cine y del sonido del proyector mientras mi padre pasaba las películas en el Maravillas.
España parecía aletargada por la dictadura de Miguel Primo de Rivera, pero la economía y la ciudad no hacían más que crecer, lo que favorecía al negocio de la familia.
Mi hermano Pablo tenía cinco años y yo siete.
Él era mucho más travieso que yo. Siempre estaba molestando al proyeccionista, un hombre bastante viejo, o esa era mi percepción en aquel momento.
Sansón había nacido en Buenos Aires, que nos parecía el sitio más exótico del mundo.
Tomaba mate y se le veía disfrutar de las películas de Rodolfo Valentino y de escuchar tangos en la pequeña habitación al lado de la de proyección, donde mis padres le dejaban dormir.
—Pibe, imaginate un mundo en el que no existía el cine —comenzó a explicarme Sansón—. La magia aún se encontraba en los cuentos de hadas, pero, un día, dos hermanos, como Pablo y vos…
—¿Como yo y Pablo? —interrumpí mientras el hombre se acariciaba el pelo rubio, cortado casi a cepillo.
—Sí, pero ellos eran franceses y se llamaban Lumière. En su caja mágica salía un tren llegando a la estación, y la gente, asustada, escapaba corriendo del cine porque pensaban que se les iba a echar encima.
Aquel comentario me hizo mucha gracia y me reí a carcajadas. Sansón continuó ordenando las películas y yo apoyé la cara en las manos. Mi imaginación era tan fuerte que podía ver todo lo que decía como si lo estuviera tocando.
—El cine es magia. Lo demostró el gran George Méliès, que llevó sus trucos al celuloide y creó efectos que nadie había visto hasta ese momento. ¿Recordás la escena en la que un cohete aterriza justo en el ojo de la Luna?
—Sí, es muy graciosa, aunque veo muy difícil que alguien pueda llegar hasta allí en un cohete.
—Pensá que el hombre ha logrado volar. Te aseguro que, cuando era niño y miraba los barcos en Puerto Madero, no entendía que esos buques tan grandes de hierro flotasen en el agua.
Lo miré sorprendido. A veces me gustaba jugar con unos barquitos que hacía con cortezas de madera de un árbol que había en el patio interior al que daba nuestro cine.
Me fijé en la película que estaba metiendo en la lata. Era de Charles Chaplin, mi actor favorito.
—¿Por qué el cine es mudo? —le pregunté, intrigado. No entendía por qué las imágenes podían reproducirse, pero no las voces.
—Muy buena pregunta, Rodolfo. Las películas no pueden grabar sonido, pero imagino que es cuestión de tiempo que alguien lo consiga. Aunque lo mejor de todo es que los actores deben hablar con sus cuerpos. Charles Chaplin, con su bigote y su bastón, se expresa mejor que un diálogo de Lope de Vega.
—Me gusta mucho que toquen el piano y pongan más emoción a las escenas. Sebastián lo hace muy bien; le pone muchísimo sentimiento.
Nuestro pianista era un hombre de unos cuarenta años, extremadamente delgado. Mi madre decía que era por el vino y el desamor, aunque yo no entendía qué quería decir.
—El sábado vamos a estrenar una película que creo que te gustará mucho, aunque tal vez no sea para alguien de tu edad.
—Yo he visto todo lo que se ha proyectado en el Maravillas.
— Nosferatu es una película sobre vampiros. Si vos la ves, seguro que luego no dormís por la noche. Dicen que el director quería adaptar Drácula , pero no podía pagar a Bram Stoker, así que se inventó la historia. En España se estrenó hace tiempo, pero no en el Maravillas.
—Mi madre me deja verla. ¿Tú no tienes familia, Sansón?
Noté que el rostro de mi viejo amigo se oscurecía. Se quedó pensativo, como si su mente se hubiera marchado muy lejos, tal vez a su amada Argentina.
—En otra vida la tuve, pero a veces es mejor no mirar atrás.
En ese momento escuchamos un estruendo en la sala y nos asomamos por la pequeña ventana de proyección. La sala se encontraba casi a oscuras, pero noté que una figura se movía entre las butacas.
—Es Pablo, no sé qué hace andando por ahí. Se lo voy a decir a Nani, seguro que lo castiga.
Nani estaba algo más mayor que cuando regresó de Cantabria para criarme, pero aún conservaba una furia de mil demonios.
Mientras bajaba al patio de butacas para regañar a mi hermano, pasé por el amplio recibidor acristalado y me pareció entrever a un hombre muy anciano que miraba hacia dentro.
No era la primera vez que lo veía. Llevaba una copiosa barba blanca y el pelo un poco largo bajo un sombrero negro.
Al cruzar su mirada con la mía, se marchó a toda velocidad calle abajo.
A la hora de la comida, se lo comenté a mi madre. Pilar seguía siendo una mujer hermosa. Cuando se arreglaba para ir a la zarzuela o a la ópera con mi padre, lo era incluso más, pero Luis parecía demasiado ocupado intentando salvar el cine y a todos nosotros.
Después de comer, de camino a mi cuarto, no pude evitar escuchar lo que mis padres hablaban.
—¿Ahora que hemos logrado pagar todas nuestras deudas, quieres que nos metamos en la compra de otra sala? Es una locura.
—Pilar, uno siempre sale de lo que se mete. El país está mejor que nunca y la gente tiene dinero. Hay que aprovechar las vacas gordas.
—Pero ese cine está al lado del de mi padre, no quiero que le hagamos la competencia.
Se hizo un silencio que se rompió con Luis alzando la voz.
—Anselmo ya no dirige los cines y lo sabes bien. Lo hacen Roberto y esa arpía de su mujer. Han intentado hundirnos mil veces, que volviéramos humillados a su casa, pero no lo han conseguido.
—Yo no les guardo rencor.
—Tú eres muy buena, Pilar. Demasiado buena.
—Pues sigo pensando que es una mala idea.
—Dentro de poco las películas se podrán oír y quién sabe si llegarán a ser también en color. No podemos dejar de soñar.
—Pero cada vez te vemos menos. Los negocios te tienen absorto. Los niños necesitan a su padre, y Nani y yo no podemos hacerlo todo solas.
—¿Tu padre estaba mucho en casa? Los hombres tenemos la obligación de dar de comer a la familia, de que dispongáis de todo. Los niños van al mejor colegio de Madrid y tú puedes comprar todo lo que necesitas.
—Yo no quiero cosas, te quiero a ti.
Las palabras de mi madre me enternecieron. Yo sentía lo mismo. Amaba a mi padre, pero nunca tenía tiempo para nosotros. Apenas nos besaba en la frente por la mañana y salía corriendo. Yo recreaba sus labios en mi piel porque se trataba del único cariño que nos hacía en todo el día.
El cine era mi forma de escapar, mi pequeña cárcel de oro, donde soñaba con viajar a lugares distantes, lejos de las viejas calles de mi barrio, a un sitio donde los sueños podían alcanzarse. Lo que no sabía entonces era que, en ese mundo exterior, las pesadillas a veces se convertían en realidad.