6. Roberto
Roberto
Y los hombres se olvidarán de Dios y se matarán unos a otros.
Los cuatro jinetes del Apocalipsis
A primera hora fueron hasta Aguiño, donde se suponía que aún estaban algunos de los supervivientes. Luis veía que su suegro iba perdiendo el ánimo por momentos. En la pequeña localidad de pescadores ya no quedaba ni uno solo de los náufragos.
—Lo siento mucho —les dijo el alcalde del pueblo mientras los acompañaba a la calle.
—¿No hicieron un registro de los supervivientes? —le preguntó don Anselmo, muy afectado.
—Sí, pero se encargó de ello la guardia costera. Algunos fueron trasladados al puerto de La Coruña. Tal vez allí puedan facilitarles más información.
Los dos hombres se vieron de nuevo perdidos. Fueron a Ribeira, donde lograron embarcar en una lancha de vapor pequeña. Don Anselmo se mareaba con facilidad, pero estaba tan desesperado por ver a su hijo que prefirió emprender la travesía.
Llegaron a La Coruña por la tarde. Apenas habían probado bocado y se sentían sucios y agotados.
—Será mejor que nos demos un baño —comentó mi padre, pero don Anselmo lo miró con desprecio. Le daba igual lo que hiciera por él; sabía que nunca estaría a la altura. En muchos sentidos, le recordaba al borracho de su padre, un hombre despiadado que en lo único en lo que pensaba era en sí mismo.
Se dirigieron a la Capitanía de Marina. Apenas había personal en las oficinas, pero, al verlos tan desesperados, un oficial se ofreció a atenderlos. Le contaron su caso y el hombre repasó la lista de los supervivientes.
—Su hijo se encuentra sano y salvo en el Hospital Militar. Al principio no sabíamos quién era. Por un golpe en la cabeza había perdido la memoria, pero hace unos días comenzó a recordar.
El oficial los llevó hasta el hospital y unos quince minutos más tarde aparcaron en la puerta.
—No se preocupe, ya verá que se encuentra en perfecto estado —dijo el militar para tranquilizar a don Anselmo.
Subieron hasta la segunda planta y, tras recorrer un largo pasillo, entraron en una amplia habitación con una veintena de camas. La mayoría se hallaban vacías, pero una de las del fondo estaba ocupada por Roberto, que llevaba la cabeza vendada.
Cuando mi abuelo se plantó delante de su hijo, este no lo reconoció.
—¿No sabes quién soy?
El chico se lo quedó mirando, como si su mente tardara en asimilar las cosas, hasta que de repente exclamó:
—¡Padre!
Los dos se abrazaron. Don Anselmo no era el hombre más cariñoso del mundo, pero se había puesto en lo peor y ver a mi tío sano y salvo le hizo sentirse el hombre más feliz del mundo.
Roberto les resumió lo que recordaba del viaje: el impacto, el sonido de la madera al astillarse, cómo se escoró el barco. El joven corrió hasta la cubierta, pero muchos se quedaron en el camino. Cuando logró salir, el agua ya caía en el interior formando una cascada.
—Intenté salvar a algunos, pero la tripulación y el capitán se habían llevado la mayoría de los botes salvavidas. Estaba a punto de lanzarme al agua cuando escuché una voz a mi espalda. Era una chica de mi edad.
—¿Qué pasó? —preguntó mi abuelo.
—Le di la mano y tiré de ella para sacarla, pero estaba agarrando a su hermano pequeño.
El barco se hundía y le supliqué que lo soltase, pero no quiso.
Al final se le escapó de entre los dedos.
Logré rescatarla a tiempo y estuvimos en el agua helada durante más de una hora, hasta que nos rescataron.
—Pobres… —dijo don Anselmo mientras le acariciaba el hombro a su hijo.
—Fue la única superviviente de su familia.
—¡Qué horror! —exclamó Luis, que hasta ese momento había guardado silencio.
Mi tío no lo conocía y don Anselmo se vio en la obligación de presentarlos.
—Este es don Luis, el marido de tu hermana.
Se dieron la mano, pero sin mucho entusiasmo.
—¿Dónde está ahora la muchacha? —preguntó mi abuelo.
—En uno de los hospicios. Tiene familia en Madrid, pero, hasta que las autoridades se pongan en contacto con ellos, ha de quedarse aquí.
Don Anselmo mandó llamar a los médicos. El que atendía a su hijo era un capitán llamado Juan.
—¿Mi hijo puede viajar?
—Sí, señor. Realmente estábamos esperando que alguien se hiciera cargo de él.
Al levantarse de la cama, el joven se tambaleaba y tuvieron que ayudarlo a ponerse la ropa. Entre mi padre y el oficial, lo llevaron hasta el coche.
—Padre, ¿no podría hacer algo por esa pobre muchacha? —preguntó Roberto.
Don Anselmo podía ser arisco y poco cariñoso, pero tenía un gran corazón. Respiró hondo antes de contestar.
—Bueno, esperemos que nos dejen llevárnosla a Madrid. —Se volvió entonces hacia el oficial y le preguntó—: ¿Cree usted que nos autorizarán?
—Opino que estará mejor con ustedes que en el hospicio. No es un lugar muy recomendable. He oído que allí van los proxenetas a captar a mujeres para sus negocios.
En el hospicio, mi tío intentó salir del automóvil, pero se mareó.
—Quédate en el coche. Iremos nosotros.
Llamaron a la puerta de las monjas. Se sorprendieron al ver a los tres hombres a esas horas, pero les abrieron tras percatarse de que uno de ellos iba de uniforme.
—¿Qué desean? Es un poco tarde para visitas —dijo una monja anciana, que solo había entornado la puerta.
—Buscamos a una chica que sufrió un naufragio. Se llama Dolores Miño.
La mujer negó con la cabeza.
—Lo siento, oficial, pero aquí no hay nadie con ese nombre.
—Es imposible.
—Lo lamento —dijo la monja, que fue a cerrar la puerta, pero Luis puso el pie para impedírselo.
—¿Dónde está la chica?
La monja intentó otra vez cerrar la puerta, pero mi padre empujó a la mujer.
—¿Quieren que llame a la policía?
El capitán se enfadó.
—Si no nos dice dónde está la chica, seremos nosotros quienes los llamemos.
Una mujer más joven apareció a su espalda.
—Vino un tío suyo y se la llevó.
—¿Quién es usted? —le preguntó mi abuelo.
—Soy la madre superiora.
—¿Dónde vive ese tío suyo? —insistió mi padre.
—Creo que en la calle Orzán, en una taberna llamada La Isla.
—Si le ha pasado algo malo, las haremos a ustedes responsables.
—No podemos encargarnos de todas las chicas —se justificó la madre superiora.
Los tres hombres regresaron al coche. Roberto se sorprendió al ver que no traían a su amiga.
—Está en otra dirección —le dijo su padre, sin más explicaciones.
Aparcaron el coche al comienzo de la calle. Se quedó don Anselmo con su hijo mientras los otros dos hombres iban a buscar a la chica. Lo único que sabían de ella era que se llamaba Dolores Miño y que debía de tener dieciséis o diecisiete años.
La taberna La Isla era un antro de mala muerte. El cartel ladeado de la entrada, en el que un islote mal dibujado daba la bienvenida a los parroquianos, parecía a punto de caerse. El olor a aceite revenido y sudor les hizo taparse la nariz con un pañuelo.
El suelo pegajoso parecía tan negro que la madera ya no se distinguía. Se acercaron a la barra y preguntaron por la muchacha. El camarero se encogió de hombros y el capitán lo cogió de la pechera.
—¿Quieres que te llene esto de policías?
El hombre señaló las escaleras. El capitán lo soltó y subieron a toda velocidad. No sabían cuánto tiempo llevaba la chica en ese lugar.
En el pasillo se encontraron con unas diez habitaciones.
Las primeras estaban cerradas con llave, pero pudieron ir abriendo las siguientes.
En todas había parejas en pleno acto sexual.
Cuando dieron con la última y abrieron, descubrieron a una chica asustada que esperaba sentada sobre una colcha mugrienta.
—¿Estás bien?
La joven los miró aterrorizada. Era tal y como él la había descrito, tenía la cabeza metida entre las piernas y el pelo largo y moreno le caía por delante hasta cubrirle el rostro.
—Será mejor que la saquemos de aquí —dijo Luis, pero no habían llegado a la puerta cuando un hombre enorme, de espaldas muy anchas, se interpuso.
—¿Qué hacen aquí?
—Nos vamos a llevar a la muchacha —dijo el capitán, que sacaba pecho intentando parecer más grande de lo que era en realidad.
El hombretón le dio un empujón y lo tiró al suelo. Luis dejó a la chica en la cama y se dirigió al matón.
—No quiero problemas. Quieres que te paguemos, ¿verdad?
El hombretón se lo quedó mirando con los brazos cruzados.
—Está bien, no se hable más —añadió mi padre en un tono resignado.
Antes de que el proxeneta pudiera reaccionar, le dio una fuerte patada en los testículos. El matón se encogió de dolor y Luis aprovechó para propinarle un fuerte golpe en la nuca y derribarlo. Una vez en el suelo, lo cosió a patadas.
—¡Vámonos! —le gritó al capitán y salieron corriendo con la chica en brazos.
Al llegar al coche, había comenzado a llover. La dejaron al lado de Roberto, en el asiento trasero. Dolores lo reconoció de inmediato, se acurrucó a su lado y se quedó profundamente dormida.