8. Navidad
Navidad
¿Quién es usted para darme a mí consejos?
La verbena de la Paloma
Después de la fiesta, muchas cosas cambiaron en la familia. El lunes siguiente, un camión de mudanzas llevó lo poco que tenían mis padres a su nuevo hogar, además de algunos muebles viejos que mi abuela guardaba en el desván desde su traslado a la mansión.
Nos fuimos en taxi y los transportistas nos siguieron.
Cuando llegamos a la calle donde estaba el Cine Maravillas, mi madre se echó a llorar.
El cartel deslucido colgaba de la fachada de ladrillo rojo.
La puerta del cine estaba sucia; debía de llevar al menos un par de años cerrada.
El pequeño portal de al lado, que conducía a nuestra casa, no se hallaba en mejores condiciones.
En cuanto mi madre subió las escaleras y mi padre abrió la puerta, se les cayó el alma a los pies.
Alguien había limpiado por encima, pero la desnudez de las paredes sin gracia, que daban a una calle no muy ancha y sin árboles, contrastaba notablemente con la casa en la que había pasado casi toda su vida.
Mi padre intentó controlar la ira. Se sentía como un verdadero fracasado. Por su culpa Pilar tendría que vivir en esas condiciones. Pero no tuvieron mucho tiempo para compadecerse, porque los transportistas llegaron con las pertenencias y los muebles y comenzaron a subirlos.
Aunque no se le habían pasado las ganas de llorar, mi madre hizo de tripas corazón y se puso a ordenar. Sin embargo, cuando los operarios se marcharon y vio todo lo que restaba por hacer, se quedó profundamente abatida.
—Lo siento —musitó Luis mientras la rodeaba con los brazos.
Ambos me miraron. Yo estaba en una silla junto al salón y parecía el niño más feliz del mundo.
—Saldremos adelante —dijo Pilar, que siempre fue una mujer determinada.
En ese momento escucharon pasos en la escalera y alguien llamó a la puerta. Eran sus amigos Felicia y Fabián.
—¡Querida! ¿Cómo estás?
Las dos se abrazaron y mi madre se desahogó.
—No te preocupes, ahora te ayudaré a colocar y limpiar. Ya verás qué bien queda. A ti, al menos, te hablan tus padres y no vives en una habitación alquilada.
—Soy una niña caprichosa. En el fondo, no me doy cuenta de lo mucho que tengo.
—Cariño, tienes todo el derecho a quejarte. Lo que ha hecho tu padre no está bien, pero Luis y tú saldréis adelante. Levantaréis este cine y un imperio si hace falta.
Las dos amigas se pusieron a limpiar mientras los hombres colgaban los cuadros, arreglaban los grifos y movían los muebles de sitio.
Cuatro horas más tarde, aquellas habitaciones habían tomado la forma de un hogar.
Pilar se secó el sudor de la frente. A pesar de estar casi en las fiestas navideñas, a todos les corría a mares.
Tomaron un poco de vino con gaseosa y, para cenar, abrieron unas latas que Fabián había llevado. La cocina era alargada y habían logrado meter una mesa en la que se acomodaron con algunas estrecheces.
—Está riquísimo —dijo Felicia mientras miraba el carrito en el que yo dormía.
—Ni siquiera os hemos podido ofrecer una cena en condiciones. Estamos comiendo vuestras latas —comentó mi madre, que por momentos volvía a desanimarse, sobre todo al pensar en dormir en ese lugar.
—Tenemos que contaros algo —dijo Felicia mientras se tocaba la barriga.
—¡No! —exclamó mi madre, pero luego bajó la voz para no despertarme.
—Estamos de tres meses y medio.
—¡Felicidades! —dijo mi padre a su amigo.
—Esto hay que celebrarlo —propuso mi madre.
—Mañana traeremos una tarta, porque con vuestro bebé no podéis salir.
Cuando sus amigos se marcharon, los tres nos fuimos a la habitación. Mi madre me dejó en la cuna, se cambió en el baño y después se acercó a la cama.
—¿Cómo estás? —preguntó a mi padre.
—Bueno, la verdad es que me encuentro un poco desanimado, pero creo que también estoy cansado. Tengo algunas ideas para hacer que este cine se llene de nuevo.
—Me alegra escuchar eso. La semana que viene es Navidad y tendremos que ir a la casa de mis padres.
Luis suspiró y mi madre se acurrucó en su hombro.
—Lo mejor que puedes hacer para que mi padre se sienta mal es convertir este cine en el mejor de Madrid.
Mi padre besó su frente y después le contestó:
—No tengo que demostrarle nada. Al único a quien debo demostrar algo es a mí mismo, pero solo me importáis tú y el bebé.
Al día siguiente, limpiaron entre los dos la sala del cine. Tuvieron que atornillar algunas butacas y Pilar cosió los bajos del telón. El resto del día, Luis se lo pasó sustituyendo bombillas.
Querían abrir el cine al público el día de Navidad. El abuelo les había dejado una copia de La verbena de la Paloma , una película muy popular con la que estaban seguros de que podían triunfar en el barrio.
Mi madre dejó de limpiar y fue a darme el pecho.
Se sentó en el amplio recibidor, mirando a la calle.
Justo en ese momento, una mujer se detuvo frente a las puertas de cristal y se la quedó mirando.
Pilar se preguntó quién sería esa mujer tan cotilla.
En cuanto terminó de darme el pecho, se acercó para observar a la señora más de cerca.
Esta le sonrió y mi madre pegó un grito.
—¡Nani!
Abrió la puerta y las dos mujeres se abrazaron. Vestía toda de negro y el pelo gris resaltaba su cara morena.
—¿Qué haces aquí?
—Bueno, mi madre falleció la semana pasada.
—Lo siento mucho —dijo Pilar mientras la mujer me cogía en brazos.
—Así que este es el pequeño Rodolfo.
Debió de gustarme mucho Nani, porque le ofrecí mi mejor sonrisa, a pesar de que no solía hacer demasiado caso a los extraños.
—Tu madre me mandó llamar para que te echara una mano.
—Pero nosotros no podemos…
—Ella se hace cargo. Yo tampoco necesito demasiados lujos, ya lo sabes.
La mujer entró en el edificio. Me dejaron de nuevo en el carro y continuaron limpiando las dos.
La inauguración del cine sería unos días más tarde, pero antes tenían que pasar el trago de la cena de Nochebuena.
Los tres nos presentamos en casa de mis abuelos con nuestras mejores galas. Nani también nos acompañó para quedarse conmigo, pero Roberto parecía tan entusiasmado al verla que mi madre me tuvo en brazos durante toda la cena.
Dolores aún vivía en la casa. Hasta después de Navidades se iba a quedar con Roberto; no querían que pasara esas fiestas con una desconocida, por muy familiar suya que fuese.
—¿Qué tal va la sala? —preguntó mi abuelo a mi padre.
—Mañana por la tarde abrimos para inaugurarla. Es una ventaja que el día de Navidad caiga en domingo. Como pondremos La verbena de la Paloma , vamos a invitar a una limonada a todos los que compren una entrada.
El abuelo torció el gesto.
—Bueno, si vas a cobrar unos quince o veinte céntimos por las peores butacas y pierdes unos cinco por cada limonada, no te dará ni para recuperar los gastos.
—Don Anselmo, ya he calculado eso, pero tenemos que darnos a conocer, que todo el mundo sepa que estamos abiertos de nuevo. He impreso pasquines y también hemos colocado carteles de la película por todo el barrio.
Mi madre lo miraba orgullosa mientras yo comenzaba a llorar entre sus brazos.
—Os deseo mucha suerte, sobre todo porque os he regalado uno de mis cines.
Mi madre notó que, aunque le cambiaba la expresión, mi padre lograba controlarse. Después se puso a hablar con la abuela.
—¿Cómo está, madre? No he podido venir durante todos estos días; el cine me ha tenido muy atareada.
—No te preocupes, lo sé. Nani me tiene informada de todo. La verdad es que Dolores me mima mucho, más de lo que merezco. En poco tiempo se ha convertido en una hija para mí.
Dolores parecía muy cambiada, como si siempre se hubiera movido en ese ambiente de lujo. Miró a mi madre por encima del hombro y le dijo:
—Me gusta tu traje, aunque está un poco usado.
Ella llevaba uno nuevo, recién confeccionado por la modista francesa a la que mi madre solía hacer encargos.
—Bueno, ahora mismo no es mi prioridad. Ya lo entenderás cuando seas madre.
—¿Cuando sea madre? No todas las mujeres hemos nacido para amamantar críos.
Le sorprendió el comentario de la joven. Su hermano Roberto le pidió a Nani que me cuidara y se volvió hacia su hermana.
—¡Qué graciosa es Dolores! ¿Verdad? Está feliz aquí con nosotros.
—Ya me doy cuenta.
—Estoy tomando las riendas de los negocios de padre y le he propuesto crear un estudio cinematográfico. Este es un muy buen momento, ¿no crees?
—Me parece una idea fantástica —le contestó mi madre.
—Ser productor. ¿Te imaginas?
Pilar vio que su hermano tomaba la mano de Dolores y después se quedó mirando a su madre, apagada, al otro lado. Sintió una punzada en el pecho; ya no pertenecía a aquel lugar.
Lograron salir pronto de la cena. El chófer de su padre los llevó a casa. Mientras me ponían a dormir, Nani y mi madre hablaron de lo ocurrido esa noche.
—Esa chica, Dolores, parece tener a tu madre engatusada.
Pilar se alegró de no ser la única que se había dado cuenta.
—No sé, pero la verdad es que me he quedado disgustada.
—Roberto se ha convertido en un hombrecito, pero creo que no nos entiende a las mujeres. Tengo la sensación de que esa huérfana no es lo que parece.
—A mí también me sorprendió la actitud que noté en ella, una arrogancia que no había visto nunca en nadie.
—Bueno, ya vendrán tiempos mejores.
Nani terminó de dormirme mientras mi madre se iba a la habitación. Luis, aún vestido, estaba tumbado en la cama, con la vista fija en el techo.
—Tiene que funcionar.
—Seguro que mañana saldrá perfecto. Nosotros hemos hecho todo lo posible. Ahora solo hay que esperar y ver los resultados.
Aquella noche, ninguno de los dos descansó bien. Por la mañana hicieron los últimos preparativos. Fabián y Felicia los iban a ayudar en la taquilla y en el bar.
Esperaron impacientes a que llegase la hora, pero quedaban unos quince minutos para que comenzara la película y no había aparecido nadie.
En otra parte de la ciudad, don Anselmo proyectaba la misma cinta y una larga fila recorría toda la calle. Regalaba las entradas por ser Navidad. Había sido una idea de su hijo Roberto para que la gente viera su amor cristiano.
Un rato antes del comienzo de la película, llegaron algunos espectadores al Cine Maravillas. No fueron muchos, apenas una veintena, pero Luis respiró aliviado. Poco a poco se acercó más gente, sobre todo familias del barrio. La cola se extendió enseguida por casi una manzana.
Mientras en el cine de don Anselmo preparaban la proyección, la gente terminaba de llenar el de su hija. Las dos funciones empezaron al mismo tiempo. En cuanto sonó el piano y se apagaron las luces, la magia del cine comenzó de nuevo.
En un lado de la ciudad, los espectadores llenaban la sala que les había salido gratis, tal vez para que otras estuvieran vacías, mientras que en el Cine Maravillas se había producido el milagro.
En un barrio, el cine era a veces la única ventana de esperanza, el único lugar en el mundo donde los sueños podían hacerse realidad.