El último cine de barrio 4. El espejo
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4. El espejo

El espejo

Uno para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas y una hora para olvidarlas.

Don Juan Tenorio

Las dos mujeres vestían trajes sencillos con mantilla. Ya no parecían las dos chicas que un año antes caminaban por las calles de Madrid con el corazón repleto de sueños y anhelos. Estaban en una iglesia vacía, a las ocho de la mañana, frente a un sacerdote de pelo rasurado y ojos saltones.

Ambas amigas se habían confabulado para casarse con los dos amigos y la barriga de Pilar era más evidente que nunca.

De hecho, se había convertido en la comidilla de todo el vecindario.

Don Anselmo se había acostumbrado a andar con la cabeza gacha mientras lo criticaban a sus espaldas.

Él, que parecía tenerlo todo en la vida, había perdido la honra y el cariño de su pequeña.

De niña siempre había estado muy unida a él, pero en cuanto llegó a la adolescencia y se le metieron en la cabeza todas esas ideas modernas, se abrió una profunda sima entre los dos.

Cuando cumplió los dieciocho años, apenas se hablaban y nunca se mostraban afecto.

Lo único que consolaba a mi abuelo era que su esposa, al no poder salir de casa y estar tan débil, no tenía que enfrentarse a las habladurías de aquella gente maliciosa.

Mientras Pilar miraba a su amiga, que estaba a pocos pasos de ella, la primera en el altar, se preguntaba si no se estaba equivocando.

Mi madre recordaba las palabras de la gitana en la verbena y la espantosa escena en la habitación, pero era cierto que, desde el regreso de Luis, las cosas habían cambiado mucho.

Era dulce y tierno, la mimaba en todos los aspectos y, tras licenciarse, había encontrado un trabajo en el Ministerio de Agricultura, en la plaza de Carlos V.

Cuando el sacerdote bendijo la unión y los novios se besaron, Felicia se giró y se abrazó a mi madre.

Fabián continuaba en los regulares, pero le habían destinado a las islas Canarias y ambos se trasladarían allí para vivir.

Su familia tampoco veía con buenos ojos aquel casamiento.

Su madre era una mujer moderna, que esperaba que su hija se casara con alguien más culto y con más posibles, y su padre, que regentaba varios casinos en la provincia, no quería que su hija se casara con un suboficial, que como mucho podía aspirar a teniente.

—¡Espero que seas muy feliz! —exclamó mi madre mientras las dos arrancaban a llorar.

—¡Cómo son las mujeres! ¡Lloran cuando están tristes y cuando están felices!

—exclamó Luis mientras la tomaba del brazo y se situaban delante del sacerdote.

Aunque la capilla no estaba muy iluminada, apenas había unas velas sobre el altar y unas bombillas polvorientas en el pasillo principal, el párroco no pudo evitar fijar la mirada en la barriga de mi madre.

En aquel lugar, en épocas más gloriosas, se había casado el mismísimo Lope de Vega, pero cuanto más se escuchaba el sonido de los tranvías en las calles, menos personas se aventuraban a entrar.

—Bueno, estamos aquí reunidos para casar a doña María del Pilar Mendizábal Argolla y don Luis Reverte.

Ambos vienen de forma libre y voluntaria a contraer matrimonio cristiano.

Dios instituyó el matrimonio para que el hombre y la mujer se unieran y fueran una sola carne —dijo el cura mientras tosía y volvía a fijarse en la barriga de la mujer.

Después continuó con la breve ceremonia hasta que los novios se dispusieron a leer sus promesas.

Luis fue breve y conciso. Una vez que conseguía sus objetivos, era un hombre de pocas palabras, pero mi madre, que se sentía como la heroína de una película muda, tomó el papel que la noche anterior había emborronado con sus lágrimas y lo leyó:

—Siempre he soñado con este momento, porque un hombre y una mujer están incompletos hasta que coinciden con ese ser que pone fin a su soledad.

Dos almas que se encuentran y dejan de vagar sin sentido por los senderos de la vida.

Nuestros caminos se cruzaron el día de nuestro patrón, san Isidro, ese santo tan devoto al que, mientras rezaba, los ángeles le araban los campos.

Yo no soy tan religiosa como él, pero le pido a Dios que nos conceda una larga vida juntos.

Que nuestro hijo crezca en un lugar feliz, en una familia en la que pueda sentir un amor profundo y compensar a su padre por todos sus sufrimientos.

¡Te quiero, Luis! Espero que estos votos de amor y fidelidad sean perpetuos hasta el día en que nuestro Señor nos llame a su presencia.

El sacerdote se quedó unos segundos en silencio, pero después les dio la bendición y les indicó que podían besarse.

Los cuatro salieron de la iglesia casados y se dirigieron al callejón donde se encontraba la Chocolatería San Ginés, la más famosa de la ciudad.

Sentados a una de las mesas, justo cuando comenzaban a desayunar los churros y las porras con chocolate, a mi madre le comenzó a doler la barriga.

—¿Estás bien? —le preguntó su amiga.

—Sí, solo ha sido una patada fuerte —contestó mi madre. Pero la siguiente punzada fue mucho más aguda y tuvo que recostarse.

—Creo que está de parto. Para un taxi y que nos lleve al Niño Jesús.

Luis corrió a la calle y paró el primer coche libre que vio. Ayudaron a mi madre a sentarse y salieron a toda prisa hacia el hospital.

Cuando llegaron, Pilar ya había roto aguas. La subieron al paritorio y, una hora más tarde, una de las monjas le trajo a mi padre un cuerpo pequeño y arrugado de pelo rojizo y ojos grandes de color marrón.

Luis tomó con cuidado al bebé, como si temiera estrujarlo entre sus brazos. Se parecía mucho a la madre, pero tenía su mismo mentón.

—¡Felicidades! —exclamó su amigo Fabián—. Esto hay que celebrarlo.

Le dejaron el bebé a Felicia y, antes de que mi madre llegara a la habitación, los dos habían salido por la puerta, camino de la taberna más cercana.

Felicia se quedó acunando al bebé hasta que pareció adormecerse. Una enfermera acompañó a su amiga en una silla de ruedas y la ayudó a tumbarse en la cama.

—No se mueva mucho hoy, pero tiene que darle el pecho.

En cuanto Felicia colocó al bebé en su regazo, el rostro de mi madre se iluminó.

—¿Dónde está Luis?

—Han ido a celebrarlo, ya sabes cómo son los hombres.

Mi padre era como un don Juan Tenorio, siempre en busca de su propia felicidad, como si los demás no existiéramos o fuéramos tan solo el medio para alcanzar sus mezquinos fines.

Según me contó mi madre, abrí los ojos y lo primero que vi fue su rostro.

Me gustaría recordar ese momento, y es muy probable que esté guardado en algún lugar recóndito de mi memoria, pero de lo que estoy convencido es de que desde aquel instante no hubo en el mundo nadie que me amara más que mi madre, y seguro que nunca lo habrá.

Cuando, años más tarde, tuve que despedirla en su lecho de muerte, pensé que los dos momentos se parecían asombrosamente.

Nacemos en una cama, desvalidos y asustados, y lloramos mientras buscamos ansiosos al ser que nos ha acogido en su seno durante nueve meses.

Morimos en el lecho temerosos y ansiosos, porque se abre de nuevo ante nuestros ojos un mundo completamente desconocido, un mundo que muchas veces he querido que se pareciera a las hermosas sierras de Madrid, entre alcornoques, pinos, encinas y enebros, donde el paso del tiempo no parece existir.