El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

El viernes Daniela llamó a su madre.

No a las nueve de la noche de costumbre. A las seis de la tarde, desde Vértice, antes de salir.

Su madre cogió al segundo tono.

—Llamas pronto —dijo.

—Tengo algo que contarte.

Silencio de tres segundos. El tiempo que su madre necesitaba para prepararse para cualquier tipo de noticia.

—Cuéntame.

Daniela miró la ventana de su despacho. Salamanca afuera, el calor de mayo, la gente con ropa de verano que todavía no era verano.

—Me mudo en junio —dijo.

Su madre no respondió de inmediato.

Cinco segundos.

—¿A dónde? —dijo al final.

—Al piso de Diego. En Salamanca.

Otro silencio.

—¿Es lo que quieres?

Era la pregunta que su madre siempre hacía. No ¿estás segura? ni ¿lo has pensado bien? Solo ¿es lo que quieres?, que era la única pregunta que importaba y que su madre había aprendido a no rodear con otras.

—Sí —dijo Daniela.

—¿Completamente?

—Completamente.

Su madre soltó el aire.

—Bien. —Una pausa.— ¿Cómo es él?

—Ya te lo conté.

—Cuéntame otra vez. Con más detalle.

Daniela sonrió sola en su despacho.

Le contó.

No el CEO ni el análisis ni Morales ni Claudia.

Le contó el Diego de los sábados con Sofía y el de los domingos de las nueve con los huevos revueltos.

El de porque podías cuando había puesto la manta sin despertarla.

El de te quiero dicho en la oscuridad porque la oscuridad era el momento correcto y no necesitaba otro contexto.

El de aprendí a estar presente dicho en presente continuo.

Su madre escuchó.

Cuando Daniela terminó, su madre dijo:

—¿Sofía sabe?

—Sofía lo sabe todo antes que nadie. —Daniela lo dijo con la familiaridad de quien ya ha aceptado ese hecho como parte del paisaje.— Tiene doce años y es deductiva.

Su madre se rió.

La risa que empezaba despacio y se abría.

—¿Cuándo te casas? —dijo.

—Mamá.

—Pregunto.

—Es pronto para esa pregunta.

—¿Cuánto de pronto?

—Lo suficiente para que no te responda ahora.

—Eso es una respuesta indirecta.

—Sí. —Daniela lo dijo con calma.— Lo es.

Su madre dejó pasar tres segundos.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. —Pausa.— Del tipo que produce haber llegado al sitio correcto por el camino complicado.

—El camino complicado es el que te enseña dónde estás cuando llegas. —Su madre lo dijo con la certeza de alguien que lo sabe desde hace tiempo.— El directo te lleva al sitio pero no sabes lo que hiciste para llegar.

Daniela lo procesó.

—¿Eso lo aprendiste de alguien?

—De la vida. —Pausa.— Y de ti, un poco. Por observación.

—¿Qué observaste de mí?

—Que siempre supiste hacia dónde ibas. Tardaste en decidir que valía la pena ir. —Su madre habló con suavidad.— Hay una diferencia.

Daniela miró la ventana.

—Sí —dijo.— La hay.

Colgaron veinte minutos después, con Valladolid y la farmacia y Borges el gato que según su madre había desarrollado la costumbre de dormir encima del radiador en una posición que sugería profundidad filosófica pero probablemente era solo calor.

Daniela cogió el abrigo.

Salió.

Lucía llamó esa noche.

—Vi que llamaste a tu madre —dijo.

—¿Cómo sabes que llamé a mi madre?

—Porque cuando tienes noticias grandes llamas a tu madre primero. A mí segundo. —Pausa.— Y llevo esperando desde las seis y cuarto.

Daniela estaba en el sofá de Diego. Diego en la cocina preparando algo que no tardaba noventa minutos.

—Me mudo en junio —dijo Daniela.

Silencio de Lucía.

Dos segundos.

Tres.

—¿Al piso de Diego?

—Sí.

—¿En Salamanca?

—Sí.

—¿Siete minutos de Vértice?

—Seis y medio si el semáforo está en verde.

Lucía soltó el aire.

—Dani.

—¿Sí?

—¿Te acuerdas cuando me llamaste desde el metro hace casi un año y me dijiste que no sabías lo que había entre vosotros pero que no querías nombrarlo porque nombrarlo lo hacía real?

Daniela lo pensó.

—Sí.

—¿Y ahora?

—Ahora es real con nombre y sin nombre. —Pausa.— Y mudarse es el siguiente paso en la dirección que ya habíamos acordado.

—¿Lo decidiste tú o lo propuso él?

—Él preguntó. Yo dije sí.

—¿Con condiciones?

—Con condiciones.

—¿Qué condiciones?

Daniela se las contó. La cocina, los lunes de trabajo en silencio, el cuarto de Sofía, lo de decir las cosas antes de que crezcan.

Lucía las escuchó.

—Dani. Las condiciones que pusiste son exactamente las cosas que necesitas. —Pausa.— Y el hecho de que él las aceptara sin discutirlas dice que ya las tenía antes de que las pidieras.

Daniela lo procesó.

—Sí. —Pausa.— Lo dijo él mismo.

—¿Y eso te da miedo?

Daniela lo pensó honestamente.

—No del tipo que me hace querer no hacerlo. —Pausa.— Del tipo que produce hacer algo que importa y saber que si sale mal duele de verdad.

—¿Y si sale mal?

—No sale mal. —Daniela lo dijo con la certeza que había tardado meses en encontrar.— O sale diferente de lo que esperamos, que no es lo mismo. —Pausa.— Pero no sale mal porque los dos lo elegimos con los ojos abiertos y los dos tenemos el patrón de decir las cosas antes de que crezcan.

Lucía tardó.

—¿Cuándo lo supiste? —dijo al final.

—¿El qué?

—Que era el sitio correcto.

Daniela lo pensó.

—Cuando en el aeropuerto de Lisboa le dije que la distancia también dolía y él dijo lo sé dos veces. —Pausa.— No porque me lo dijera. Sino por cómo lo dijo. Como si ya lo supiera desde antes de que yo lo dijera.

—¿Y eso fue hace cuánto?

—Hace casi un año.

—¿Tardaste casi un año en mudarte?

—Tardé casi un año en estar lista para mudarme. —Daniela lo dijo sin disculpa.— Que es diferente.

Lucía procesó.

—Sí. —Una pausa.— ¿Estás contenta?

—Sí.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Del tipo que se nota en la voz?

Daniela lo pensó.

—¿Se nota?

—Sí. —Lucía lo dijo con la satisfacción de quien ha estado esperando oírlo.— Desde hace semanas, en realidad. Pero esta noche más.

Daniela miró la cocina de Diego desde el sofá. Diego de espaldas, con algo en la sartén, con el jersey de siempre.

—Sí —dijo Daniela.— Se nota.

—Bien. —Lucía soltó el aire.— Llámame cuando sea junio.

—Lo haré.

Colgaron.

Diego apareció en el umbral de la cocina con la sartén en la mano.

—¿Lucía? —dijo.

—Lucía.

—¿Y?

—Dice que se nota en la voz.

—¿Qué se nota?

Daniela lo miró.

—Que estoy contenta.

Diego la miró un momento.

—¿Lo estás?

—Sí. —Sin pausa.

Diego asintió.

Volvió a la cocina.

Daniela miró el techo del salón.

No era el techo de su piso en Malasaña. Era más alto. Con la textura diferente de los edificios que se construyeron para durar.

Y no tenía respuestas.

Pero ya hacía semanas que no las necesitaba dar.

El sábado siguiente, Sofía llegó con la mochila del tamaño medio y el libro nuevo y algo en la expresión que Daniela reconoció como la postura de las cosas que ya sabe pero espera que le digan de todas formas.

Comieron. Hablaron del instituto y del libro y del chico de trece años que Sofía no había nombrado todavía pero que existía en el espacio entre lo que decía y lo que no decía.

Después de fregar, Sofía apareció en el umbral del salón.

Misma postura de las cosas importantes.

—Papá —dijo.

—¿Sí?

—Hay algo que no me habéis dicho todavía.

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Diego.

—¿Cómo lo sabes? —dijo Diego.

—Porque lleváis dos semanas con algo diferente en cómo estáis. —Sofía lo dijo con la precisión de siempre.— Y porque la semana pasada Daniela estaba mirando las habitaciones del piso con una atención que no es la de alguien que solo viene de visita.

Daniela lo miró.

—¿Estabas mirando las habitaciones? —dijo Diego.

—Mentalmente. —Daniela lo miró.— Es un hábito profesional. Leo los espacios.

—Ya. —Sofía se sentó en el sillón frente a ellos.— ¿Qué pasa?

Diego la miró.

—Daniela se muda en junio.

Sofía procesó.

Tres segundos.

Cuatro.

Los mismos que usaba para las decisiones que importaban.

—¿Aquí? —dijo.

—Aquí.

—¿En el piso?

—En el piso.

Sofía miró a Daniela.

Daniela la miró.

—¿Tú quieres? —dijo Sofía.

—Sí.

—¿Completamente?

—Completamente.

Sofía lo procesó un momento más.

—Bien. —Se levantó.— Entonces necesitamos hablar de la distribución de armarios.

Diego la miró.

—¿De la distribución de armarios?

—El armario grande del pasillo tiene demasiadas cosas de papá que podrían estar en otro sitio. —Sofía fue hacia el pasillo.— Y el cuarto de invitados tiene un armario que no se usa. —Pausa.— Daniela va a necesitar espacio para sus cosas.

Daniela miró a Diego.

Diego miró a Daniela.

—Sofía —dijo Diego.

Sofía asomó desde el pasillo.

—¿Sí?

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Sofía lo consideró.

—Por ahora. —Pausa.— Tengo más preguntas pero las haré cuando sean relevantes.

—¿Cuándo son relevantes?

—Cuando la información que necesito para hacerlas exista. —Sofía desapareció de vuelta al pasillo.— El armario del pasillo tiene cuatro cajas que probablemente son de 2019 y que nadie ha abierto desde entonces. Esas pueden ir al trastero.

Diego miró a Daniela.

Daniela miraba el pasillo donde había desaparecido Sofía.

—Doce años —dijo Daniela.

—Doce años —confirmó Diego.

Y en el salón de Salamanca ese sábado de mayo con Sofía reorganizando armarios en el pasillo y la mochila del tamaño medio en el cuarto de Sofía y junio por venir, había algo que era más grande que cualquier conversación que hubieran tenido.

La naturalidad de ello.

Que Sofía procesara la noticia y pasara directamente a la distribución de armarios.

Que no hubiera drama ni preguntas complicadas ni el tipo de tensión que podría haber habido.

Solo: bien, entonces hay que reorganizar el armario del pasillo.

Que era exactamente la respuesta de alguien para quien lo que llegaba era simplemente lo siguiente.

No algo excepcional.

Solo lo siguiente.

En la dirección correcta.

Pasaron la tarde reorganizando el armario del pasillo.

Las cuatro cajas de 2019 resultaron contener: dos abrigos de invierno que Diego ya no usaba, documentación de la empresa que Rodrigo debería tener, el libro favorito de Sofía cuando tenía ocho años que Sofía reclamó inmediatamente, y una caja de fotos que nadie esperaba encontrar.

Sofía cogió la caja de fotos.

La abrió.

Miró adentro.

Sacó una.

—Papá —dijo.— Eras muy joven.

Diego miró la foto.

Era de cuando tenía veinticuatro años. Delante de una obra en Toledo, con el casco y el mono de trabajo y la expresión de alguien que acaba de empezar algo y todavía no sabe si va a funcionar.

—Sí —dijo.

—¿Cuándo es?

—La primera obra grande. —Pausa.— Toledo. Primer año de la empresa.

Sofía la miró.

Luego miró a su padre.

—¿Tenías miedo? —dijo.

—Mucho. —Diego lo dijo sin dramatismo.

—¿Y lo hiciste de todas formas?

—De todas formas.

Sofía procesó.

—Bien. —Guardó la foto en la caja.— Las fotos van al trastero también. Excepto esta. —Sacó otra y se la guardó en el bolsillo de la sudadera.

—¿Cuál cogiste? —dijo Diego.

—Una de cuando era bebé. —Sofía siguió revisando la caja.— Por razones sentimentales.

Diego la miró.

Daniela lo miró a él.

Había algo en la escena que Daniela guardó en el sitio donde guardaba las cosas que valían demasiado para examinarlas todavía: Sofía con la foto de su padre joven con miedo delante de una obra en Toledo, guardándosela en el bolsillo de la sudadera como si fuera algo que necesitaba tener cerca.

No la foto del CEO.

La del hombre de veinticuatro años con el casco y el miedo y la decisión de hacerlo de todas formas.

El domingo Sofía se despertó antes que los dos.

Daniela lo supo cuando oyó el ruido de la cocina a las ocho y cuarto y salió a ver qué pasaba.

Sofía estaba haciendo huevos revueltos.

Con queso.

Y con la concentración específica de alguien que está haciendo algo que le importa hacer bien.

Daniela se quedó en el umbral.

—Buenos días —dijo Sofía sin girarse.— El café está hecho.

—¿Desde cuándo sabes hacer huevos revueltos?

—Desde siempre. —Sofía removió.— Mi madre me enseñó cuando tenía siete años. —Pausa.— Pero los de mi madre son diferentes. Más cremosos.

—¿Los prefieres?

—Los dos tienen su versión correcta. —Sofía los miró.— Estos son los de aquí. Los de allá son los de allá.

Daniela fue a buscar el café.

Se sentó en el taburete de la barra.

Sofía sirvió los tres platos con la eficiencia de alguien que ha calculado el tiempo correctamente.

Diego apareció a las ocho y veintidós con el pelo de dormir y la expresión de alguien que ha olido los huevos desde la habitación.

Miró los tres platos.

Miró a Sofía.

—¿Cuándo aprendiste tú a hacer huevos?

—Siempre supe. —Sofía se sentó.— Simplemente no los había hecho aquí antes.

Diego miró a Daniela.

Daniela lo miró a él.

El código de la comisura.

Se sentaron los tres.

Sofía comió con el libro abierto aunque no lo estaba leyendo de verdad.

Diego con el café y la expresión de los domingos buenos.

Daniela con el sol de mayo entrando por la ventana de la cocina y los huevos con queso que eran los de aquí, no los de allá, y la certeza tranquila de estar exactamente donde había elegido estar.

—¿Están bien? —dijo Sofía.

—Están bien —dijo Daniela.

—¿Bien bien?

—Bien bien.

Sofía asintió.

—De acuerdo. —Pasó una página del libro que no estaba leyendo.— El sábado que viene, cuando vuelva, podemos empezar con el armario del cuarto de invitados.

—El AVE es a las doce —dijo Diego.

—Ya lo sé. —Sofía comió otro bocado.— Hablo del sábado que viene. No de hoy.

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Sofía.

—¿Vas a supervisar toda la mudanza? —dijo Daniela.

Sofía lo consideró.

—Supervisar es mucho. —Pausa.— Participar es más exacto.

—¿Por qué?

—Porque si Daniela se muda aquí, el piso también es suyo. —Sofía lo dijo con la lógica directa de siempre.— Y si el piso también es suyo, la distribución del espacio debería reflejar que dos personas viven aquí, no que una persona vive aquí y otra visita.

Diego la miró.

—Sofía.

—¿Sí?

—Gracias.

Sofía lo miró con los ojos de Cristina.

—No hay que darlas. Es lógica básica. —Bajó los ojos al libro.— Como la química de los huevos.

Y el domingo de las ocho y media continuó con el sol y los huevos y Sofía con su libro y Diego con su café y Daniela con la certeza de que junio estaba por venir y que cuando llegara el piso de Salamanca tendría una distribución que reflejaba que dos personas vivían ahí.

No que una vivía y otra visitaba.

Que era exactamente la diferencia.