El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Diego no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo fue despacio, con el peso de alguien que recibe algo que no había pedido pero que necesitaba recibir.

—Lo intento —dijo.

—Lo eres. —Daniela lo miró directamente.— No lo intentas. Lo eres.

Diego la miró durante un momento.

—Gracias —dijo.

Solo eso.

Pero era suficiente.

Sofía llegó a las siete menos diez con un libro en la mano y la expresión de alguien que ha pasado una tarde bien sin necesitar explicarlo del todo.

Diego y Daniela estaban en la cocina.

Sofía dejó la mochila. Dejó el libro en la mesita del salón. Fue a la cocina.

—Huele bien —dijo.

—Pasta —dijo Diego.— La versión larga esta vez.

Sofía lo miró.

—¿Noventa minutos?

—Empezó a las cinco y media.

Sofía procesó.

—¿Por alguna razón especial?

—Porque es sábado —dijo Diego.— Y porque algunos sábados son más que normales sin ser especiales.

Sofía lo miró durante un segundo.

—De acuerdo. —Fue a lavarse las manos.— ¿Puedo poner la mesa?

—Sí.

Puso la mesa con la eficiencia de siempre, los tres cubiertos, las tres copas, el pan en el centro.

Cenaron.

Sofía habló del libro que había comprado. Un thriller de espionaje, diferente al que había leído en el AVE pero del mismo autor. Marcos tenía dos libros del mismo autor y le había explicado por qué eran mejores que la media.

—¿Cómo lo explicó? —dijo Daniela.

—Con argumentos específicos. No solo son buenos. Con razones. —Sofía pinchó la pasta.— Me gustó eso.

—¿Qué te gustó?

—Que no dijo son buenos porque sí. Dijo por qué son buenos. —Pausa.— La gente que puede decir por qué piensa lo que piensa es más interesante que la que solo sabe que lo piensa.

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Diego.

El código de la comisura.

—¿Qué? —dijo Sofía.

—Nada —dijeron los dos.

Sofía los miró con la expresión de siempre.

—Paráis de hacer eso —dijo.— Mirarme y luego miraros como si hubiera algo que no decís.

—Es que hay cosas que no decimos —dijo Daniela.

—¿Por qué?

—Porque no hacen falta en voz alta.

Sofía lo procesó.

—De acuerdo. —Volvió a la pasta.— Pero que conste que lo noto.

—Lo sabemos —dijo Diego.

—Bien.

Y la cena continuó con la salsa de noventa minutos y Sofía con el libro nuevo y el sábado que era más que normal sin ser especial y Madrid afuera completamente indiferente.

Las semanas siguientes de junio establecieron el ritmo.

Los lunes de trabajo en silencio. Los miércoles donde Diego llegaba antes y había algo en la cocina cuando Daniela volvía de Vértice. Los viernes donde a veces salían y a veces no y ninguna de las dos opciones necesitaba justificarse.

Los fines de semana alternos con Sofía: cuando venía, el sábado tenía su estructura propia. Cuando no venía, el fin de semana era de otra textura: más quieto, más solo entre los dos, con la calidad específica de los días sin estructura que Diego estaba aprendiendo a habitar.

Cada vez mejor.

Rodrigo la planta creció tres centímetros en junio, lo que Sofía documentó con una foto y mandó por mensaje con el comentario evidencia de que el sitio es correcto.

Carmen vino una vez a recoger unos documentos y al ver la distribución de la librería dijo, con la neutralidad de siempre, que los libros estaban bien organizados. Lo que en el lenguaje de Carmen equivalía a una aprobación formal.

Marta llamó a Diego un martes para hablar del puente de Asturias y al final de la llamada preguntó cómo iba todo. Diego dijo que bien. Marta dijo que se notaba. Diego preguntó qué se notaba. Marta dijo que nada específico, solo que se notaba.

Diego le contó eso a Daniela esa noche.

Daniela lo miró.

—¿Qué crees que se nota?

—No lo sé. —Diego lo pensó.— Quizás que no llego a las reuniones con el peso de las últimas semanas.

—¿Eso se nota?

—Marta lleva dieciocho años. —La miró.— Marta nota todo.

—Como Sofía.

—Como Sofía. —La comisura de su boca.— Aunque por razones diferentes.

—¿Cuáles son las razones de Marta?

—Marta nota porque ha visto suficientes versiones del mismo problema en personas diferentes para reconocer cuándo alguien llegó al otro lado de algo. —Diego la miró.— Sofía nota porque presta atención a las cosas que los demás deciden no nombrar todavía.

—¿Y tú? —dijo Daniela.— ¿Qué notas?

Diego la miró.

—Que el piso suena diferente cuando estás. —Pausa.— No porque hagas ruido. Sino porque hay alguien más. —Otra pausa.— Y que eso es exactamente lo que le faltaba sin que yo supiera que le faltaba.

Daniela lo miró.

Era de Diego: preciso, sin adorno, con todo el peso de lo que significaba dicho de la manera más simple posible.

—Diego.

—¿Sí?

—Yo también. —Pausa.— El piso de Malasaña era mío. Pero el silencio de los martes era el tipo que no se elige. —Otra pausa.— Este es diferente.

—¿Cómo?

—El silencio de los lunes aquí lo elegimos. —Daniela lo miró directamente.— Esa diferencia lo cambia todo.

Diego asintió.

Y en el piso de Salamanca en junio con el calor de verano entrando por las ventanas y Rodrigo la planta creciendo y la librería con sus secciones y los lunes de trabajo en silencio elegido, había algo que era lo que Diego había buscado sin saber que lo buscaba.

Presencia.

No la ausencia de soledad.

Presencia.

De alguien que había elegido estar.

A finales de junio, llegó la respuesta de Salas sobre la propuesta de Claudia.

La estructura era limpia. Los mecanismos de salida existían. El capital era real y el retorno esperado era razonable para las dos partes.

Diego lo leyó dos veces.

Le mandó a Daniela una línea: Salas dice que es sólido. ¿Qué piensas?

Daniela respondió desde Vértice: Que en seis meses cumplió todo lo que dijo. Que la estructura tiene salidas limpias. —Pausa en el texto.— Y que la decisión es tuya.

¿La mía?

La empresa es tuya. Claudia es tu historia. Yo tengo opinión pero la decisión es tuya.

Diego tardó diez minutos.

Mi opinión es que sí. Con las salidas claras y la revisión anual que Salas propone.

¿Por qué sí?

Porque los proyectos del sur necesitan el capital. Porque Claudia cumplió. Y porque llevar veinte años creyendo que lo que construí no se puede comprar y seguir creyéndolo requiere a veces demostrar que tampoco se puede dañar desde adentro.

Daniela lo procesó.

¿Eso es lo que quieres demostrar?

No demostrar. Confirmar. —Pausa.— Para mí.

De acuerdo.

¿Estás bien con eso?

Daniela lo pensó.

Estoy bien con cualquier decisión que tomes con los ojos abiertos. —Pausa.— Y esta lo está.

Bien.

Diego llamó a Claudia esa tarde.

Le dijo que sí.

Con las condiciones de Salas.

Con la revisión anual.

Claudia dijo de acuerdo.

Sin más. Sin el peso de los meses anteriores ni la carga de la historia larga.

Solo de acuerdo.

Como dos personas que han llegado a un punto donde el acuerdo es posible porque el camino que les llevó hasta él fue honesto aunque fuera complicado.

Diego le contó a Daniela esa noche.

Daniela escuchó.

—¿Cómo fue? —dijo.

—Corto. —Diego lo pensó.— Más corto de lo que esperaba.

—¿Eso es bueno?

—Las conversaciones importantes a veces son cortas cuando la decisión ya estaba tomada antes de hacerla. —Pausa.— Solo faltaba decirla.

—¿Y Claudia?

—Claudia dijo de acuerdo. —Diego la miró.— Sin añadir nada más.

—¿Cómo lo tomaste?

—Como lo que era. —Pausa.— Una persona que llegó a donde podía llegar y decidió que era suficiente.

Daniela lo miró.

—¿Y para ti es suficiente?

Diego la miró.

—Para los proyectos del sur y para la empresa, sí. —Pausa.— Para todo lo demás, eso es otra historia que ya tuvo su tiempo.

—¿Tiene más tiempo?

—No necesita más. —Diego fue directo.— Ya tuvo el que necesitaba.

Daniela asintió.

Y eso fue todo sobre Claudia.

Lo que había empezado hacía muchos meses con un café de reevaluación terminó con un de acuerdo corto y una estructura con salidas limpias.