Capítulo 6 #2
—¿Qué respondiste?
—Que estaba bien. Que tiene doce años y que pregunta los porqués de todo.
Claudia había sonreído, según Diego.
No la sonrisa de la reunión de negocios. Otra.
—¿Qué tipo de sonrisa? —dijo Daniela.
—De la que produce saber algo sobre alguien que nunca vas a decir en voz alta pero que reconoces. —Diego la miró.— Como si la descripción de Sofía le dijera algo sobre mí que verificaba una hipótesis antigua.
Daniela lo procesó.
—¿Qué hipótesis?
—No lo sé. —Diego bebió.— Pero el resto de la reunión fue diferente. Más directa. Sin el peso de todo lo anterior.
—¿Por qué Sofía?
Diego lo pensó.
—Creo que Claudia lleva mucho tiempo con una versión de mí que es la del trabajo. —Una pausa.— Y que saber que Sofía pregunta los porqués de todo le dijo algo sobre la versión que no es el trabajo.
—¿Que esa versión existe?
—Que esa versión es mejor de lo que esperaba. —Pausa.— O que simplemente existe, que a veces es suficiente.
Daniela lo miró durante un momento.
—¿Eso cambia algo para ti sobre la propuesta?
—No directamente. —Diego la miró.— Pero cambia el contexto en que la evalúo.
—¿Cómo?
—Porque una propuesta de alguien que tiene una imagen compleja de ti es diferente a una propuesta de alguien que tiene una imagen reducida. —Pausa.— La primera puede ser más complicada. También puede ser más honesta.
Daniela lo miró.
—¿Confías en Claudia?
—No completamente. —Diego fue directo.— Pero confío en que Salas puede revisar la estructura y decirme si hay razón para no confiar en el papel.
—¿Y en la persona?
—La persona es complicada. —Una pausa.— Pero las personas complicadas no son automáticamente personas en las que no se puede confiar.
Daniela lo miró.
—¿Lo aprendiste de alguien?
Diego la miró.
—De varios sitios —dijo. La misma respuesta de antes. —Pero sí.
Daniela sonrió.
Diego la miró con la comisura.
—¿Qué?
—Que llevas meses respondiendo de varios sitios pero sí cuando te pregunto de dónde aprendiste algo.
—Es verdad. —Diego la miró directamente.— ¿Quieres que sea más específico?
—No. —Daniela lo miró.— La respuesta ya es suficientemente específica.
Diego asintió.
Y en el sofá de Salamanca, con la noche de mayo entrando por la ventana y el calor temprano que no era verano todavía y Claudia y los seis meses y las tres semanas de Salas y todo lo que vendría después, había algo que era más tranquilo que todo eso.
La conversación.
El hecho de tenerla.
De que Diego contara lo que había pasado incluyendo la parte sobre Sofía y la sonrisa de Claudia y la hipótesis antigua que Daniela no conocía del todo pero que Diego había dejado que ella viera.
Sin esperar a que estuviera completo.
Sin calcular el momento.
Solo contándolo.
Porque habían acordado eso.
Y porque era lo que hacían ahora.
El jueves siguiente, Diego llamó a Daniela a las siete de la tarde.
—¿Estás en Vértice? —dijo.
—Saliendo en diez minutos.
—Espera en la puerta.
—¿Otra vez?
—Sí. —Una pausa.— El sitio de Chamberí tiene mesa libre.
Daniela dejó el abrigo a medias.
—¿Llamaste para reservar?
—Sí.
—¿Esta mañana o ahora?
—Esta mañana. —Pausa.— Sabía que iba a llamarte esta tarde pero no sabía exactamente cuándo.
Daniela lo procesó.
—Diego.
—¿Sí?
—¿Tienes el mapa?
Una pausa de cuatro segundos.
—Más del que tenía en abril. —Su voz, quieta.— Suficiente para enseñártelo.
Daniela miró el abrigo en su mano.
—Diez minutos —dijo.
—Bien.
El restaurante de Chamberí tenía la mesa de la ventana libre.
El dueño los reconoció del mes anterior. Los sentó sin preguntar.
Pidieron.
Llegó el vino.
Madrid afuera con el calor de mayo y la luz de las siete de la tarde que todavía duraba.
Diego no habló sobre el mapa de inmediato.
Comieron el primero. Hablaron del cliente de renovables que había mandado una propuesta de extensión del encargo. Del consejero independiente y el comité de auditoría que ya tenía su primera reunión programada.
Normal.
El tipo de normal que era el tejido real de lo que tenían.
Cuando llegó el segundo plato, Diego dejó los cubiertos.
Miró la ventana.
Miró a Daniela.
—El mapa —dijo.
—El mapa —confirmó Daniela.
Diego la miró directamente.
—Cuando dije en abril que quería una forma más permanente, no tenía todavía todo lo que necesitaba para decirlo completamente. —Pausa.— Ahora lo tengo.
—¿Qué tienes?
—Que Sofía sabe que existes y que eres real y que eso es lo que quiere.
—Diego habló despacio, con el orden correcto.
— Que el trabajo funciona en paralelo sin interferirse.
Que los sábados y los domingos de las nueve son la versión de esto que ya existe.
—Pausa.— Y que lo que falta es la parte de entre semana.
Daniela lo miró.
—¿La parte de entre semana?
—Los martes y los jueves y los lunes que no tienen nada especial. —Diego la miró.— Que son la mayor parte de la vida de cualquier persona y que ahora pasan en sitios separados con siete minutos entre medios.
Daniela lo miró.
Era el mapa.
Dicho de la manera de Diego: con los datos, con el orden, con la conclusión que se derivaba de los datos de manera lógica pero que tenía todo el peso de algo que había costado mucho llegar a decir.
—¿Me estás pidiendo que me mude? —dijo Daniela.
—Te estoy preguntando si querías. —Diego la miró directamente.— Si la dirección que dijiste que era correcta incluye ese paso o no.
Daniela miró la ventana.
Chamberí. La gente pasando. Un hombre con dos niños pequeños, uno en cada mano. Una mujer con un libro bajo el brazo que leía mientras caminaba.
Vida pasando.
La vida que uno elige.
Pensó en su piso en Malasaña. En el techo blanco que no tenía respuestas pero ya no las necesitaba dar. En la máquina de café mediocre de Vértice que era suya. En los siete minutos que había calculado en el metro sin decírselo durante semanas.
Pensó en el piso de Salamanca con los techos altos y la cocina donde había aprendido a hacer la salsa de tomate y el sofá donde Sofía había dicho una preferencia, no una petición.
Pensó en que quedarse era una decisión que tomaba activamente cada día.
Y que mudarse era una manera de dejar de tomar esa decisión cada día.
No porque la respuesta cambiara.
Sino porque no necesitaba seguir tomándola cada vez.
—Sí —dijo Daniela.
Diego la miró.
—¿Completamente?
—Completamente. —Pausa.— Con condiciones.
Diego levantó una ceja.
—¿Qué condiciones?
—Que la cocina es mía tanto como tuya. —Daniela lo miró directamente.
— Que los lunes por la noche hay noches de trabajo en silencio donde ninguno interrumpe al otro.
Que si Sofía viene, el cuarto de Sofía es de Sofía aunque esté vacío el resto del tiempo.
—Pausa.— Y que si algo no funciona lo decimos antes de que crezca.
Diego la miraba.
—¿Eso es todo?
—Por ahora. —Lo miró.— Las otras cosas las descubrimos cuando aparezcan.
Diego asintió.
—De acuerdo.
—¿Con todo?
—Con todo. —Sin pausa.— La cocina es tuya tanto como mía desde que encontraste el punto del ajo. —La comisura.— El lunes de trabajo en silencio ya existe. El cuarto de Sofía siempre fue de Sofía. Y lo de decir las cosas antes de que crezcan es lo que acordamos hace meses.
Daniela lo miró.
—¿Cuándo?
—¿Cuándo qué?
—¿Cuándo piensas que tiene sentido?
Diego lo pensó.
—Cuando quieras. —Pausa.— No hay un momento urgente. Pero tampoco hay razón para esperar si la dirección es correcta para los dos.
—No hay razón para esperar —confirmó Daniela.
Diego la miró.
—¿Julio?
—Julio es demasiado tarde.
—¿Junio?
—Junio es mejor.
—¿Principios o finales?
—Principios. —Daniela lo miró directamente.— Para que el verano sea desde el principio.
Diego asintió.
Y en la mesa de la ventana del restaurante de Chamberí, con Madrid afuera y el calor de mayo y la luz que duraba hasta las nueve, había algo que era el mapa prometido en abril.
No perfecto.
No completo en todos sus detalles.
Pero suficiente para caminar en la dirección correcta.
Que era la única manera en que los mapas eran útiles.
No para decirte exactamente qué vas a encontrar.
Sino para darte la dirección.
Y confiar en que lo demás se resuelve cuando aparece.