El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Abril llegó con más luz.

Madrid en abril tenía la cualidad específica de las ciudades que llevan el invierno bien y saben que ya terminó: la gente en las terrazas antes de que haga calor suficiente para justificarlo, las flores en el Retiro que nadie había pedido pero que aparecían de todas formas, los días que se alargaban en los dos extremos sin que nadie lo decidiera.

Daniela lo notó desde la ventana de Vértice el primer lunes de abril.

Más luz a las ocho de la mañana.

Más luz a las siete de la tarde.

El tipo de cambio que ocurre tan despacio que un día uno mira y ya es diferente.

Las semanas de abril tuvieron una textura diferente a las de marzo.

No porque los problemas hubieran desaparecido. Seguían existiendo: Morales en proceso de retirada ordenada, Claudia con los seis meses avanzando, el consejo con la nueva configuración que todavía estaba aprendiéndose a sí misma.

Pero la textura era diferente porque el peso era diferente.

El peso de defender había cedido.

Lo que quedaba era el peso de construir.

Que era más ligero aunque requiriera más trabajo.

Vértice creció.

No dramáticamente: con la solidez discreta de algo que se hace bien.

El cliente de energía renovable firmó el contrato completo en la segunda semana de abril.

Sinergia mandó tres nuevas preguntas sobre el encargo, lo que en el lenguaje de Patricia Valls significaba que el encargo avanzaba bien.

Y dos clientes nuevos llegaron a través de referencias del sector, los dos mencionando el artículo del Confidencial como parte de por qué habían llamado.

Isabel lo dijo una mañana, sin dramatismo:

—El artículo de Morales nos hizo daño en tres días. El artículo del Confidencial nos ha traído dos clientes en dos semanas.

—No es un intercambio justo —dijo Daniela.

—No. —Isabel la miró.— Es mejor que un intercambio justo.

Santaolalla Group tuvo su primera reunión del consejo completo de la nueva configuración en la tercera semana de abril.

Sin Morales en posición de bloquear.

Sin Monreal.

Con los tres independientes que habían cambiado su voto.

Diego le contó esa noche en el sofá de Salamanca: había sido una reunión de trabajo. Sin drama, sin la carga de meses anteriores. El primer consejero había hecho una pregunta sobre la expansión en Málaga. El tercero había propuesto un comité de auditoría con criterios nuevos.

Trabajo real.

El tipo que construye.

—¿Cómo estuvo Morales? —dijo Daniela.

—Presente. —Diego bebió.— Sin intervenir más de lo necesario. —Pausa.— Es una versión de él que no había visto antes.

—¿Más pequeña?

—Más apropiada. —Diego la miró.— Hay una diferencia.

Daniela lo procesó.

—¿Crees que se queda así?

—Los tres meses son los tres meses. —Pausa.— Después, no lo sé. Pero estos dos primeros meses ha cumplido lo que acordó.

—¿Te sorprende?

—Un poco. —Diego fue honesto.— Esperaba más resistencia pasiva.

—¿Por qué no hay?

Diego lo pensó.

—Porque reconoció que se había equivocado. —Una pausa.— Y reconocer eso en voz alta, aunque sea solo con la persona que tenía enfrente, cambia algo en cómo uno se comporta después.

Daniela lo miró.

—¿Lo aprendiste de alguien?

Diego la miró.

—De varios sitios. —Pausa.— Pero sí.

Daniela no preguntó más.

No hacía falta.

Los sábados con Sofía encontraron su ritmo.

No todos los sábados: Sofía tenía su vida en Barcelona y sus cosas y el chico de trece años que Daniela y Diego habían acordado tácitamente no nombrar hasta que Sofía lo nombrara.

Sofía lo nombró en la tercera semana de abril.

No directamente. A través de una pregunta que era en realidad una información.

—¿Cómo sabe uno si algo que empieza es algo real o solo algo que parece real? —dijo Sofía, con el libro abierto en el regazo y la vista en el techo.

Daniela estaba en el sofá a su lado. Diego en el sillón frente a ellas con el periódico.

Diego bajó el periódico.

Miró a Daniela.

Daniela miró a Sofía.

—¿Hay un contexto específico para la pregunta? —dijo Daniela.

Sofía consideró.

—Hay alguien en el instituto —dijo al final, con la precisión de alguien que ha decidido que la evasión es menos eficiente que la directness.— Y no sé si lo que parece es lo que es.

—¿Qué parece?

—Que le importo. —Sofía no bajó la voz.— Pero a veces las personas actúan como si algo les importara cuando en realidad lo que les importa es otra cosa.

—¿Cómo lo distingues? —dijo Daniela.

—Eso es lo que pregunto.

Daniela lo pensó.

—No siempre puedes distinguirlo desde fuera. —Pausa.— Pero hay señales. Si alguien te trata igual cuando nadie mira que cuando todos miran, eso dice algo.

Sofía lo procesó.

—¿Qué dice?

—Que no es para la audiencia. —Daniela la miró.— Que es real.

Sofía pensó durante un momento.

—¿Y si no sabes cómo se comporta cuando nadie mira?

—Entonces todavía no tienes suficiente información para decidir.

—¿Cuánta información es suficiente?

—Esa es una pregunta que cada persona responde diferente. —Daniela la miró directamente.— Pero generalmente es más de la que tenías cuando te preguntaste si era real.

Sofía lo consideró.

—Eso es una respuesta circular.

—Un poco. —Daniela sonrió.— Pero es lo más honesto que tengo.

Sofía miró a Diego.

—¿Tú qué dices?

Diego dejó el periódico completamente.

—Digo que Daniela tiene razón. —Pausa.— Y que las personas que valen la pena son consistentes. No perfectas. Consistentes.

—¿Cuál es la diferencia?

—Perfectas significa que nunca fallan. —Diego la miró.— Consistentes significa que cuando fallan, el patrón general sigue siendo el mismo.

Sofía procesó eso durante varios segundos.

—De acuerdo. —Bajó los ojos al libro.— Es información útil.

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Diego.

Y en el salón de Salamanca ese sábado de abril, con la pregunta respondida y Sofía procesando y el sol de la tarde entrando por la ventana, había algo que era más que lo que se había dicho.

Era los dos siendo exactamente lo que habían descrito.

Consistentes.

No perfectos.

Consistentes.

La última semana de abril, Diego llamó a Daniela a las seis de la tarde de un martes.

No desde casa. Desde el coche, se notaba por el ruido del tráfico de fondo.

—¿Estás en Vértice? —dijo Diego.

—Saliendo ahora. —Daniela cogió el abrigo.— ¿Pasa algo?

—No. —Pausa.— ¿Puedes esperar en la puerta?

—¿Me estás recogiendo?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para que comamos fuera. —Otra pausa.— Sin que sea el italiano de Chueca.

Daniela se detuvo con el abrigo a medias.

—¿Dónde?

—Un sitio nuevo. —Una pausa.— Que encontré yo.

Daniela lo procesó.

Diego encontrando un restaurante sin la ayuda de Carmen era información en sí misma.

—Cinco minutos —dijo.

—Bien.

El restaurante estaba en Chamberí.

Pequeño, con las paredes de ladrillo visto y la luz cálida y baja de los sitios que no necesitan convencer a nadie de que son buenos. El tipo de lugar que lleva décadas en la misma dirección porque hace una cosa bien y no intenta hacer más.

El camarero los sentó en una mesa de la ventana.

Diego pidió vino sin mirar la carta.

Daniela lo miró.

—¿Cuántas veces has estado aquí?

—Una. Esta mañana, a comer solo. —Diego dejó la carta.— Para saber si valía la pena traerte esta noche.

Daniela lo miró.

—¿Y valía?

—Sí.

—¿Qué tiene de especial?

—La cocina es buena. —Pausa.— Y tiene una mesa de la ventana que da a la calle y que el dueño reserva para las personas que necesitan ver Madrid mientras hablan.

Daniela miró la ventana.

Chamberí de tarde. La gente pasando, los niños con mochilas, una pareja mayor con bolsas del mercado. Madrid completamente indiferente a los que la miraban desde dentro.

—¿Para qué necesitamos ver Madrid mientras hablamos?

Diego la miró.

—Porque lo que quiero decirte esta noche merece el sitio correcto. —Pausa.— Y el sitio correcto no es el sofá ni el despacho ni el italiano de Chueca que ya tiene demasiada historia.

Daniela lo miró.

Era la frase más larga y más deliberada que Diego había dicho sobre el contexto de una conversación en todos los meses que llevaban juntos.

Lo que significaba que la conversación era importante.

Del tipo de importante que requería preparación aunque no de guión.

El vino llegó.

Brindaron sin decir nada, que ya era su manera.

Pidieron.

Comieron el primero con conversación de trabajo, que era siempre el puente hacia las otras cosas: el cliente de renovables que había hecho una pregunta interesante esa mañana, el segundo consejero independiente que había mandado un correo sobre el comité de auditoría propuesto por el tercero.

Normal.

El tipo de normal que llevaban semanas construyendo.

Cuando llegó el segundo plato, Diego dejó los cubiertos un momento.

Miró la ventana.

Luego a Daniela.

—Las preguntas que dije que haría cuando tuviera las respuestas —dijo.

Daniela se quedó quieta.

—Sí.

—Tengo la última. —Diego la miró directamente.— O el principio de ella.

—¿Cuál es?

Diego la miró durante un momento.

Con la expresión más limpia de todas las que tenía. Sin capas. Sin la temperatura construida. Sin nada entre lo que sentía y ella.

—¿Qué sería para ti —dijo Diego— que lo que hay entre nosotros tuviera una forma más permanente?

Daniela no respondió de inmediato.

No porque no entendiera la pregunta.

Sino porque la pregunta era exactamente tan grande como parecía y merecía el tiempo correcto.

—¿Qué tipo de forma? —dijo al fin.

—No lo tengo completamente definido todavía.

—Diego habló despacio.— Por eso dije que era el principio.

—Pausa.— Pero en términos de dirección: compartir más espacio.

Que lo que construimos sea en el mismo sitio de manera más constante.

—Otra pausa.— Sofía sabe que existes y que eres real.

Rodrigo y Carmen y Marta lo saben. Isabel lo sabe.

—Pausa.— Lo que no existe todavía es que lo que somos tenga una estructura que no dependa solo de los sábados y de las noches cuando ninguno de los dos tiene urgencia.

Daniela lo miró.

Era Diego preguntándole si quería vivir juntos.

No con esas palabras todavía. Pero eso era.

Compartir más espacio. En el mismo sitio de manera más constante.

Diego, que no decía las cosas a medias, diciéndola a medias porque todavía era el principio y quería ver qué hacía ella con el principio antes de llegar al resto.

Daniela miró la ventana.

Madrid pasando. La pareja mayor con las bolsas del mercado que ya no estaba. Un hombre con un perro. Una mujer con un carrito de niño.

Vida pasando.

La vida que uno elige.

—¿Cuándo lo tienes más definido? —dijo Daniela.

Diego la miró.

—¿Cuándo quieres que lo tenga?

—No es una pregunta que tenga respuesta de mi parte. —Daniela lo miró directamente.— Es tuya.

—Ya. —Diego la miró.— ¿Y la tuya?

—La mía es que la dirección me parece correcta. —Pausa.— El mapa todavía no lo veo del todo, que es lo que llevo diciendo desde el principio. Pero la dirección sí.

Diego asintió.

—¿Cuándo lo viste por primera vez? —dijo.

—¿La dirección?

—Sí.

Daniela lo pensó.

—Cuando elegí Vértice en Salamanca. —Pausa.— Antes de que hubiera ninguna conversación sobre formas permanentes. Antes de que supieras lo de los siete minutos. —Otra pausa.— La dirección existía antes de que ninguno de los dos la nombrara.

Diego la miró.

—¿Eso es un sí?

—Es un la dirección es correcta y cuando tengas el mapa me lo cuentas. —Daniela lo miró.— Que no es un no.

Diego procesó.

La comisura de su boca.

—¿Cuándo has dicho no a algo que era correcto?

—Nunca. —Daniela lo miró directamente.— Por eso funciona como respuesta.

Diego la miró durante un momento.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo con qué?

—Con que cuando tenga el mapa te lo cuento. —Pausa.— Y con que la dirección es correcta.

—Sí.

—Los dos.

—Los dos —confirmó Daniela.

Siguieron cenando.

Con Chamberí afuera y el vino y la mesa de la ventana que el dueño reservaba para las personas que necesitaban ver Madrid mientras hablaban.

Y Madrid completamente indiferente.

Como siempre.

Que era exactamente lo correcto.

El domingo anterior, cuando Diego había llevado a Sofía a Atocha para el AVE de las doce, Sofía había dicho algo justo antes de entrar al andén.

Había parado. Se había girado.

—Papá.

—¿Sí?

—La semana que viene, cuando vuelva. —Sofía tenía la mochila colgada y el libro en la mano y la expresión de las cosas importantes dichas sin dramatismo.— ¿Va a estar Daniela?

—Si quieres que esté, probablemente sí.

—Quiero que esté. —Pausa.— Pero no por el sábado.

Diego la miró.

—¿Por qué entonces?

Sofía lo pensó durante el tiempo que necesitaba para las decisiones que importaban.

—Porque el domingo por la mañana con los tres es diferente al sábado con los tres. —Pausa.— El sábado es cuando todos están en modo visita. El domingo por la mañana es cuando nadie está en modo nada.

—¿Y prefieres el domingo por la mañana?

—Prefiero cuando nadie está en modo nada. —Sofía lo miró directamente.— Eso dice más sobre cómo son las cosas que cualquier otra cosa.

Diego la había mirado.

—¿Qué te dice?

Sofía lo había pensado.

—Que es real. —Pausa.— Que no es para la audiencia.

Y había entrado al andén antes de que Diego pudiera decir nada más.

Diego se había quedado en la zona de espera de Atocha con esa frase.

Que es real. Que no es para la audiencia.

Las mismas palabras que Daniela le había dicho a Sofía sobre cómo distinguir si algo era real.

Devueltas.

Con doce años y el AVE de las doce y la mochila del tamaño medio.

Diego había vuelto al coche.

Y había pensado en el restaurante de Chamberí que había encontrado esa mañana por casualidad, caminando por un barrio al que rara vez iba, pasando por delante de un sitio que tenía la luz correcta y una mesa de la ventana que daba a la calle.

Y había entrado a comer solo para saber si valía la pena.

Y había valido.