Capítulo 6
Mayo llegó con calor temprano.
Madrid en mayo con calor antes de tiempo tenía la calidad específica de algo que no estaba listo pero que había decidido llegar de todas formas.
Las terrazas llenas desde las seis. La gente con ropa de verano que todavía no era verano.
El Retiro con esa luz específica de cuando los árboles han terminado de ponerse verdes y todavía no han empezado a cansarse del calor.
Daniela lo notó desde la ventana de Vértice el primer lunes de mayo.
El mismo tipo de observación que en abril: la diferencia que llega despacio hasta que un día está ahí.
La primera semana de mayo Rodrigo llamó a Diego con una noticia que Diego le contó a Daniela esa noche.
Los tres meses de salida ordenada de Morales se completarían antes de lo previsto. Morales había acelerado el proceso. Sus cinco votos en el consejo habían pasado a independientes de manera formal la semana anterior, dos semanas antes del plazo que habían acordado.
—¿Por qué lo aceleró? —dijo Daniela.
—No lo sé. —Diego la miró.— Rodrigo dice que pidió una reunión con el primer consejero independiente la semana pasada. Sin Diego. Solo los dos.
—¿Sabes qué hablaron?
—No completamente. —Pausa.— El consejero me dijo que Morales había preguntado cómo podía ser útil en la transición.
Daniela lo procesó.
—¿Morales preguntó cómo ser útil?
—Sí.
—¿Lo crees?
Diego lo pensó.
—Creo que Morales tiene setenta años y lleva doce en esta empresa y que dejar algo sin ninguna forma de seguir conectado a ello es más difícil de lo que él mismo esperaba. —Pausa.— Y creo que la única manera en que puede seguir conectado a algo que ya no controla es siendo útil.
—¿Qué tipo de útil?
—No lo sé todavía. —Diego la miró.— Pero si hay una manera de que su salida deje algo positivo además de espacio libre, prefiero encontrarla.
Daniela lo miró.
Era una versión de Diego que no había existido hace un año. O que había existido pero debajo de capas que la situación no había permitido mostrar.
La versión que buscaba la salida que dejaba algo positivo.
No por generosidad abstracta.
Por pragmatismo: una empresa funciona mejor sin conflictos irresueltos en su historia.
—¿Le das esa conversación? —dijo Daniela.
—El consejero independiente le da esa conversación. —Pausa.— No yo todavía. Pero puede que en algún momento sí.
—¿Cuándo?
—Cuando el tiempo correcto llegue.
Daniela lo miró.
—¿Lo sabrás?
Diego la miró con la comisura.
—He aprendido a reconocer el tiempo correcto mejor que antes.
—¿De quién aprendiste?
—De varios sitios. —La miró directamente.— Pero principalmente de alguien que lleva meses enseñándome que las cosas que cuestan tiempo raramente se hacen mejor con prisa.
Daniela lo miró.
—Eso lo dije yo.
—Lo dijiste con tus acciones más que con tus palabras. —Pausa.— Que es como se aprende mejor.
A finales de la primera semana de mayo, Claudia Vega mandó un correo.
A Diego directamente esta vez. Con copia a Daniela.
Tres líneas:
Los seis meses terminan en tres semanas. El abogado tiene las opciones de sociedad estratégica que pedí en marzo. Cuando quieras verlas, dime.
Diego lo leyó en su despacho a las nueve de la mañana.
Se lo reenvió a Daniela con una línea: ¿Qué piensas?
Daniela respondió a los diez minutos: Que cumplió lo que dijo que haría. Y que las opciones de sociedad estratégica son diferentes a la adquisición que intentó. Vale la pena ver qué tiene.
¿Conmigo o sin mí?
Daniela tardó.
Contigo. Pero con Rodrigo también. Y con un abogado independiente que revise las estructuras antes de cualquier conversación.
¿Por qué independiente?
Porque Claudia es inteligente y las estructuras pueden parecer de una manera y ser de otra. —Pausa en el texto.— No porque no confíe en que cumple lo que dice. Sino porque confiar no es lo mismo que no verificar.
Diego tardó cinco minutos.
De acuerdo. Le digo que la semana que viene con abogado independiente y Rodrigo.
Bien.
Daniela.
¿Sí?
Lo que dijiste en la reunión con Claudia hace meses. Que hay versiones que todavía no vemos.
Sí.
Creo que esta es una de ellas.
Daniela miró el teléfono.
Puede ser. —Pausa.— Veremos.
Veremos, confirmó Diego.
La reunión con Claudia fue el miércoles de la segunda semana de mayo.
En el despacho de Diego. Con Rodrigo, el abogado independiente que se llamaba Salas y que llevaba el sector de infraestructuras desde hacía veinte años, y Claudia.
Daniela no estaba en la sala.
Había decidido no estar. No porque el encargo de Santaolalla Group hubiera terminado formalmente con la votación. Sino porque esta conversación era entre Diego y Claudia con el contexto correcto, y Daniela en la sala era el contexto equivocado.
Lo había hablado con Diego la noche anterior.
—No tienes que quedarte fuera —había dicho Diego.
—Lo sé. —Daniela lo había mirado.— Pero esta reunión es sobre la empresa y sobre una relación que tiene historia que yo no tengo. Mi presencia complica algo que no necesita ser complicado.
—¿Crees que Claudia lo usaría?
—No necesariamente. Pero el abogado independiente necesita ver solo la estructura. No los tres vértices del triángulo. —Pausa.— Cuéntame después.
Diego la había mirado.
—De acuerdo.
Diego llamó a las cuatro y cuarenta y siete.
—¿Cómo fue? —dijo Daniela.
—Bien. —Una pausa.— Diferente a lo que esperaba.
—¿Qué esperabas?
—Una propuesta de entrada en el consejo con lenguaje diferente. —Diego habló despacio.— Lo que trajo Claudia es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Una sociedad de financiación de proyecto específico. Sin asiento en el consejo. Sin participación en las decisiones operativas. —Pausa.— CV Capital pone capital para tres proyectos de infraestructura en el sur durante cinco años. Con retorno financiero pero sin control.
Daniela lo procesó.
—¿Solo capital?
—Solo capital con retorno. —Diego habló con la precisión de alguien que ha escuchado los detalles.— Salas dice que la estructura es limpia. No hay cláusulas de arrastre, no hay derechos de preferencia en futuras adquisiciones. —Pausa.— Es lo que dijo que sería: una sociedad estratégica sin control.
—¿Por qué lo haría? —dijo Daniela.— CV Capital necesita retorno para sus propios inversores. Una sociedad sin control no les da la prima de adquisición.
—No. Pero les da acceso a proyectos que de otra manera no conseguirían.
—¿El sur?
—Las concesiones en Cádiz y Almería que Santaolalla Group tiene en cartera para los próximos tres años.
—Diego la miró, aunque no pudiera verla.
— Son proyectos que necesitan capital adicional para ejecutarse en los plazos correctos.
CV Capital aporta ese capital y gana exposición a proyectos de infraestructura de primer nivel.
Daniela lo procesó.
—¿Lo que Claudia quería era el acceso, no el control?
—Salas cree que sí. —Pausa.— Lo que dice es que el perfil de inversor de CV Capital en los últimos dos años ha cambiado. Están moviéndose de adquisiciones a financiación de proyecto. Este encaja.
—¿Y lo de la empresa que no se puede corromper?
Diego tardó.
—Salas también lo notó. —Una pausa.— Dijo que hay inversores que buscan empresas con ese perfil específicamente porque el riesgo reputacional es menor. —Otra pausa.— Que puede ser el motivo real o puede ser una racionalización posterior. No lo sabe todavía.
—¿Tú qué crees?
Diego la miró desde su despacho.
—Creo que Claudia es exactamente lo que siempre fue: alguien que quiere lo que quiere y encuentra la manera de justificar que lo que quiere es también lo correcto. —Pausa.— Que no lo hace falso. Solo lo hace más complicado.
Daniela lo procesó.
—¿Lo aceptas?
—No todavía. Salas necesita tres semanas para revisar las estructuras en detalle. —Pausa.— Y yo necesito pensar si quiero a Claudia Vega en cualquier forma en mi empresa.
—¿Aunque sea solo capital?
—Aunque sea solo capital. —Diego habló despacio.— El dinero viene con historia. Y la historia de Claudia y yo es larga.
—Sí. —Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.— ¿Habláis? Tú y ella. En la reunión.
—Algo. —Pausa.— Fue profesional. Sin el peso de las semanas anteriores.
—¿Cómo se veía?
Diego tardó en responder.
—Como alguien que llegó a un acuerdo consigo misma sobre lo que podía y no podía obtener. —Una pausa.— Y que decidió que lo que podía obtener era suficiente.
Daniela lo procesó.
—¿Crees que es verdad?
—Creo que es verdad ahora. —Pausa.— Lo que ocurra en cinco años cuando los proyectos terminen, no lo sé.
—¿Y puedes vivir con esa incertidumbre?
Diego lo pensó.
—Puedo vivir con incertidumbre controlada. —Pausa.— La estructura que Salas revisa tiene mecanismos de salida. Si algo cambia, hay salidas limpias.
—¿Eso es suficiente?
—Es lo máximo que existe en cualquier acuerdo a cinco años. —Diego la miró.— Nadie puede garantizar lo que pasa en cinco años.
—No. —Daniela lo miró.— Pero puedes elegir con quién atraviesas los cinco años.
Diego procesó eso.
—Sí.
—¿Lo elegirías?
—Todavía no lo sé. —Su voz, honesta.— Por eso tengo tres semanas.
—De acuerdo. —Pausa.— Diego.
—¿Sí?
—Esta noche cuéntame el resto. Lo que no es sobre la estructura.
—¿Qué parte?
—La de Claudia. Cómo fue verla después de todo esto.
Diego tardó.
—A las ocho —dijo.
—A las ocho.
Esa noche, en el sofá de Salamanca, Diego le contó.
No la estructura. Eso era para Salas y para las tres semanas.
Le contó lo otro.
Que Claudia había llegado con la misma exactitud de siempre, sin afectación y sin frialdad estudiada. Que la reunión había empezado con la presentación de la propuesta y que durante la mayor parte del tiempo había sido exactamente eso: una propuesta de negocios.
Y que al final, cuando Salas y Rodrigo habían salido a revisar unos papeles y habían quedado solos un momento, Claudia había dicho algo que Diego no esperaba.
—¿Qué dijo? —dijo Daniela.
—Que esperaba que Sofía estuviera bien. —Diego lo dijo despacio.— Así. Sin contexto. Sin que hubiera ninguna razón para que lo dijera.
Daniela lo miró.
—¿Cómo supo de Sofía?
—Siempre lo supo. La conoció cuando tenía tres años, antes de que Claudia desapareciera de nuestra órbita. —Pausa.— Pero que lo dijera ahora, en esa reunión, fue inesperado.