El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Y algo más: una bolsa pequeña de una pastelería de Barcelona.

—Los traje yo —dijo Sofía, entregando la bolsa a Daniela.— Son de chocolate. La dependienta dijo que eran los mejores de Barcelona pero yo no tengo referencia para comparar porque no conozco todos los de Barcelona.

Daniela cogió la bolsa.

La miró.

Miró a Sofía.

—¿Por qué los trajiste tú?

—Porque el sábado pasado los trajo Daniela y el anterior también. —Sofía colgó el abrigo con la eficiencia de siempre.— Me pareció que la distribución de quién trae el postre era desigual.

Daniela la miró.

Diego la miró desde la cocina con la comisura.

—La lógica es deductiva —dijo Daniela.

—Exactamente. —Sofía fue al salón con el libro.— La cena en una hora, papá.

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Diego.

—Sofía —dijo Diego.

—¿Sí?

—Gracias.

—De nada. —Sofía abrió el libro.— Pero que conste que no sé si son los mejores de Barcelona. La dependienta podría estar exagerando.

—Lo comprobaremos —dijo Daniela.

—Bien. —Sofía pasó una página.— Eso es lo correcto.

La cena fue Daniela haciendo la pasta.

Con la salsa de tomate. Noventa minutos que habían empezado antes de que llegara Sofía porque Daniela había calculado el tiempo correctamente, lo que no había pasado la primera vez pero era el resultado de haber hecho la salsa cuatro veces en las últimas semanas.

Diego a su lado. No ayudando: presente. Con el vino y la atención tranquila de siempre.

Sofía en el taburete de la barra con el libro abierto y los ojos entre las páginas y la cocina en proporción variable dependiendo de qué estaba pasando en cada momento.

—El ajo —dijo Sofía a las seis y cuarenta y dos.

—Lo sé —dijo Daniela.

—¿Lo tienes?

—Lo tengo.

—Bien. —Sofía volvió al libro.

Diego miró a Daniela.

Daniela no lo miró porque estaba mirando el ajo en el punto correcto.

Pero sonrió.

Sola.

Con el ajo y la salsa y Sofía y Diego y la cocina de Salamanca y el sábado entero por delante.

Y pensó que esto era exactamente lo que había elegido.

No la ausencia de dificultad.

No la garantía de que todo saldría bien.

Sino esto: el ajo en el punto correcto y alguien que lo notaba y un sábado que era simplemente un sábado.

Que era todo.

Después de cenar, Sofía fregó los platos.

Diego y Daniela en el salón con el café y los chocolates de Barcelona que resultaron ser buenos aunque no verificablemente los mejores porque la referencia era insuficiente.

A las diez, Sofía apareció en el umbral del salón.

Se quedó de pie con las manos en los bolsillos, que era su postura de las cosas importantes aunque nunca lo admitiera directamente.

—Papá —dijo.

—¿Sí?

—¿Le preguntaste si se queda a dormir o lo doy por hecho?

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Sofía.

—¿Quieres que me quede? —dijo Daniela.

Sofía lo pensó con la deliberación de tres días que usaba para las decisiones que importaban.

—Sí. —Una pausa.— Pero que conste que es una preferencia, no una petición. La diferencia es importante.

—¿Por qué? —dijo Daniela.

—Porque una petición implica que necesito que te quedes. Una preferencia implica que me alegra que te quedes pero que puedo con cualquiera de las dos opciones. —Sofía los miró a los dos.— Quiero que sepáis que puedo con las dos opciones.

—Lo sabemos —dijo Diego.

—Bien. —Sofía fue hacia el pasillo.— Buenas noches. Mañana el desayuno a las nueve porque el AVE es a las doce y necesito tiempo para hacer la mochila.

—A las nueve —confirmó Daniela.

Sofía desapareció.

Diego miró a Daniela.

—Doce años —dijo.

—Doce años —confirmó Daniela.

Y en el sofá de Salamanca, con los chocolates de Barcelona y el café y Sofía en el cuarto del fondo y Madrid afuera y la semana larga detrás, había algo que era más quieto que todo lo anterior.

La preferencia, no la petición.

Que Sofía podía con las dos opciones.

Pero que prefería que Daniela se quedara.

Lo que significaba mucho.

Viniendo de alguien que distinguía entre las dos cosas.

El domingo a las nueve menos cinco, Sofía salió de su cuarto con el pelo recogido y el libro nuevo en la mano y la expresión de alguien que ha dormido bien y está lista para el día.

Encontró a Daniela en la cocina con los huevos ya en la sartén y Diego con el café.

Sofía miró los huevos.

Miró a Daniela.

—¿Con queso? —dijo.

—Con queso.

—Bien. —Sofía se sentó en el taburete.— Los huevos sin queso son una versión incompleta de los huevos con queso.

—Eso es discutible —dijo Diego.

—No es discutible. Es un hecho. —Sofía abrió el libro.— El queso añade textura y grasa que equilibra la proteína del huevo. Es química básica.

Diego miró a Daniela.

Daniela lo miró a él.

La comisura de los dos al mismo tiempo, que era ya un lenguaje propio, un código que había aparecido solo con el tiempo.

—¿Desde cuándo sabes química? —dijo Diego.

—Desde que empezamos el tema en el instituto. —Sofía pasó una página.— Es interesante. El mundo tiene más sentido cuando entiendes por qué las cosas son como son.

—¿Todo el mundo? —dijo Daniela.

—La mayoría. —Sofía levantó la vista del libro.— Hay cosas que no tienen explicación química. Pero pocas.

—¿Cuáles?

Sofía lo pensó.

—Por qué algunos libros son buenos aunque tengan problemas de estructura. —Pausa.— Y por qué algunas personas encajan aunque sean muy diferentes.

Diego y Daniela no respondieron.

Sofía bajó los ojos al libro.

—Los huevos huelen bien —dijo.

—Gracias —dijo Daniela.

Desayunaron los tres con el sol de domingo y Madrid despertándose y la mochila a medio hacer en el cuarto de Sofía y el AVE a las doce.

Y Daniela pensó que no había explicación química para esto.

Para el domingo de las nueve con los huevos con queso y Sofía con el libro y Diego con el café.

Pero que tampoco la necesitaba.

Solo necesitaba existir.

Y existía.

Completamente.