El último cine de barrio
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Prólogo
Los días felices son muy fáciles de olvidar.
Se parecen demasiado unos a otros. En mi caso, la mayoría comenzaba siempre igual, en la cabina de proyección de uno de los cines de mi abuelo, Anselmo Mendizábal Martín, empresario pionero del celuloide en España.
Llegó a Madrid desde su Burgos natal con una maleta vieja y una carta de recomendación para trabajar en un taller de fotografía, unos meses después de que empezara a despuntar el siglo XX .
La primera vez que entró en una sala de proyección quedó tan fascinado que supo al instante que aquello era lo que quería hacer con su vida.
Logró contactar con los productores franceses que filmaban y comercializaban las primeras películas y, tras alquilar un viejo almacén cerca del pueblo de Fuencarral, abrió el Cine Maravillas.
Ese primer cine era el que más amaba mi abuelo.
Se lo dejó en herencia a mi madre, Pilar, para que sacara adelante a la familia.
Mi padre, Luis Reverte, había sido teniente de infantería y, aunque añoraba aquellos años, llevaba mucho tiempo regentando el cine Maravillas que le había cedido su suegro.
Aquella tarde, mi abuelo vino a visitarnos. No era normal, sobre todo si mi padre estaba en casa. Vivíamos los cinco en la vivienda que había sobre la sala, por lo que, cuando escuché que el abuelo estaba allí, logré escabullirme de mi madre y acercarme con sigilo a la cabina de proyección.
Los dos parecían discutir acaloradamente abajo, así que me asomé por la ventanita donde apuntaba el proyector y los vi entre las butacas rojas, algo desgastadas por el paso del tiempo y las manos sudorosas de los espectadores.
—¡No vas a ver ni un duro más! —gritaba mi abuelo—. ¡Lo peor que le pudo ocurrir a mi hija fue quedarse embarazada de alguien como tú!
Mi padre era mucho más alto que mi abuelo y tenía el porte de Errol Flynn, uno de mis actores favoritos.
—¿Para qué quiere tanto dinero? ¿Acaso no desea que su hija y sus nietos vivan bien? Yo llevaría los cines mejor que su hijo.
Mi abuelo, con su aspecto bonachón, no pudo evitar levantar el puño derecho y gritar hasta que se le enrojeció el rostro por completo.
—¡Antes muerto que dejarte a ti al mando!
En ese momento, mi abuelo se giró y mi padre le golpeó la cabeza con un objeto.
Después se acercó a las largas cortinas rojizas del escenario y, un segundo más tarde, contemplé una llamarada.
El fuego se extendió muy rápido y el humo negro llegó hasta la cabina.
Corrí hacia la sala e intenté rescatar al abuelo y apagar las llamas.
Tenía que detener el incendio cuanto antes.