Capítulo 9
La primera semana de junio trajo sus propias revelaciones.
Pequeñas.
Del tipo que nadie anticipa porque no tienen que ver con las grandes decisiones, sino con los martes, los miércoles y los jueves que casi nunca se mencionan cuando alguien habla de vivir con otra persona.
El martes, Daniela descubrió que Diego leía siempre con las gafas puestas.
Y que las gafas vivían en exactamente tres sitios posibles: la mesita de noche, la encimera de la cocina o el escritorio del despacho de casa.
Nunca en ningún otro lugar. La búsqueda duraba el tiempo preciso que tardaba en revisar esos tres puntos, siempre en el mismo orden.
Ella lo observó una mañana desde el umbral, con el café entre las manos, mientras él murmuraba algo inaudible y se desplazaba de un sitio a otro con la concentración seria de quien resuelve un problema logístico menor.
Cuando por fin las encontró sobre la mesita, se las puso sin mirarla y abrió el libro.
Daniela sonrió contra el borde de la taza.
El miércoles le tocó a él. Diego descubrió que Daniela dejaba el bolso siempre en el mismo sitio exacto: el gancho de la entrada.
Ni en la silla, ni en el sofá, ni sobre la mesa.
Solo en el gancho. Sin excepción. Con la precisión de alguien que había aprendido, años atrás, que saber dónde están tus cosas es la diferencia entre empezar el día con orden o empezarlo buscando.
Él lo notó al volver del trabajo. Se detuvo un segundo en el recibidor, miró el bolso colgado con perfecta verticalidad, y algo muy leve se le suavizó en la expresión.
El jueves descubrieron que tenían opiniones distintas sobre la temperatura del piso.
Daniela prefería el aire más fresco. Diego, un poco más de calor.
Se miraron desde lados opuestos del termostato durante unos segundos cargados de una negociación silenciosa.
Al final acordaron diecinueve grados en las zonas comunes y libertad absoluta en el dormitorio.
Daniela lo procesó como razonable. Diego, como eficiente. Ambos lo aceptaron como justo.
El viernes trabajaron en silencio.
Cada uno en su lado de la mesa del comedor, que se había convertido en el espacio de trabajo compartido sin que nadie lo hubiera propuesto nunca.
Daniela con el portátil abierto y los documentos del cliente de renovables.
Diego con los informes del trimestre y las gafas puestas (encontradas, por supuesto, en el segundo de los tres sitios posibles).
El único sonido era el tecleo irregular de ella y el roce ocasional de las páginas de él.
Era el mismo tipo de silencio que ya conocían del sofá por las noches.
Solo que aquí, rodeados de papeles y pantallas, tenía una textura distinta. Más concentrada. Igualmente correcta.
A media tarde, sin decir nada, Diego se levantó, preparó dos cafés y le dejó el de ella a su lado, exactamente como lo tomaba. Daniela levantó la vista un segundo, lo miró, y volvió al documento. Él regresó a sus informes.
Fuera, Madrid de junio empezaba a calentarse.
Dentro, el piso olía a café y a papel y a la quietud de dos personas que, por fin, estaban aprendiendo el mapa pequeño y preciso del otro.
A las diez, Diego levantó la vista.
—¿Café?
—Sí.
Fue a la cocina. Volvió con dos tazas.
Siguieron trabajando.
No hablaron hasta las doce.
Y ninguno de los dos sintió que faltara nada en esas dos horas.
El primer sábado del mes, Sofía llegó a las once.
Esta vez sin llamar antes para avisar de que llegaba dos horas antes. Simplemente llegó a las once porque el AVE de las nueve era el que usaba ahora que el piso de Salamanca tenía más razones para llegar temprano.
Diego le abrió.
—A las once —dijo.
—El AVE de las nueve llega a las once y cuarto. Caminé rápido. —Sofía entró.— ¿Está Daniela?
—Está en el despacho de Vértice. Vuelve al mediodía.
—De acuerdo. —Sofía fue a la cocina.— ¿Puedo hacer algo de comer para cuando llegue?
Diego la miró.
—¿Qué quieres hacer?
—Algo que tarde menos de noventa minutos porque tengo cosas que hacer esta tarde. —Sofía abrió la nevera.— ¿Hay tomates?
—Sí.
—Entonces puedo hacer la salsa básica en cuarenta minutos. Sin los noventa. La versión rápida que me enseñó mi madre. —Sofía sacó los tomates.— Que no es tan buena pero es suficiente para un sábado sin celebración especial.
Diego la miró.
—¿Cuándo te enseñó tu madre la versión rápida?
—Siempre la supo. —Sofía buscó la sartén.— La versión larga me la enseñaste tú. La rápida es de mamá. —Pausa.— Las dos sirven para cosas diferentes.
Diego procesó eso.
—¿Cuándo son para cosas diferentes?
—La larga es para cuando tienes tiempo y quieres que sepa que lo dedicaste. —Sofía encendió el fuego.— La rápida es para los sábados normales donde la comida es solo comida.
—¿Hoy es un sábado normal?
Sofía lo miró.
—Es el tercer sábado desde que Daniela vive aquí. —Una pausa.— El primero fue especial. El segundo también un poco. Este ya es normal.
—¿Eso es bueno?
—Es lo mejor. —Sofía removió.— Lo especial se cansa. Lo normal dura.
Diego la miró.
Era exactamente lo que Daniela había dicho hace meses sobre otra cosa.
Lo especial se cansa. Lo que existe simplemente sigue.
Sofía, que guardaba todo lo que importaba, lo había guardado también. Y lo aplicaba a las salsas de tomate y a los sábados y probablemente a todo lo demás.
—Sí —dijo Diego.— Es lo mejor.
Daniela llegó al mediodía con el portátil y el abrigo y el olor específico de Vértice que Diego ya sabía distinguir del resto.
Sofía estaba sirviendo la pasta.
—Llega a tiempo —dijo Sofía.
—Calculé bien. —Daniela dejó el bolso en el gancho de la entrada.— ¿Hiciste tú la salsa?
—La versión rápida. —Sofía sirvió el tercer plato.— La larga es para otro día.
—¿Cuándo es para otro día?
—Cuando haya razón para que tarde noventa minutos. —Sofía se sentó.— Hoy no la hay.
Daniela miró a Diego.
Diego la miró a ella.
La comisura de los dos.
—¿Qué? —dijo Sofía.
—Nada —dijeron los dos.
Sofía los miró con la expresión de quien sabe exactamente lo que pasa y ha decidido que no necesita decirlo.
—Come. —Señaló los platos.— La pasta se enfría.
Después de comer, Sofía dijo que tenía cosas esa tarde y que volvería a las siete para cenar.
—¿Qué cosas? —dijo Diego.
—Cosas. —Sofía cogió la mochila.— Hay una librería en Chueca que quiero ver.
—¿Sola?
—Con alguien.
Diego la miró.
—¿Con quién?
Sofía lo miró con la paciencia de alguien que ha tenido esta conversación en su cabeza antes de tenerla en voz alta.
—Con Marcos —dijo.
El nombre del chico de trece años que nunca había nombrado.
Diego no dijo nada durante tres segundos.
—¿Marcos vive en Madrid? —dijo al final.
—Está de visita con su familia este fin de semana. —Sofía lo miró directamente.— Es la primera vez que quedamos fuera del instituto. En un sitio público. Con su familia cerca. —Pausa.— Soy responsable.
—Lo sé.
—Y tengo el teléfono cargado.
—Lo sé.
—Y sé cómo volver en metro.
—Lo sé, Sofía.
Sofía lo miró.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué vas a decir?
Diego la miró.
—Que a las siete.
Sofía asintió.
—A las siete.
Fue hacia la puerta.
—Sofía —dijo Daniela.
Sofía se giró.
—¿Qué tipo de librería es? —dijo Daniela.
Sofía lo pensó.
—De las que tienen libros de segunda mano y huelen a papel viejo. —Pausa.— A Marcos le gustan los libros.
—Bien —dijo Daniela.
—¿Por qué bien?
—Porque alguien que elige una librería para quedar por primera vez dice algo sobre cómo piensa. —Daniela la miró.— Eso es información útil.
Sofía lo procesó.
—Sí. —Asintió lentamente.— Lo es.
Salió.
La puerta se cerró.
Diego y Daniela en el salón.
Diego miró la puerta.
—Marcos —dijo.
—Marcos —confirmó Daniela.
—En una librería.
—En una librería de segunda mano que huele a papel viejo.
Diego procesó.
—¿Es buena señal?
—Es una señal de que Sofía eligió bien. —Daniela lo miró.— Las personas que eligen librerías de segunda mano para primeras citas son o muy inteligentes o muy románticas.
—¿O las dos?
—O las dos.
Diego asintió.
—¿Estás bien? —dijo Daniela.
—¿Con qué?
—Con Sofía y Marcos y la librería.
Diego lo pensó honestamente.
—Estoy procesando. —Pausa.— Del tipo que produce saber que algo va a ser diferente aunque todavía no sepa exactamente cómo.
—¿Eso es malo?
—No. —Diego la miró.— Solo es nuevo.
Daniela lo miró.
—¿Quieres hablar de ello o prefieres procesarlo solo?
Diego la miró con algo que era reconocimiento: la pregunta correcta, la distinción que Daniela hacía siempre entre las dos opciones sin asumir que necesitaba la misma.
—Solo. Por ahora. —Pausa.— Esta tarde.
—De acuerdo.
Diego fue al despacho en casa.
Daniela fue al sofá con el portátil.
Trabajaron en silencio durante dos horas con Sofía en una librería de Chueca y Marcos eligiendo libros de segunda mano y Madrid completamente indiferente a todo eso.
A las cinco, Diego asomó desde el despacho.
—Daniela.
—¿Sí?
—Ya lo procesé.
—¿Qué decidiste?
—Que Sofía tiene doce años y criterio propio y la confianza que se gana cuando un padre confía antes de que haya razón para no hacerlo. —Pausa.— Y que Marcos eligió una librería, lo que según tú dice algo bueno.
Daniela lo miró.
—Sí. —Pausa.— ¿Estás bien?
—Sí. —Diego la miró directamente.— Del tipo de bien que produce haber llegado a una conclusión que ya sabías antes de procesarla.
—¿Cuál es la conclusión?
—Que Sofía ya es quien va a ser. —Diego lo dijo con una calma que era también orgullo.— Y que lo que me toca hacer es estar disponible cuando lo necesite y confiar cuando no lo necesite.
Daniela lo miró.
—¿Lo aprendiste de alguien?
Diego la miró.
—De varios sitios —dijo. La misma respuesta de siempre.— Pero principalmente de ti.
—Yo no te enseñé eso.
—No directamente. —Diego fue al sofá. Se sentó a su lado.— Pero llevas meses mostrándome que confiar en alguien antes de tener razones para no confiar es lo que hace que la confianza sea real. —Pausa.— Lo apliqué.
Daniela lo miró.
Era la cosa más grande que le había dicho en meses. Sin que fuera sobre ellos directamente. Aplicada a Sofía, que era en algunos sentidos más importante.
—Diego.
—¿Sí?
—Eres buen padre.