El último cine de barrio 9. Nochevieja
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9. Nochevieja

Nochevieja

Señor, deja que mi alma madure antes de ser cosechada.

La carreta fantasma

Nuestras victorias no siempre agradan a los demás, pero nos duele especialmente cuando no les gustan a los que más queremos. Luis le había dicho a mi madre que no le contara nada a su familia.

El día de Nochevieja tenían que acudir a la fiesta que organizaba su padre, pero la salud de la abuela empeoró. Iban a cenar algo ligero y después tomarían las uvas con ella, junto a su cama. Todos pensaban que podía ser el último año que despidiese la abuela.

La cena fue a la luz de las velas, pero parecía más un velatorio que un momento de celebración. Apenas se habían dirigido la palabra cuando Roberto rompió el hielo.

—¿Qué tal fue el domingo pasado en la inauguración? No nos habéis contado nada.

Luis siguió tomando la sopa tan tranquilo, pero mi madre intentó responder.

—Fue muy bien, la verdad. Parecía que no iba a venir nadie, pero al final llenamos la sala. El resto de la semana ha sido muy buena. Se ha corrido la voz de que el cine está abierto de nuevo y la gente se muestra encantada.

—Nos alegramos mucho, hija —dijo don Anselmo. Nuestro abuelo intentaba ser amable, aunque no logró calmar la tensión.

—Bueno, esa es una buena noticia, aunque con la limonada regalada, imagino que apenas recaudasteis nada —dijo Dolores, que había estado callada hasta ese momento.

—No creo que eso te interese a ti —contestó Luis, que no soportaba la insolencia de aquella cría desconsiderada a la que habían salvado la vida.

—No consiento que le hables así a mi prometida.

—No sabíamos que… —Pilar no terminó la frase.

—Madre está muy enferma y no queríamos ser el tema central. Aún somos un poco jóvenes, pero en un año queremos casarnos.

—¿Estáis seguros? Sois muy críos y no os conocéis suficiente… —volvió a insistir Pilar, pero antes de que terminase la frase, su hermano ya estaba replicando.

—¿Tú nos vas a dar lecciones de pareja? ¡Tu marido es un buscavidas, un vago y un aprovechado! Además, te dejó embarazada y se marchó. Estoy seguro de que nosotros dos podemos hacerlo mejor.

Durante unos segundos se hizo un silencio sepulcral, pero Luis se levantó y se dirigió hacia su cuñado con la cara roja.

—¡No, Luis, por favor!

—No te permito que le hables así a tu hermana. Ella es la mejor de todos nosotros.

Roberto se puso en pie.

—¿Quién eres tú para mandarme callar en mi casa?

Don Anselmo intentó interponerse.

—Calma, vuestra madre está muy enferma.

—¡Que se disculpe con su hermana!

—¡No pienso disculparme!

—Pues nos vamos —dijo Luis mientras se volvía hacia la puerta. Nani me tomó en brazos y Pilar intentó frenarlo.

—No, Luis, es mi familia.

—¿No ves con qué desprecio nos tratan?

Escucharon una voz al fondo y todos se giraron. La abuela se había levantado de la cama y llegaba al salón casi sin fuerzas.

—No discutáis, por favor —dijo entre lágrimas.

Al ver que se tambaleaba, Roberto corrió para cogerla en brazos y llevarla de nuevo a su cuarto. La familia los siguió, con la preocupación reflejada en el rostro.

La dejaron sobre el lecho. Sudaba y la fiebre le había subido mucho.

—Llamemos al médico —dijo Pilar.

—En unos minutos van a dar las uvas; no hay médicos disponibles —comentó Luis, que parecía angustiado por haber precipitado aquella situación.

La mujer intentó hablar y todos la rodearon.

—Dejadme descansar en paz. Lo único que os pido cuando parta es que no os dividáis. Por favor…

Pilar le tomó una mano y Dolores, la otra.

—Trataos como hermanas.

—Lo haremos, madre —dijo Pilar, pero la muchacha dibujó una mueca sarcástica que le hizo sentir un escalofrío.

La anciana abrió mucho los labios, como si no le entrase el aire en los pulmones, y espiró. En ese momento escucharon las campanadas en todas las iglesias de la ciudad. No hubo tiempo para celebraciones; el año comenzaba de la peor manera posible.

Al día siguiente, prepararon un velatorio en la casa. El ataúd se encontraba en el centro de la habitación, las sillas estaban puestas en círculo y la gente comenzó a acudir desde muy temprano.

Luis y Pilar llegaron antes de las doce. El entierro sería al día siguiente, pero las emociones estaban completamente a flor de piel.

Cuando mis padres se acercaron al abuelo, este los rechazó.

—Este hombre no tiene que hacer nada aquí. Por su culpa tu madre está muerta. Desde que entró en la familia, la desgracia y la deshonra nos han acompañado.

—Es mi marido y el padre de tu nieto…

—Me da igual. Tú puedes quedarte, pero él no.

—¿No nos vas a permitir velar a mi madre?

Don Anselmo se dio la vuelta y se dirigió al ataúd para abrazar a su esposa.

Al otro lado, Dolores sonrió durante unos instantes.

Pilar lo contempló horrorizada, pero no podía hacer nada para impedirlo.

Salieron de la casa cabizbajos; mi madre había perdido a su familia.

Estaban solos, con un negocio ruinoso, y aún no sabían que mi hermano venía en camino.

Parecía que todo a su alrededor se desmoronaba, pero estaban dispuestos a luchar para que sus hijos no sufrieran las consecuencias.

Mi hermano ya no iba a conocer a su abuela y, posiblemente, nunca vería a ningún otro miembro de mi familia.

Yo, por supuesto, todavía no tenía la capacidad de comprender la magnitud de lo que había sucedido.

Años más tarde, mi madre me contaría la triste historia de aquel día fatídico.