El último cine de barrio 3. El regreso del soldado
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3. El regreso del soldado

El regreso del soldado

Pronto se olvidarán de nosotros. Vendrán otros y nos pisotearán como nosotros pisoteamos a los que se fueron antes.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Pilar no volvió a ver a mi padre porque lo destinaron de nuevo a Marruecos. Se embarcó en Cádiz con destino a Tánger. A las pocas semanas, mi madre comenzó a notar los síntomas de su embarazo y habló con Felicia.

La amiga llegó hasta su cuarto y, en cuanto la vio, se echó a llorar.

—¡No me lo puedo creer! ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—No quería preocuparte —dijo mi madre, avergonzada. Su cara había perdido la frescura natural y le habían ido apareciendo unas pronunciadas ojeras bajo sus preciosos ojos.

—¿Desde cuándo no te viene el periodo?

—Tres semanas —dijo con la voz entrecortada.

—Tengo una amiga que podría…

—Eso no.

—¿Estás segura? No podrás casarte con nadie, tu vida habrá terminado.

—Tal vez sea lo mejor. Todo el mundo dice que las cosas están cambiando y que España no es la misma, pero es una gran mentira.

—Podrías irte con algún familiar al campo y luego dejar al bebé en la inclusa. Y regresar cuando todo haya pasado.

—No puedo. Cuando se entere mi familia, en especial mi padre, me van a matar y con razón.

Felicia le acarició el rostro empapado de lágrimas.

—Seguro que encontramos una salida.

Unos días más tarde, Pilar se había decidido a confesarlo todo a su madre. Pero antes de que lo hiciera, mi abuela la mandó llamar. Se la veía muy débil; apenas salía de la cama.

—Madre, lo siento.

—Lo sé todo. La criada me ha dicho que hace mucho que no necesitas paños. Ese hombre te ha dejado embarazada. No sé cómo ha sido, pero el niño no tiene la culpa. Es tu hijo y lo amaremos como se merece.

—Pero padre…

—Eres su hija y siempre lo serás.

—Lo siento mucho, os he decepcionado.

La mujer le acarició el pelo mientras mi madre apoyaba la cabeza en su costado.

—No tienes que pedirnos perdón. Si Dios es capaz de perdonar cualquier cosa, ¿quiénes somos nosotros para no hacerlo?

Esas palabras la consolaron y la animaron a retomar sus estudios, ya que deseaba convertirse en maestra. Su padre no le dijo nada y aquel silencio, en cierto modo, la dañaba.

Uno de los días que iba de camino a la escuela, vio a un hombre que cruzaba la calle. Al principio no lo reconoció, pero era mi padre.

—Me han licenciado. Ya no tengo que regresar al ejército —le dijo Luis.

Mi madre continuó su camino, sin siquiera mirarlo.

—Sé que estás embarazada, me lo ha dicho Fabián. Ese niño es de los dos y nos casaremos.

Mi madre se paró y, mirándolo a los ojos, le dijo:

—No me casaré contigo. No eres un buen hombre.

—He cambiado. Me quedaré y cuidaré de los dos.

—No, ya no me vas a embaucar de nuevo.

Luis le tomó la mano y ella se detuvo.

—Yo nunca tuve una familia como la tuya ni nadie que me quisiera.

A mi madre, que era criada, la violó mi padre.

Él terminó reconociéndome y, gracias a su pequeña herencia, pude estudiar en la academia y hacerme oficial.

No quise contártelo; pensé que me rechazarías.

Ahora sé que no debí llevarte a aquel lugar, no te merecías eso. Podemos hacer las cosas bien.

Ella lo miró a los ojos. Parecían humedecidos, pero, como siempre, tenían un brillo especial. Nunca había escuchado su historia y no pudo evitar conmoverse.

—Las cosas serán muy diferentes cuando nos casemos —le dijo mientras le acariciaba la mano.

—Mi padre siempre se opondrá a la boda —dijo mi madre, como si se estuviera convenciendo de que era una buena idea. Luis había sido su primer y único amor. No tenía experiencia sentimental; solo la que los libros y las películas le habían enseñado.

—Felicia también quiere casarse con Fabián. Sería fantástico que nos casásemos los cuatro a la vez. Sería una boda secreta. Conozco al párroco de San Ginés, y lo haría encantado.

Pilar se miró la tripa prominente.

—Eso no será un problema. Lo que de verdad le importa a la Iglesia es que se formalice nuestra unión y que el bebé reciba un bautizo cristiano.

Mi madre se dejó llevar. Se había sentido tan desdichada y triste en aquellos meses que tener de nuevo a Luis a su lado le pareció la salida más honrosa a su situación. No era como había soñado su boda, pero convertirse en madre soltera era el peor de los futuros que podía imaginar.

Cuando aquel día regresó a casa, lo primero que pensó fue en ir a hablar con Felicia, pero su madre la mandó llamar. A veces le parecía que tenía un instinto especial para adivinar sus estados de ánimo.

—¿Cómo se encuentra, madre?

La mujer estaba amarillenta y su cuerpo comenzaba a emanar un olor desagradable que ni el perfume ni los ramos aromáticos podían disimular.

—No me queda mucho, ya lo sabes. No te voy a engañar. Me hubiera gustado vivir más y conocer a tu hijo, pero Dios siempre tiene la última palabra en estos casos. ¿Qué ha pasado? ¿Con quién te has encontrado hoy?

Pilar se quedó muda, no le salían las palabras.

—Pero…

—Hija, te conozco muy bien. Desde que Luis se marchó a África y después de que…, no habías vuelto a subir al trote las escaleras como era tu costumbre. Hoy, a pesar de la barriga, lo has vuelto a hacer. Por no hablar de tu rostro, que ha recuperado su brillo natural.

—Parece muy arrepentido. Me ha contado su pasado y es terrible… Formaremos una familia y todo cambiará.

La madre se incorporó un poco en el lecho, aunque no pudo evitar soltar un pequeño quejido de dolor.

—Ya nos gustaría a las mujeres tener el poder de cambiar a los hombres, pero no es así, te lo aseguro.

Luis no te escogió por casualidad; es un cazafortunas y lo que de verdad le interesa son los cines de tu padre.

Tu hermano Roberto lleva dos años en el internado de Irlanda y le he pedido que regrese. No sé cuánto tiempo me queda.

—No hable así, seguro que…

La mujer le tendió la mano y mi madre la tomó. Estaba fría y se le notaban los huesos bajo la piel amarillenta.

—El diablo ha entrado en nuestra casa. Puedas verlo o no, cuida del bebé. No dejes que él pague por los pecados de sus padres. ¿Me lo prometes?

Esas palabras de mi abuela la dejaron sin aliento. Se sintió como en la película Las tres luces , de Fritz Lang, cuando una mujer intenta recuperar a su amado negociando con la muerte y le dice: «El amor es más fuerte que la muerte».

Pilar no era Eurídice ni Perséfone, y su madre tampoco Sémele, pero sintió que la muerte estaba a punto de arrebatarle lo que más quería en aquel momento.

Mientras se alejaba de la habitación, las palabras de Dante a las puertas del infierno le vinieron a la mente, porque su madre estaba a punto de descender donde toda esperanza se abandona.