Capítulo 8
El primer fin de semana de junio, Daniela empezó a deshacer su piso de Malasaña.
No dramáticamente. Con la eficiencia de alguien que ha hecho esto antes y sabe que las mudanzas son en realidad un inventario de lo que uno ha acumulado y de lo que todavía importa.
Cajas de libros. La ropa. El bloc de notas de la empresa, que había llenado cuatro veces en los últimos meses y que guardó en la mochila en lugar de en una caja porque era el tipo de cosa que no podía estar en el trastero.
El techo blanco que no tenía respuestas lo miró por última vez desde la cama, un miércoles por la noche cuando todo estaba ya en cajas.
No le dijo nada.
Como siempre.
Daniela apagó la luz.
El sábado de la mudanza Sofía llegó a las diez de la mañana desde Barcelona, dos horas antes de lo previsto, con la justificación de que el AVE de las ocho era más eficiente que el de las diez.
Diego la miró cuando abrió la puerta.
—El AVE de las ocho sale a las ocho. Eso significa que saliste de casa a las siete.
—A las seis y cuarenta y cinco. El metro tardó más de lo esperado. —Sofía entró con la mochila y fue directamente al cuarto de invitados donde estaban las primeras cajas de Daniela.— ¿Cómo se organiza esto?
—Sofía —dijo Diego.
—¿Sí?
—Gracias por venir.
Sofía lo miró.
—Ya te dije que iba a participar. —Pausa.— Participar implica estar.
Fue a buscar Daniela.
Daniela llegó con el primer coche a las diez y media.
Cuatro cajas y una planta que había sobrevivido dos años en Malasaña con riego irregular y que no iba a dejar atrás.
Sofía la esperaba en la puerta del edificio.
—¿Esa es tu planta? —dijo Sofía, mirando el ficus en el asiento trasero.
—Sí.
—Tiene buena salud para haber vivido en un piso de alquiler.
—Es resistente.
—¿Tiene nombre?
Daniela la miró.
—No.
Sofía lo consideró.
—Podemos ponerle uno. —Pausa.— Más tarde.
Cogió dos cajas y subió sin esperar más.
La mudanza fue en tres viajes y cinco horas.
Diego cargó cajas. Sofía organizó la distribución de los armarios con una eficiencia que ni Diego ni Daniela habrían alcanzado solos, señalando qué iba dónde con la lógica implacable de alguien que había pensado el espacio con anticipación.
—Los libros de Daniela van en la librería del salón. —Sofía señaló.— Los tuyos también están ahí pero los suyos deberían tener su sección. No mezclados.
—¿Por qué? —dijo Diego.
—Porque cuando buscas un libro tuyo buscas en tu sección y cuando buscas uno de Daniela buscas en la suya. —Sofía lo dijo con la paciencia de alguien que explica algo obvio.— Si están mezclados, buscas en toda la librería.
—Es más eficiente tener secciones —dijo Daniela.
—Exactamente. —Sofía cogió una caja de libros.— ¿Los tuyos van primero alfabéticamente o por tema?
—Por tema —dijo Daniela.
—Bien. —Sofía empezó a sacar libros.— Los de papá son por autor. Los tuyos por tema. La línea divisoria en el medio.
Diego miró a Daniela.
Daniela miró a Diego.
—¿Siempre fue así? —dijo Daniela en voz baja.
—Siempre —dijo Diego.
Al mediodía, cuando la mitad de las cajas estaban deshechas, Sofía anunció que tenía hambre.
Diego hizo pasta.
Sin salsa de noventa minutos: la salsa de bote del armario porque había otras prioridades ese día.
Sofía lo miró cuando la vio.
—¿Salsa de bote?
—Es un día especial. Las excepciones existen.
—¿Las excepciones son para los días especiales o para los días en que no hay tiempo?
—A veces son el mismo día. —Diego sirvió.— Come.
Sofía comió con la aceptación pragmática de alguien que ha decidido que las batallas se eligen.
Comieron los tres en la mesa del comedor rodeados de cajas a medio deshacer y la planta de Daniela en la ventana donde Sofía había decidido que debería estar porque recibe luz de la mañana que es mejor para los ficus.
Madrid afuera con el calor de junio que ya era verano de verdad.
La primera comida de los tres en el piso donde vivían los tres.
No todos los días. No permanentemente en los términos de Sofía en Barcelona.
Pero el piso era de los tres de la manera que Sofía había dicho: la distribución reflejaba que dos personas vivían aquí.
Con secciones propias en la librería.
Y la planta en la ventana correcta.
A las cinco de la tarde quedaba una caja.
Pequeña. Con la letra de Daniela en el lateral: Cosas varias.
Daniela la abrió en el dormitorio mientras Diego y Sofía discutían en la librería sobre si Borges iba antes o después de Cortázar en la sección de Daniela.
Dentro: el bloc de la empresa, una foto de su madre, el libro que había tenido en la mesita de noche durante seis meses, los pendientes del primer día en Santaolalla Group.
Y una tarjeta de visita.
Blanca. Vuelta del revés.
En el reverso, la letra apretada y vertical de Diego:
El comunicado funcionó. — D.S.
La había guardado en el bolsillo interior de su chaqueta el primer mes.
Luego en el cajón del escritorio de Santaolalla Group.
Luego en la caja de cosas varias cuando hizo la mudanza de su despacho.
Y ahora aquí.
Daniela la miró durante un momento.
La dejó sobre la mesita de noche del lado que había elegido.
No en un cajón.
A la vista.
Porque era el principio de todo.
Y los principios merecen estar a la vista.
Diego entró al dormitorio diez minutos después.
Vio la tarjeta en la mesita.
La miró.
Miró a Daniela.
—La guardaste —dijo.
—Desde el primer mes. —Daniela lo miró directamente.— ¿Qué te parece?
Diego la miró durante un momento.
—Que es el tipo de cosa que uno guarda cuando algo empieza a importar antes de saber que importa. —Pausa.— Y que está bien que esté aquí.
—¿Seguro?
—Es el principio de esto. —Diego la miró.— Tiene sentido que esté aquí más que en ningún otro sitio.
Daniela lo miró tres segundos.
—Sí.
Diego se acercó. Puso la mano en su mejilla. El gesto de siempre. El que había sido el primero que había habido y que seguía siendo el más suyo.
—Daniela.
—¿Sí?
—Bienvenida.
Era una palabra. La más simple posible.
Pero era de Diego, que no usaba palabras simples sin que tuvieran todo el peso que correspondía.
Daniela lo miró.
—Gracias.
La besó. Brevemente, con el dormitorio a medio organizar alrededor y las cajas en el pasillo y Sofía en la librería resolviendo el orden de Borges y Cortázar.
Cuando se separaron Daniela tenía la mano en su pecho.
La bajó despacio.
—Sofía va a necesitar decidir si los poetas van antes o después de los novelistas.
—Sofía ya decidió. —Diego la miró con la comisura.— Dijo que por orden cronológico de publicación del primer libro.
Daniela lo miró.
—¿Eso es práctico?
—No especialmente. —Pausa.— Pero es consistente.
—Como ella.
—Como ella.
Salieron al pasillo.
Sofía estaba en la librería con los brazos cruzados mirando los libros ya ordenados con la expresión de quien ha terminado algo y verifica el resultado.
—¿Bien? —dijo Daniela.
—Bien. —Sofía señaló el lado izquierdo.— Los tuyos. Los de papá a la derecha. La línea divisoria aquí.
Daniela miró la librería.
Sus libros. Los de Diego. La línea entre los dos.
No separación.
Distinción.
Que era diferente y era exactamente lo correcto.
—Bien —dijo Daniela.
—Bien bien —confirmó Sofía.
A las siete, cuando la última caja estaba deshecha y la planta tenía nombre (Rodrigo, según Sofía, porque es resiliente y siempre está donde hace falta), Sofía anunció que tenía el AVE de las nueve.
—Puedes quedarte esta noche —dijo Diego.
—Ya lo sé. —Sofía cogió la mochila.— Pero tengo cosas mañana. —Pausa.— Y este es vuestro primer día. No necesitáis que me quede.
Diego la miró.
—¿Segura?
Sofía lo miró con los ojos de Cristina y la terquedad de Diego.
—Completamente. —Pausa.— El sábado que viene vuelvo. La semana siguiente es el fin de semana de Barcelona. —Lo dijo con el orden de alguien que tiene el calendario claro.— Las cosas tienen su ritmo.
—¿Cuándo aprendiste a decir eso? —dijo Daniela.
Sofía lo pensó.
—Escuché a alguien decirlo una vez. —La miró.— Sonó correcto.
Daniela la miró.
Sofía la había escuchado decírselo a Diego meses atrás.
Las cosas tienen su ritmo.
Y Sofía, que guardaba todo lo que importaba, lo había guardado también.
—Hasta el sábado —dijo Daniela.
—Hasta el sábado. —Sofía fue a la puerta.— Y que conste que la planta se llama Rodrigo porque es la planta correcta para el tipo de piso que es este. No por el Rodrigo de la empresa.
—¿Qué tipo de piso es este? —dijo Diego.
Sofía los miró a los dos desde la puerta.
—El tipo donde la gente que vive aquí eligió vivir aquí. —Una pausa.— No todos los pisos son así.
Salió.
La puerta se cerró.
Diego y Daniela en el pasillo con la librería al fondo y la planta Rodrigo en la ventana y el primer día terminando.
Diego miró la puerta.
Miró a Daniela.
—¿Sabes cuándo lo supo? —dijo.
—¿El qué?
—Que esto iba a pasar.
Daniela lo pensó.
—Antes que nadie. —Pausa.— Sofía siempre sabe antes que nadie.
—¿Por qué?
—Porque presta atención a las cosas que la gente decide no nombrar todavía. —Daniela lo miró.— Y porque cuando algo es real se nota antes de que se diga.
Diego la miró.
—Que no es para la audiencia —dijo.
—Sí.
—Lo dijo en Atocha.
—Sí.
—Antes de que tú te mudaras. Antes de que yo te preguntara. —Diego la miró.— Sabía antes del mapa.
—Doce años —dijo Daniela.
—Doce años —confirmó Diego.
Y en el piso de Salamanca el primer día de junio con las cajas deshechas y los libros en sus secciones y la planta Rodrigo en la ventana, había algo que era más tranquilo que todo lo que había llevado hasta aquí.
El primer día.
Que era solo el primero de todos los que vendrían.
Y que los que vendrían no tenían urgencia.
Solo tenían dirección.
Y la dirección era correcta.
Como siempre lo había sido.
Desde antes de que ninguno de los dos la nombrara.