El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

El miércoles llegó con el artículo en la página tres de las búsquedas de Google.

Daniela lo comprobó a las siete de la mañana, antes del café, con el mismo impulso con que uno comprueba si sigue lloviendo aunque ya sepa que no puede hacer nada con esa información.

Página tres era bueno. El martes a las seis y cuarenta y tres había sido página uno.

En comunicación, la velocidad con que una historia caía en los resultados de búsqueda era el indicador más honesto de su vida útil real. El artículo de Morales no había tenido tracción suficiente para sostenerse en el primer puesto más de doce horas.

Eso decía algo.

La declaración de Vértice había ayudado. El consejero independiente que había hablado en la reunión de las cuatro, y que esa noche había mandado un correo breve a dos periodistas del sector corrigiendo el registro, había ayudado más.

Las noticias tenían la memoria corta cuando no las alimentaba nadie.

Daniela dejó el teléfono.

Hizo el café.

Pensó en el día que tenía por delante.

A las ocho y cuarto llegó un mensaje de Rodrigo.

Morales pidió reunión con Diego. Hoy a las once. Sin el consejo. Los dos solos.

Daniela lo leyó.

Lo reenvió a Diego con una línea: ¿Lo sabías?

La respuesta llegó en dos minutos: Me llamó hace veinte minutos. Acepté.

¿Quieres que prepare algo?

No. Esta conversación es diferente.

Daniela lo procesó.

Diferente. Diego usando esa palabra con la precisión de siempre: no no hace falta preparación sino diferente, que implicaba que la categoría de la conversación era otra.

¿Diferente cómo?

Tardó tres minutos.

Morales ya no tiene los votos. Ya no tiene a Monreal. La grabación existe. Los correos de Claudia existen. El artículo no funcionó como esperaba. — Pausa en el texto, Daniela lo supo porque los mensajes llegaban de uno en uno.— Lo que queda es ver qué quiere cuando no le queda nada que usar.

Daniela miró el teléfono.

¿Crees que quiere salir?

Creo que quiere salir con algo. —Pausa.— Que no es lo mismo que salir limpio.

¿Qué diferencia hay para ti?

Cinco minutos.

Que salir limpio es aceptable. Salir con algo depende del algo.

Daniela lo guardó.

Llámame cuando salga.

Lo hago.

A las nueve, Isabel convocó una reunión de equipo.

Vértice tenía ocho personas. Daniela, Isabel, cuatro consultores, una diseñadora, una persona de administración. El tipo de equipo pequeño donde todos saben lo que hace cada uno y donde un artículo con el nombre de la firma en el titular llegaba a todo el mundo al mismo tiempo.

Isabel habló primero.

—Todos visteis el artículo. —Sin preámbulo, sin suavizar.— La declaración de ayer es el registro correcto. El análisis es verificable. El proceso fue transparente. —Pausa.— Si algún cliente llama con preguntas, me las mandáis a mí antes de responder.

Nadie preguntó nada.

Lo que significaba que o no había preguntas o las preguntas no eran para decirse en esa sala.

Daniela lo notó.

Después de la reunión, cuando los demás salieron, Isabel cerró la puerta.

—Dos clientes llamaron esta mañana —dijo.

Daniela lo esperaba.

—¿Cuáles?

—El de tecnología del primer trimestre. Y Sinergia.

Daniela procesó.

Sinergia era el encargo nuevo. El que había aceptado después de la votación de marzo. El que Diego sabía que existía.

—¿Qué dijeron?

—El de tecnología preguntó si había algún problema que afectara al encargo actual.

Le dije que no y que la declaración de ayer era el registro completo.

Dijo que necesitaba pensarlo. —Isabel habló sin dramatismo, solo hechos.

— Sinergia fue más directo. Su directora de comunicación interina dijo que el artículo creaba una situación incómoda para ellos dado que son competencia de Santaolalla Group.

—¿Van a cancelar?

—No cancelaron. Dijeron que necesitaban una llamada esta semana.

Daniela miró la mesa.

Sinergia era el encargo que había aceptado pensando que después de marzo no habría conflicto de interés visible. El artículo había creado exactamente el conflicto que no existía antes.

—¿Quieres que hable yo con Sinergia? —dijo Daniela.

—Sí. —Isabel la miró.— Pero quiero que hables primero conmigo.

—De acuerdo.

Isabel se sentó.

—Daniela. El artículo no dañó la calidad del trabajo de Vértice. Pero creó una percepción que algunos clientes van a encontrar incómoda. —Pausa.— Eso es real independientemente de que el artículo fuera injusto.

—Lo sé.

—¿Cómo quieres gestionarlo?

Daniela lo pensó.

—Con honestidad. —Pausa.— Si Sinergia pregunta directamente sobre la relación con Diego, lo confirmo.

Con el contexto correcto: que el análisis de Santaolalla fue anterior al encargo de Sinergia, que no hay información privilegiada que cruce de uno a otro, y que si en algún momento creen que hay conflicto real pueden terminar el encargo sin coste.

—¿Estás dispuesta a ofrecerles eso?

—Si es necesario para que la relación de trabajo sea honesta, sí.

Isabel la miró durante un momento.

—¿Y si lo aceptan?

—Entonces no eran el cliente correcto para esta etapa. —Daniela lo miró.— Lo que no voy a hacer es fingir que la relación no existe para conservar un encargo. Eso es exactamente lo que el artículo intentó construir como narrativa y no voy a confirmarla yo misma siendo evasiva.

Isabel asintió despacio.

—De acuerdo. —Pausa.— La llamada con Sinergia la haces tú. Con lo que acabas de decirme.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy si tienen disponibilidad.

—Les digo a las cuatro.

—Bien.

Isabel se levantó.

En la puerta se detuvo.

—Daniela. —La miró.— Lo que dijiste. Que no vas a fingir que la relación no existe para conservar un encargo. —Pausa.— Eso dice algo sobre ti que no dice el artículo.

—¿Qué dice?

—Que tienes criterio sobre qué vale la pena proteger. —Isabel abrió la puerta.— Eso es lo que necesita Vértice a largo plazo. No los encargos que se van cuando hay ruido.

Salió.

Daniela se quedó en la sala de reuniones con la mesa vacía y el sol de mañana entrando por la ventana.

Pensó en lo que Isabel había dicho.

Criterio sobre qué vale la pena proteger.

Sí.

Eso era.

Y lo que valía la pena proteger no siempre era lo más cómodo de proteger.

Pero era lo correcto.

Y correcto y cómodo, Daniela lo había aprendido en los últimos meses, raramente eran lo mismo.

La reunión de Diego y Morales fue a las once.

No en el edificio de Santaolalla Group. En un restaurante neutral en el centro, el tipo de sitio donde las conversaciones importantes se tienen cuando ninguna de las partes quiere que la arquitectura del poder de uno sea el contexto de la otra.

Diego llegó primero.

Morales llegó con dos minutos de retraso, que para él era inusual y que Diego interpretó correctamente como información: Morales había llegado al restaurante antes que él y había esperado fuera para no ser el primero en sentarse.

Era el gesto de alguien que había calculado cada detalle de la última conversación que le quedaba con poder.

Se sentaron.

Pidieron café sin mirar la carta.

—Diego —dijo Morales.

—Ignacio.

Primera vez que Diego usaba su nombre de pila en meses. Morales lo notó.

—El artículo —dijo Morales.— No fue bien.

—No.

—Subestime al consejero independiente. —Morales lo dijo sin excusa en el tono.— Y subestime a Daniela Sánchez.

Diego no respondió.

—¿Sabes por qué filtré el artículo? —dijo Morales.

—Sí. —Diego la miró directamente.— Porque la negociación del lunes tenía un coste que querías reducir con un argumento alternativo. Si el artículo funcionaba, tenías más palanca. Si no funcionaba, perdías nada que no fueras a perder de todas formas.

Morales la miró.

—Subestime al consejero independiente —repitió.— Y a Daniela Sánchez. —Pausa.— Y a ti.

—¿En qué me subestimaste?

—En que pensé que defenderías el análisis o la relación. —Morales bebió el café.— No calculé que dejarías que los consejeros hablaran primero.

—Fue idea de Daniela.

—Ya lo sé. —Una pausa.— Por eso dije que la subestime.

Diego la miró.

—¿Para qué es esta reunión, Ignacio?

Morales dejó la taza.

Miró la mesa.

Luego a Diego.

Era la primera vez en doce años que Morales miraba a Diego sin la capa de posición encima. Sin el consejero, sin los votos, sin la estrategia a dos movimientos de distancia.

Solo un hombre de setenta años en un restaurante neutral un miércoles de marzo.

—Para decirte algo que debería haberte dicho hace años —dijo Morales.

Diego esperó.

—Me equivoqué. —Una pausa larga.— No en los métodos solamente. En el objetivo. —Otra pausa.— Pensé que la empresa necesitaba una dirección diferente. Que tú eras un obstáculo para lo que la empresa podía ser.

—¿Y?

—Y la empresa es lo que es porque tú la construiste como la construiste. —Morales habló sin dramatismo.— Los números de los últimos cinco años, la expansión, la reputación en el sector. No son resultado de lo que yo habría hecho. Son resultado de lo que hiciste tú.

Diego la miró.

—¿Me estás diciendo que estabas equivocado.

—Te estoy diciendo que lo reconozco. —Pausa.— Que no es lo mismo pero es lo que tengo.

Diego procesó.

—¿Qué quieres de esta reunión?

—Salir —dijo Morales simplemente.— Del consejo. De la empresa. Sin la CNMV mirando si es posible. —Pausa.— Y con el tiempo suficiente para que la salida no cree inestabilidad.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres meses. Retiro progresivo. Paso mis votos de consejo a independientes de manera ordenada. —Morales la miró.— Sin ruido.

Diego lo pensó.

No era lo que habría elegido hace seis meses. Hace seis meses habría querido algo más definitivo, más visible, la clase de resolución que deja claro quién ganó.

Pero Morales ya no tenía los votos ni la posición para hacer daño real. Y una salida ordenada era mejor para la empresa que un conflicto que se prolongara.

—Tres meses —dijo Diego.— Con condiciones.

—Dime.

—Los correos de Claudia y la grabación del lunes quedan en custodia de Rodrigo. No se usan si la salida es ordenada. —Pausa.— Si algo cambia, se usan.

—De acuerdo.

—Y Morales.

—¿Sí?

—El artículo. —Diego la miró.— No vuelve a ocurrir nada parecido.

Morales asintió.

—No volverá a ocurrir.

Lo dijo con la calma de alguien que ha tomado una decisión y ya no está calculando el siguiente movimiento.

Diego la creyó.