El último cine de barrio 7. La fiesta
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7. La fiesta

La fiesta

Una película con una sonrisa y, quizá, una lágrima.

The Kid (El chico)

La llegada de mi tío a casa fue un verdadero acontecimiento y, al mismo tiempo, una especie de huracán que sacudió el ambiente familiar del último año. Era todavía muy jovencito, pero mi madre tuvo la sensación de que las últimas experiencias habían desatado en él un torbellino de emociones.

La abuela pareció recuperarse de su enfermedad. La Navidad estaba al caer y el viento frío que llegaba de la sierra de Madrid se intensificaba.

—¡Hijo mío! ¡No sabes cuánto he rezado a la Virgen por ti!

Mi abuela era más religiosa que don Anselmo, pero la fe no ocupaba un lugar muy importante para el resto de la familia.

Los dos se abrazaron mientras los demás se mantenían en la parte sombría de la estancia. Luis miró con recelo aquel reencuentro. No le gustaba el cariño que los padres mostraban a su hijo. Pilar parecía feliz, pero era consciente de que su marido no estaba contento con el regreso de mi tío.

—No dejaremos que te marches de nuevo. Terminarás tus estudios en la Universidad Central y después tu padre te pondrá en la dirección de los cines.

El abuelo se acercó a los dos y acarició la cabeza de su mujer.

—Mejor descansa. De esas cosas ya nos ocuparemos en el futuro.

—¿Futuro? ¿Crees que me queda mucho a mí? Dios me llevará pronto a su presencia y es mejor que las cosas queden atadas y bien atadas.

En el fondo de la habitación estaba Dolores, la amiga de mi tío. Mi abuela pidió que se acercase.

—Hija, esta es tu casa hasta que encontremos a tu familia. Siento mucho todo lo que te ha sucedido, pero Dios a veces escribe recto con renglones torcidos.

La muchacha la besó en las mejillas y mi abuela pareció absorber toda esa energía infantil.

—Vamos a celebrar una fiesta el fin de semana. Invitaremos a todo el mundo.

Don Anselmo frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—No andas para preparar fiestas.

—Vamos a celebrar que nuestro hijo está vivo. No me digas…

La anciana comenzó a toser y se dejó caer rendida en el lecho.

—Madre, yo lo organizaré todo. No te preocupes, queremos celebrar el regreso de Roberto y el nacimiento de Rodolfo.

La abuela se recostó en la almohada y todos salieron de la estancia en silencio.

Los siguientes días fueron frenéticos. Se preparó el salón principal, se sacaron las mejores vajillas, se contrató a una pequeña orquesta para el baile, se reforzó la casa con cocineras y camareros y se enviaron las invitaciones. Cuando llegó el sábado, todo estaba listo para la gran celebración.

Pilar se había comprado un vestido nuevo para la ocasión. Luis lucía espléndido con su recién estrenado esmoquin. Hasta yo tenía un traje nuevo de seda.

Desde por la mañana se observó una gran actividad en la casa. Mi madre no paraba de dar instrucciones y de informar a la abuela. Después de dejarlo todo preparado, fue a la habitación de su hermano, que estaba terminando de vestirse.

—¿Puedo pasar?

—Sí, ayúdame con esto —dijo mientras intentaba colocarse la pajarita.

—No hemos podido hablar a solas en estos días.

—Ya, imagino que ser madre primeriza y organizar encima una fiesta para tu hermano no ha debido de ser fácil.

—Es un placer, me alegro mucho de tenerte de vuelta.

Los dos se abrazaron.

—Yo también. Ha sido dura la vida en el internado. Aquel lugar era horrible, sobre todo al principio. No entendía nada; los primeros meses no paraban de gastarme novatadas. Y es que el frío allí te congela la sangre. Nunca he sentido calor en Irlanda.

—Pobre, lo siento mucho.

—Ya sabes que estaba muy apegado a madre y Nani. Me venía muy bien separarme de sus faldas. Por cierto, ¿dónde está Nani?

—Tuvo que irse a Cantabria porque su madre estaba muy enferma. Se marchó al poco tiempo de que te fueras tú. Dedicó su vida a cuidarnos, pero imagino que, al hacerse mayor, ya tampoco le ataba mucho aquí. Madre siempre se sintió muy celosa, aunque sabía que nuestro amor por Nani era diferente.

—Me hubiera gustado verla.

Pilar se apartó un poco y observó a su hermano.

—Estás muy guapo.

—Gracias —le contestó con una sonrisa.

—Dolores es preciosa y parece una muy buena chica.

La mirada de su hermano brilló de repente.

—No la conozco mucho. Nos unió el hundimiento del barco y la pérdida de su familia. Tiene una tía en Madrid que regenta una mercería en Lavapiés. Esta semana la ayudaré a encontrarla.

—Voy a cambiarme, que no quiero ser la última. Además, le he traído algo a Dolores que le gustará.

—Muchas gracias por todo. ¿Puedo decirte algo?

—¡Claro, este es tu día! —le contestó con su mejor sonrisa.

—No me fío de Luis. Sé que es tu marido, pero hay algo oscuro en él. No sabría explicarlo… Tal vez sea su mirada.

Mi madre frunció los labios antes de hablar.

—Está cambiando. Tuvo una infancia difícil. No creció rodeado de amor como nosotros. Todo lo que ha conseguido en la vida se ha debido al esfuerzo. Se está esmerando y sé que cambiará.

Su hermano se encogió de hombros y después la abrazó.

—Si tú lo dices…

En cuanto salió de la habitación, Pilar dejó de sonreír. No le había gustado el comentario de su hermano, pero lo que de verdad la había molestado era que, en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón.

Se acercó al otro cuarto, tomó el vestido que colgaba de una silla y llamó a la puerta de la habitación de Dolores. La muchacha estaba sentada en la cama con la cabeza gacha, pero al verla entrar se puso en pie.

—Hola, Dolores. No hemos tenido mucho tiempo para hablar, pero quería decirte que puedes contar conmigo para lo que necesites.

—Muchas gracias —dijo mientras bajaba la vista al suelo.

—Esto es para ti.

El rostro de la joven se iluminó y sonrió por primera vez.

—¡Gracias, no sé cómo…!

—Eres parte de esta familia. Espero que sea de tu talla.

La ayudó a probarse el vestido y la observó unos instantes frente al espejo.

—Estás guapísima.

Mi madre notó que la joven no estaba acostumbrada a recibir halagos. Dolores se estiró el vestido y le preguntó:

—¿Tú crees?

—Sí, mírate.

De nuevo el rostro de la joven se ensombreció, como si un pensamiento triste le hubiera atravesado la mente.

—Veníamos de Inglaterra —le explicó—. Habíamos pasado varios años en Cuba, pero a mi padre las cosas no le fueron bien. Quería que comenzáramos de nuevo en Pontevedra, y ahora estoy completamente sola.

—Lo siento mucho —contestó Pilar mientras la abrazaba.

—Menos mal que conocí a Roberto. Sin él, me siento perdida.

—Pero tu tía…

—No la he visto jamás. Sé que regenta una mercería en Madrid y creo que está soltera.

—Seguro que las cosas saldrán bien al final.

Pilar se fue a vestir y continuó con los preparativos durante el resto de la tarde. La veintena de personas que asistirían a la fiesta ya había confirmado su asistencia.

Antes de que llegaran los invitados, ayudó a su madre a vestirse. La mujer estaba hinchada por la enfermedad y le costó ponerse el vestido.

—Mira… Esta será mi última fiesta. Espero que todos nos veamos felices juntos por última vez.

—Madre, no diga eso —la riñó su hija. Aunque sabía que ese día no estaba muy lejos, prefería no pensar en ello.

—Hoy es un día para celebrar —dijo al final mi abuela para que esos fantasmas que sobrevolaban sus cabezas pasaran de largo.

Entre don Anselmo y Luis bajaron a la abuela. La sentaron en uno de los extremos de la enorme mesa y después tomaron una copa para calmar los nervios.

—Luis, quería agradecerte que vinieras conmigo a Galicia —dijo el hombre, y su yerno lo miró sorprendido.

—Gracias, pero era mi deber. Somos familia.

—De eso justo quería hablarte. Ya te comenté que he puesto un cine a nombre de mi hija. Han acondicionado la casa que está sobre la sala y el próximo lunes os trasladaréis allí.

—Bueno, gracias —dijo mientras intentaba controlar su mal humor. Dio un largo sorbo a la copa y pidió más licor a uno de los camareros.

—Mi hijo es joven, pero quiero que, mientras termina sus estudios, aprenda el oficio. Será mi mano derecha y supervisará los cines. Ahora que tenéis el vuestro propio, no necesitas trabajar para mí. Tendrás que vivir de lo que, con esfuerzo, logres sacar de tu trabajo.

—Pero…

—No hay peros que valgan. Tienes un cine a tu disposición. Y ya sabes que a los obreros les encantan las películas, en especial los sábados.

—Su hija está acostumbrada a un tren de vida que yo no podré darle.

—¿Crees que yo tenía esto a tu edad? Es mejor que empieces desde abajo. Bueno, no tan desde abajo.

Los invitados comenzaron a llegar y don Anselmo fue a saludarlos. Luis no paró de beber. Se sentía muy humillado por aquel ricachón que se creía mejor que los demás, pero él le demostraría quién era en realidad.

Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, mi abuela quiso hacer un brindis.

—Muchas gracias por venir. Sé que no ha habido mucho tiempo para recibir las invitaciones, pero aquí estáis todos, celebrando con nosotros que Roberto está de vuelta sano y salvo. Dios guardó su vida cuando casi todos los pasajeros de ese desdichado barco murieron.

Roberto apretó la mano de Dolores, que estaba sentada a su lado.

—Pero nos hemos reunido aquí para celebrar, no para recordar cosas tristes. Y por eso quiero proponer un brindis. Por Roberto y su hermosa amiga Dolores, que Dios, que los ha librado de la muerte, les dé una larga vida.

Todos brindaron. Pilar miró a Luis, que comenzaba a tambalearse, y se temió lo peor.

A pesar de los nervios, toda la cena transcurrió con normalidad. Después hubo un baile y la abuela aguantó casi hasta el final.

Luis salió al jardín para fumar un cigarrillo y despejarse. Pilar le siguió; sabía que le pasaba algo.

—¿Estás bien? No te he visto con buena cara durante toda la cena.

El hombre dio una calada profunda al cigarrillo y luego soltó el humo poco a poco.

—Lo he intentado, Dios lo sabe. Pero nunca seré lo bastante bueno para tu padre. Nos ha dejado un cine de mierda, en un barrio de mierda, para que nos muramos de hambre, mientras que a tu hermano le dejará su imperio.

—No puede ser.

Luis tiró la colilla. Después la miró a los ojos.

—El lunes nos mandan para allá. Espero que te acostumbres a vivir como yo lo he hecho toda mi vida.

Esas palabras rompieron por dentro a mi madre. Adoraba a su familia, a los Mendizábal, pero sentía, en lo más profundo de su ser, que la habían decepcionado.