2. Pilar entre las luces
Pilar entre las luces
¡Damas y caballeros! ¡Contemplen a Cesare, el sonámbulo! Él conoce el pasado y predice el futuro.
El gabinete del doctor Caligari
Pilar se había criado con las películas románticas que su padre llevaba a su primera sala de cine.
Quedó prendada de dramas como Una pobre rica , en la que Mary Pickford interpretaba un papel brillante, y de las increíbles Lirios rotos y El verdadero corazón de Susie .
Recordaba cómo había llorado en la sala de proyección, sin importarle el craqueo de los fotogramas a su espalda.
Marcial, el viejo pianista, tocaba las piezas musicales mientras los amantes, mudos y en blanco y negro, parecían robarle al mundo en color su protagonismo.
En aquel momento no era consciente, pero a mi madre la cabeza le dictaba una cosa y el corazón la contraria.
En ocasiones, el corazón parece entender o ver cosas que nosotros mismos no percibimos.
Mis padres siguieron viéndose después de aquella noche mágica. Al principio, con su amiga Felicia y Fabián, que habían iniciado una relación, y más tarde, los dos solos.
Mi madre buscaba cualquier excusa para quedar y estrecharlo entre sus brazos, aunque era consciente de que su intuición le decía que escapara.
—¿Dónde vas, hija? —le preguntó mi abuela. Aunque ya presentaba los primeros síntomas de su enfermedad, todavía gobernaba la casa con mano de hierro.
A mi madre no le gustaba mentir, y menos a la abuela.
—Bueno…
—Ten cuidado. Un hombre que no pide la mano a los padres de su novia no es un buen hombre.
Mi madre se quedó de pie delante de mi abuela, que nunca lograba entrar en calor, y le tomó las manos heladas.
—Le amo, madre.
—Yo no amaba a tu padre cuando me casé con él, pero he aprendido a quererlo durante todos estos años.
El amor no es una emoción ni un sentimiento, a pesar de lo que digan las películas que tu padre proyecta en sus cines.
Dicen que son una fábrica de sueños, pero a mí más bien me parecen quimeras inalcanzables. ¿Qué ves cuando le miras a los ojos?
—No lo sé —contestó mi madre con la mirada gacha. En el fondo sí sabía lo que veía.
—¿Qué sabes de él realmente?
—Que es un oficial, que es joven y apuesto, que me ama…
—Nada. No sabes nada.
Mi madre soltó un largo suspiro. Daba igual que el faro advirtiera que el barco se dirigía hacia los riscos; el canto de sirenas era tan intenso y fascinante que apenas se podía distinguir entre la vida y la muerte.
—¿Puedo contarte una historia, la de mi amiga Mercedes?
Pilar no quería que le contasen nada. Ya llegaba tarde a su cita y estaba en la edad en la que los padres se convierten en un obstáculo para alcanzar todos los sueños. Eso decían las heroínas de sus películas.
—Mercedes era una joven como tú, llena de sueños y pasiones.
Su padre era muy estricto. Don Romualdo no la dejaba salir de casa sola; siempre la acompañaba la vieja criada que la había visto nacer.
Siendo hija única y su padre, viudo, sentía un miedo desmedido por ella, por cómo podría ser su futuro.
En una fiesta organizada por un buen amigo de la familia, la muchacha conoció a un joven indiano recién llegado de Cuba.
Era guapo, amable e incluso exótico, pero desde el principio su padre se opuso a la relación.
Un día, mientras todos dormían en la casa, Mercedes se escapó; se marchó con su amante a Cuba.
Pasaron los años y don Romualdo no supo nada de ella hasta que, cuando estaba a punto de morir, se presentó en su casa un jovencito de trece años, llamado Ramón, que aseguraba ser su nieto.
»Su hija no se había casado al llegar a Cuba.
El joven indiano era pobre de solemnidad y la obligó a prostituirse.
Pero ella logró escapar de La Habana. En Santiago, la acogió una familia y allí nació su hijo.
Mercedes nunca contactó con su padre por vergüenza, pero cuando se la llevó la fiebre amarilla, el pequeño Ramón decidió viajar a España para conocer a su abuelo.
Aquel pobre anciano vio en los ojos del joven la misma maldad del hombre que les había destruido la vida, pero era sangre de su sangre y lo nombró su heredero.
Pilar la miró confusa. No entendía a dónde quería llegar su madre con tal relato.
—En los ojos de un hombre podemos ver su alma. Si no ves pureza y amor, aléjate lo más posible.
Mi madre salió inquieta de la casa, pensando en la historia que le había contado mi abuela. Cuando llegó a la plaza de la Villa, donde había quedado con Luis, lo primero que hizo fue mirarle directamente a los ojos.
—¿Qué haces?
—Nada —le contestó ella, aunque era consciente de que no le gustaba lo que había visto. Intentó convencerse de que todas esas historias eran tonterías.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo Luis.
El hombre la tomó del brazo y recorrieron la calle Mayor hasta introducirse en una callejuela.
A pesar de que era verano, parecía que la luz del sol no lograba penetrar entre los viejos edificios medievales.
Se pararon delante de una fachada desconchada y una puerta de madera casi podrida; entraron en el portal oscuro.
El olor a humedad y orín era insoportable.
—¿Qué hacemos aquí?
—Ya lo verás.
Llegaron a una puerta y, después de golpear con la mano, salió a abrir una vieja de rostro repulsivo, ojos saltones y pelo moreno, rizado y desaliñado.
—Venimos por el cuarto —dijo Luis con una sonrisa.
Entraron por el pasillo oscuro, de paredes sucias y con olor putrefacto. Pilar tenía la sensación de que se estaba adentrando en la boca misma del infierno. Y no le faltaba razón.
En el cuarto alumbrado con velas de sebo, había una amplia cama con dosel. Por encima tenía una colcha vieja y manchada, pero a su amado no pareció importarle. La tumbó en la cama y comenzó a besarle el cuello. Ella sintió ganas de vomitar.
—¡No, Luis! ¡Vámonos de aquí! —gritó con voz aterrorizada. Los ojos de su amante brillaban al reflejo de las velas.
—No, eres mía.
Aquellas palabras le produjeron un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Intentó zafarse, pero el peso del hombre la mantenía atrapada.
Cuando la penetró, arrancó a llorar. Jamás se había imaginado que perdería así su virginidad. Siempre soñó con un hombre que la llevara al éxtasis y la hiciera sentir más viva que nunca, pero Luis era como un verdadero peso muerto sobre ella.
Una hora más tarde, cuando salieron a la calle y el aire fresco la ayudó a respirar hondo, notó que tenía los ojos hinchados, el cuerpo cubierto de moratones y un dolor profundo en la vagina.
Caminaron hasta cerca de su casa. Luis la besó en la mejilla, pero ella no le correspondió. Se dio la vuelta y se dirigió al edificio. Estaba decidida a dejarlo, aunque entonces no sabía que yo ya me estaba gestando en su vientre.
Por mi culpa, mi pobre madre se quedó atada para siempre. Nunca me lo perdonaré. Si yo no existiera, ella tal vez seguiría con vida.