El último cine de barrio 5. El viaje
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5. El viaje

El viaje

¡Me ahoga la rabia! ¡Verla con ese viejo es superior a mis fuerzas!

La verbena de la Paloma

Al final, mi abuela llegó a verme recién nacido y mi llegada suavizó un poco el disgusto de la boda. En el fondo, mi abuelo pensó que era mejor que mi madre estuviera casada y que su bebé tuviera un apellido, cualquier cosa antes de que yo fuera un hijo bastardo.

A los dos días, cuando mi padre apareció tras la borrachera, me llevaron a la casa de mis abuelos. Los tres vivíamos en una pensión y la humedad me estaba dañando los pulmones; no dejaba de toser.

—Este niño está enfermo —dijo mi abuela al tenerme entre sus brazos por primera vez. Después apartó las ropitas y comprobó que era un varón. Siempre había tenido mucha predilección por los niños y llevaba años sin ver a su hijo Roberto.

Mi madre le sonrió. Era como si, por primera vez en mucho tiempo, el rostro de mi abuela volviera a la vida, como si mi llegada al mundo le hubiera alargado en parte la suya.

—¡Que Matilda prepare las habitaciones! Mientras buscamos una casa, os quedaréis con nosotros.

Mi abuelo frunció el ceño, pero no podía negarle nada a mi abuela, y menos en aquel estado.

Las criadas habilitaron la antigua habitación de mi madre y la contigua. Por eso, en uno de los muchos avatares que he atravesado en mi vida, pasé de una pensión mugrienta en el centro de Madrid a una villa en las afueras.

Mi padre dejó su trabajo en el ministerio, donde era un simple ujier con un sueldo muy modesto, y mi abuelo lo puso de gerente en el mejor cine de la zona de Fuencarral.

La abuela se pasaba el día conmigo. Su salud mejoró y, unos meses más tarde, hasta los médicos pensaron que la muerte se había alejado de ella para siempre.

Tras el cálido verano, llegó el otoño y los días se acortaron. La abuela había pedido a Roberto que regresara, pero, antes de hacerlo, sus profesores lo llevaron a Inglaterra. Era un muchachito despierto y estaba pensado, a pesar de su corta edad, que estudiara en Oxford.

Al fin, cuando la Navidad se aproximaba, recibimos la carta en la que mi tío nos contaba que al día siguiente tomaría un barco, el Santa Isabel, que lo dejaría en Galicia.

Después de varios días sin tener noticias de él, mi abuelo, que se había sentado en el salón a ojear el periódico, se quedó lívido al leer uno de los titulares principales.

Corrió hasta la habitación de mi abuela y le mostró la noticia.

—Mira lo que dice El Debate . Se ha hundido el barco en el que venía Roberto.

El rostro de la abuela se demudó. Mi madre me dejó en la cuna y fue rápido hacia ella. Le quitó el periódico de las manos y comenzó a leer.

—Han muerto doscientos trece pasajeros, pero cincuenta y seis han sobrevivido. Luis y yo nos marcharemos hoy mismo a Galicia —dijo mi madre a los abuelos para tranquilizarlos.

—Tienes un bebé de pecho. No puedes irte.

—Pues que vaya Luis con padre —le dijo mi madre a la abuela, que parecía recuperar en parte la esperanza.

Lo cierto era que, aunque los dos hombres vivían bajo el mismo techo, apenas se dirigían la palabra.

Mi padre llevaba varios meses trabajando en los cines, pero ya se habían quejado de él la mayoría de los empleados.

Unos, porque no trabajaba y se escaqueaba a la mínima oportunidad, y otros, porque era un jefe despótico y maleducado.

Además de tener las manos muy largas con las empleadas.

En casa se comportaba con educación, pero solo iba a cenar y se marchaba a primera hora de la mañana.

—No creo que tu padre acceda.

—Padre está mayor para hacer ese viaje solo. Además, allí tendrán que hablar con la policía o buscar a Roberto por los hospitales.

Al final, mi abuela accedió a convencer a su esposo, aunque fuera a regañadientes. Pilar se comprometió a hacer lo mismo con mi padre.

Al día siguiente, partieron juntos hacia Galicia.

El accidente se había producido en la entrada de la ría de Arousa, frente a la isla de Sálvora.

Compraron en la Estación del Norte unos billetes de primera clase para Santiago de Compostela, donde habían trasladado a los pacientes más graves; después podían tomar otro tren hasta Vilagarcía de Arousa.

En el tren, los dos se ignoraron con la vista fija en el periódico, pero el trayecto duraba más de catorce horas, así que mi padre se decidió a hablar con el abuelo.

—Esperemos que Robertito se encuentre bien.

El abuelo miró a su yerno con cierto desdén. Tenía la esperanza de que le dejara tranquilo el resto del viaje, pero como era un hombre muy educado, le contestó:

—Es mi único hijo varón y estoy convencido de que se encuentra bien.

Se hizo un silencio incómodo.

—No sabía que era un hombre religioso, don Anselmo —dijo mi padre al fin.

—No lo soy, al menos como la Iglesia lo defiende.

Reconozco que no soy el hombre más piadoso, pero tengo intuición, una que me ha permitido llegar donde estoy, la misma que desde el principio me dijo que no eras de fiar.

No siempre tuve dinero y me crie en un pueblo, pero vine a Madrid muy joven y viví en una barriada popular.

He visto a muchos hombres como tú, oportunistas y vagos que quieren salir de la pobreza sin dar un palo al agua.

Ahora eres el padre de mi nieto y el marido de mi hija, y, mientras sea así, lo respetaré.

Lo único que vas a sacar de mí es un cine, como mucho, para que podáis vivir.

Ya he encontrado la solución para alejarte de mi casa.

Luis frunció el ceño, a punto para contestarle. Por muy suegro que fuera, no tenía derecho a hablarle de esa forma. Estaba cumpliendo con su trabajo en los cines, cuidaba a Pilar y era un buen padre.

—El Cine Maravillas fue el primero que tuve. Está en una barriada, pero con lo que saquéis allí podréis vivir dignamente.

—Lo justo es que le dé a su hija la mitad de su fortuna.

Mi abuelo lo miró con sus ojos claros y expresivos, tan parecidos a los de mi madre.

—No soy como tú. Mis nietos tendrán su herencia, pero cuando me muera quedará en fideicomiso, para que no puedas poner tus zarpas sobre su dinero.

Mi padre lo miró con desprecio, y después se volvió de nuevo hacia la ventana.

El resto del viaje no cruzaron palabra. Algunas horas más tarde, comieron en el vagón restaurante y, a su llegada a Santiago de Compostela, caminaron uno al lado del otro, pero cualquiera que se les cruzara habría pensado que no se conocían.

La visita a los hospitales de la ciudad fue algo tensa. El primero fue el Hospital Real de Santiago, el antiguo Hospital de los Reyes Católicos. No había señales de Roberto, como tampoco en el Hospital de San Roque, por lo que don Anselmo comenzó a preocuparse.

—Deberíamos hacer noche en la ciudad y mañana partir para Aguiño y luego ir a la ría de Arousa —dijo mi padre.

Mi abuelo se lo quedó mirando y después, con desdén, le soltó:

—Ya sé que prefieres verlo muerto, pero ahora mismo tomaremos un transporte a la ría. Si estás cansado, puedes quedarte en Santiago o regresar a Madrid. No te pedí que vinieras conmigo.

Luis se contuvo y no replicó a su suegro; sabía que era inútil. Nada de lo que dijera podría hacerle cambiar de opinión. No se consideraba el mejor hombre del mundo, pero tampoco era el manipulador mezquino que don Anselmo creía.

Tomaron un tren a Vilagarcía y, desde allí, un coche de caballos. Llegaron de noche cerrada a Ribeira, donde no les quedó más remedio que quedarse a dormir. El conductor tenía tanto miedo de los salteadores como de las meigas.

El único lugar disponible era una posada destartalada y tuvieron que compartir cama. El abuelo se encontraba tan agotado que sus ronquidos no se hicieron esperar.

Mi padre miró el techo negro de la habitación y deseó que don Anselmo no se volviera a despertar, pero prefirió quitarse esas malas ideas de la cabeza y, al poco rato, también cayó en un profundo sueño.