El último cine de barrio 1. Los cines de Anselmo
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1. Los cines de Anselmo

Los cines de Anselmo

Si logras introducir la palabra mágica en el amuleto de su pecho, lo que fue muerto cobrará vida.

El Golem

Mi abuelo siempre repetía que el cine era mucho más que el séptimo arte: era el lugar donde todo resultaba posible. Yo me quedaba embobado escuchándolo, sin apenas entender nada, a la edad en la que es más sencillo interpretar las acciones de los hombres que comprender sus palabras.

Don Anselmo Mendizábal Martín venía de vez en cuando al Cine Maravillas, siempre vestido de manera pulcra, como si acabara de salir de una fiesta de alto copete.

Los tres hermanos no nos sacábamos tantos años.

Yo era el mayor, con apenas nueve para cumplir diez; mi hermano Pablo iba por los siete y la pequeña, a pesar de seguir tomando pecho.

El abuelo dejaba su Hispano-Suiza a la puerta del cine y los muchachos rodeaban el coche como las moscas son atraídas por la miel.

Les repartía caramelos y después les daba entradas gratis a todos.

Mi padre se quejaba, aunque el abuelo le soltaba unos billetes para compensar las pérdidas y su yerno desaparecía de inmediato.

Yo no sabía entonces a dónde se dirigía, pero iba al casino.

Hasta aquel momento, a pesar de sus largas ausencias, papá era para mí un héroe.

Alto, fuerte, con aquella apariencia de galán.

Llegaba contando sus historias sobre África y los moros, sus aventuras por los desiertos, y todos las escuchábamos embobados.

Mi madre lo miraba con escepticismo, como si ya no cayera en sus influjos, como si aquel primer encuentro de camino a la tienda de telas no hubiera sucedido nunca.

Ella debía de ser una joven hermosísima, con sus ojos claros, el pelo rubio tirando a rojizo y unas pecas que le endulzaban el rostro, como pintitas de canela que Dios le hubiera arrojado sobre la cara.

Tenía el cuerpo desgarbado, pero un porte elegante que había heredado del abuelo.

Decían que se parecía mucho a su madre, pero yo nunca la conocí, o al menos no la recuerdo.

Murió al poco de nacer yo, cuando aún no había cumplido un año.

El abuelo siempre nos dijo que fue de pena, al ver casada a su hija con el golfo de mi padre.

Aquella mañana de primavera de 1919, mi madre se había puesto un traje azul y una blusa blanca.

Llevaba un sombrero redondo y la acompañaba una amiga llamada Felicia.

Las dos se dirigieron a una de las famosas tiendas de telas y botones en Pontejos.

Una modista del barrio diseñaba algunos de los vestidos más bonitos de Madrid, al estilo francés.

Después de la Gran Guerra, la moda había cambiado mucho y las aristócratas habían adoptado las costumbres de las mujeres de otros países.

Las burguesas, que las imitaban en todo, también querían estar a la moda, pero muy pocas costureras hacían ese tipo de trabajos.

Las dos jóvenes iban con el pelo cortado al estilo bob y las faldas a media pantorrilla. Decían que Coco Chanel había liberado el cuerpo de la mujer de los viejos corsés que la oprimían.

Los chulapos las miraban sorprendidos y los señoritos las piropeaban al pasar. Mi madre y su amiga eran muy tímidas; apenas habían cumplido los dieciocho años y lo único que querían era pasárselo bien.

Cuando llegaron al Almacén de Pontejos, observaron el escaparate y comenzaron a señalar varias telas de seda.

Sintieron una sombra sobre sus cabezas y, al alzar la vista, vieron reflejada en el cristal la silueta de un hombre moreno, de pelo ondulado, vestido de teniente, con uniforme caqui, gorra de plato y una capa ligera.

Fumaba tabaco rubio Ideal, que era el más caro de la época, y a mi madre, Pilar, la encandilaron esos labios rojos y carnosos de los que emanaba un aroma embriagador.

—¿Dónde van estas dos mozas solas por el foro?

Ambas se rieron y Felicia, que era algo más descarada, le contestó:

—No hablamos con desconocidos.

—¿Te lo prohíbe tu mamá?

Las dos se echaron a reír.

—Me lo prohíbe ese uniforme. ¿O no sabes que «con galones hasta el más zote es un don»?

El oficial soltó una carcajada.

—¿No vais esta tarde a la verbena de San Isidro? —Mi madre estaba tan prendada que todavía no había abierto la boca—. ¿Qué pasa, a tu amiga le ha comido la lengua el gato? —preguntó el oficial, que parecía más interesado en ella que en Felicia.

—No me ha comido la lengua el gato. Simplemente no tengo nada que decirte.

El hombre se hizo el sorprendido, aunque mi padre ya era todo un experto en mujeres, por lo que supe después. Se apoyó en la pared y acercó su rostro al de ella todo lo que permitía la cortesía.

—Pues yo sí, chata. Esta tarde os espero a las dos en la Pradera. Y llevaré un amigo. No me falléis.

Luis se marchó más chulo que un ocho y torció hacia la Puerta del Sol.

—¡Dios mío, qué guapo!

—No es para tanto —dijo mi madre con la nariz fruncida, aunque se había dado cuenta de que salivaba, como cuando a un bebé se le acerca un dulce.

Felicia, que la conocía muy bien, la tomó del brazo y las dos entraron en la tienda.

—Esta tarde nos vamos a la Pradera y que nos quiten lo bailao . Si no quieres al oficial, te quedas con el amigo. Que nos inviten a una limonada y nos comemos unas listas con ella.

Las dos amigas compraron algunas telas y, antes de las seis, ya se acercaban a la Pradera de San Isidro. De lejos veían a los chulapos y las chulapas. Ellas se habían cambiado de vestido, pero con su estilo moderno.

—¿Cómo los vamos a encontrar entre tanta gente? —preguntó Felicia, pero mi madre estaba convencida de que mi padre era de los que sabían dejarse ver.

Luis no tardó mucho en aparecer con su amigo Fabián, un suboficial que era casi su asistente personal.

Felicia le echó el ojo a Fabián, tal vez algo menos galante, pero con unos ojos cristalinos que mostraban una bondad de la que mi padre nunca gozó.

—¿Tenía o no tenía razón? Las dos chulapas más guapas del foro.

A mi madre, a quien mis abuelos le habían enseñado a desconfiar de la gente, esos galanteos torpes parecían enfurecerle, pero hasta dos años antes había sido un patito feo y, ahora que los hombres le prestaban atención, no podía evitar aceptar un halago como si fuera una perra gorda.

Los dos hombres compraron unas limonadas para ellas y unos anises para ellos.

—¿Os gustan las tontas o las listas? —preguntó con picardía Luis, y mi madre, sin contestar, tomó una de las rosquillas de azúcar.

—Yo creo que a ti te gustan más las tontas, para engatusarlas con tu labia.

Se dividieron en parejas al andar. La tarde era cálida y se escuchaban de fondo los chotis.

El olor de las tortillas y las empanadas de las familias sentadas sobre la hierba contrastaba con el de los churros y los barquillos.

Se escuchaba a los vendedores ambulantes, los barquilleros y las gitanas que prometían leer la buena ventura por unas perras.

Una de ellas, con el rostro completamente arañado por arrugas profundas, se le acercó y le tomó la mano.

—¡Hermosura, te leo el futuro en la palma de la mano!

Mi madre quiso retirar el brazo con brusquedad, pero mi padre la retuvo.

—Lee, gitana.

—Yo no creo en estas cosas —dijo mi madre, furiosa.

—No hace falta creer, mi niña —contestó la gitana—. Por los dioses antiguos de mis antepasados… La línea larga es la de la vida, pero la tuya no lo es tanto.

—Empezamos bien —exclamó Luis y, después, mirando a la gitana, le soltó—: No te vamos a dar mucha propina si solo ves desgracias.

—La del amor sí está bien pronunciada. Te casarás pronto con… —se interrumpió la adivina, que miró al oficial con cierto temor.

—Sigue, faraona.

—Todo te va a ir muy bien, mi reina —se apresuró a decir mientras le daba una ramita de romero.

La gitana se marchaba sin cobrar nada cuando mi padre la detuvo.

—¿No quieres mi dinero? —preguntó a la vez que le soltaba una perra chica.

La gitana tomó la moneda y siguió su camino. Cuando Luis se volvió para mirar a mi madre, la vio muy pálida.

—Esas gitanas son todas unas mentirosas —sentenció mi padre, cogiéndola del brazo. Mi madre sintió una especie de descarga eléctrica, pero al mismo tiempo la invadió una inmensa felicidad.

Bailaron cuando los farolillos tomaron el relevo del Lorenzo, como los madrileños llamaban al sol, y el cielo azul se convirtió en una densa oscuridad.