Capítulo 3 #2
No porque Morales fuera de fiar en abstracto.
Sino porque un hombre que ya ha reconocido que se equivocó tiene menos incentivo para seguir peleando lo que ya perdió.
Diego salió del restaurante a las doce y cuarto.
Llamó a Daniela.
Un tono.
—¿Cómo fue? —dijo ella.
—Bien. —Pausa.— Morales sale en tres meses. Ordenadamente.
Daniela soltó el aire.
—¿Lo crees?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque dijo algo que no esperaba que dijera. —Diego caminó hacia el aparcamiento.— Reconoció que se había equivocado en el objetivo, no solo en los métodos.
—¿Y eso lo hace creíble?
—Hace que no tenga incentivo para seguir. —Pausa.— Que no es lo mismo que creíble. Pero es suficiente.
Daniela lo procesó.
—Diego.
—¿Sí?
—¿Cómo estás tú?
Caminó un momento en silencio.
—Bien. —Pausa.— Del tipo que produce resolver algo que llevaba mucho tiempo sin resolverse. —Otra pausa.— No eufórico. Solo... ligero. Como cuando se quita algo de encima que uno no sabía exactamente cuánto pesaba hasta que ya no está.
Daniela lo entendió.
—Sí —dijo.— Ese tipo.
—¿A qué hora tienes la llamada con Sinergia?
—Las cuatro.
—¿Quieres hablar antes?
—No. —Pausa.— Esta conversación también es diferente. La tengo yo.
—De acuerdo.
—Diego.
—¿Sí?
—Esta noche cuéntame qué dijo exactamente Morales. El detalle. —Pausa.— No para el trabajo. Para entenderlo.
Diego tardó.
—¿Por qué quieres entenderlo?
—Porque Morales lleva doce años en tu empresa y doce años intentando algo que nunca funcionó. —Pausa.— Eso dice algo sobre él que todavía no entiendo del todo.
—¿Y te importa entenderlo?
—Me importa entender las cosas. —Una pausa.— Especialmente las que son complicadas por razones que no son solo estrategia.
Diego procesó.
—Esta noche —dijo.
—Esta noche.
Colgó.
La directora de comunicación interina de Sinergia Infraestructuras se llamaba Patricia Valls.
Cuarenta y tantos. Directa. Con la eficiencia de alguien que lleva semanas cubriendo un puesto que no era el suyo y ha aprendido a ir al grano porque el tiempo es limitado.
—Daniela. —Empezó sin preámbulo.— El artículo de ayer.
—Sí.
—Somos competencia directa de Santaolalla Group en tres licitaciones activas. —Patricia Valls habló con la precisión de los hechos.— Si Vértice tiene una relación con Diego Santaolalla que va más allá del encargo profesional, eso crea una situación que necesitamos entender.
—Entendida la preocupación. —Daniela habló despacio, con la misma directness.
— Hay una relación personal entre Diego Santaolalla y yo.
Es anterior al encargo de Sinergia. No cruza información privilegiada de una empresa a otra.
El trabajo de Vértice para Sinergia es completamente independiente de cualquier relación con Santaolalla Group.
—¿Puede garantizarlo?
—Puedo garantizar que el trabajo es independiente y que si en algún momento Sinergia cree que hay un conflicto real, pueden terminar el encargo sin coste. —Pausa.— Lo que no puedo hacer es fingir que la relación no existe para que la situación parezca más cómoda.
Silencio de tres segundos.
—¿Por qué no puede fingirlo? —dijo Patricia Valls. No con hostilidad. Con curiosidad real.
—Porque eso sería exactamente lo que el artículo intentó construir como narrativa: que hay algo que ocultar. —Daniela la miró aunque no pudiera verla.— No hay nada que ocultar. La relación existe. El trabajo es independiente. Esas dos cosas son verdad al mismo tiempo.
Otro silencio.
—El artículo dice que la relación no fue declarada en el proceso del análisis de Santaolalla Group.
—El artículo no refleja correctamente lo que pasó. —Daniela habló directamente.— La relación fue declarada explícitamente en la reunión con los consejeros independientes. El consejero que hizo la pregunta lo confirmó públicamente ayer.
—Lo vi. —Pausa.— Por eso llamo hoy y no ayer.
Daniela procesó eso.
Patricia Valls había esperado a ver la respuesta del consejero antes de llamar. Eso era alguien que verificaba antes de decidir.
—¿Qué necesita Sinergia para seguir adelante con el encargo? —dijo Daniela.
—Que lo que me estás diciendo ahora esté por escrito. Sin lenguaje legal. En términos claros. —Pausa.— Y que si en algún punto del encargo hay una situación donde la independencia se vea comprometida, me lo dices antes de que yo lo descubra.
—De acuerdo.
—¿Cuándo puedes tener el documento?
—Mañana por la mañana.
—Perfecto. —Patricia Valls habló con la eficiencia de quien ha cerrado lo que necesitaba cerrar.— Daniela. Una cosa más.
—Dime.
—El artículo intentó usar tu relación para desacreditar el análisis. —Una pausa.— El análisis que convenció a tres consejeros independientes de cambiar su voto es un buen análisis. Eso es independiente de todo lo demás.
—Sí.
—Lo digo porque en este sector la gente habla. —Pausa.— Y lo que se está diciendo no es lo que dice el artículo. Es que Vértice hizo un análisis sólido en una situación difícil y no cedió cuando hubo presión.
Daniela lo procesó.
—¿Eso se está diciendo?
—En los círculos correctos, sí. —Patricia Valls habló con algo que no era exactamente calidez pero se le acercaba.— Mañana el documento. Y seguimos.
Colgó.
Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.
Miró la ventana de Vértice.
El sol de tarde, ya bajo.
Lo que se está diciendo no es lo que dice el artículo.
El sector hablaba.
Y lo que decía era diferente de lo que Morales había intentado que dijera.
Eso no significaba que el daño no hubiera existido.
Pero significaba que el daño tenía límites.
Y que los límites eran los correctos.
A las ocho, en el sofá de Salamanca, Daniela le preguntó sobre Morales.
Diego le contó.
El reconocimiento. Los doce años. Lo que Morales había dicho sobre el objetivo y no solo los métodos.
Daniela escuchó con la atención que guardaba para las cosas que importaban.
Cuando Diego terminó, se quedó en silencio durante un momento.
—¿Sabes por qué lo hizo? —dijo al final.— No los métodos. El objetivo. Por qué quería una dirección diferente para la empresa.
—¿Qué crees tú? —dijo Diego.
—Creo que Morales lleva doce años en una empresa que funciona de una manera que él no controla. —Daniela lo miró.— Y que hay personas que necesitan controlar las cosas que construyen, aunque no las hayan construido ellas.
—¿Y cuando no pueden?
—Cuando no pueden, lo interpretan como un problema del que construyó. No de ellos. —Pausa.— La empresa necesita una dirección diferente es la manera de decir yo debería poder dirigirla.
Diego la miró.
—¿De dónde sabes eso?
—Porque lo conozco en otros contextos. —Daniela miró su copa.— El trabajo de comunicación tiene mucho de eso: personas que quieren controlar la narrativa de algo que no les pertenece del todo. —Pausa.— La diferencia es cómo gestionan el hecho de que no les pertenece.
—¿Y Morales lo gestionó mal.
—Morales lo gestionó de la manera de alguien que nunca aprendió que controlar y dirigir son cosas diferentes. —Pausa.— Pero hoy reconoció que se había equivocado en el objetivo. Eso es algo que no todo el mundo puede hacer.
Diego la miró.
—¿Eso lo hace menos culpable?
—No. —Daniela fue directa.— Lo hace más humano. Que no es lo mismo.
Diego procesó.
—¿Por qué te importa esa distinción?
Daniela lo pensó.
—Porque entender por qué la gente hace lo que hace no es disculparla. Es solo entenderla. —Pausa.— Y entender las cosas, incluso las malas, hace que el futuro sea más fácil de navegar.
Diego la miró durante un momento.
—¿Aplicado a esto?
—Aplicado a que en tres meses Morales sale del consejo. Y a que los próximos tres meses son más fáciles si entiendo que no era personal. —Pausa.— Era sobre el control. No sobre ti ni sobre mí.
Diego asintió.
Era una distinción que él no habría hecho solo. No porque no pudiera. Sino porque no era el tipo de distinción que le resultaba natural.
Era el tipo de distinción que Daniela hacía.
Y que Diego, en los meses que llevaban juntos, había aprendido a valorar exactamente porque no era la suya.
—Daniela —dijo.
—¿Sí?
—¿Sabes lo que Sofía me dijo cuando le conté que había algo entre nosotros?
—No. ¿Qué dijo?
—Que eras como yo pero más cálida.
Daniela lo miró.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que no era un insulto hacia mí.
—No lo es.
—Ya lo sé. —La comisura de su boca.— Por eso no lo tomé como tal.
Daniela lo miró.
—¿Lo es hacia mí?
—No. —Diego la miró directamente.— Es la descripción más exacta que he oído de por qué funcionamos.
Daniela lo miró tres segundos.
—¿Funcionamos?
—Sí. —Sin pausa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevas semanas en mi cocina y en mi sofá y en mis reuniones de consejo y en medio de todo lo que ha pasado este mes. —Pausa.— Y nada de eso ha hecho que quiera que te vayas. —Otra pausa.— Que es la única manera en que sé medir si algo funciona.
Daniela lo miró.
Era de Diego. La métrica directa, sin adorno, con toda la honestidad de alguien que no habla de sentimientos en abstracto sino de hechos concretos que los demuestran.
Nada de eso ha hecho que quiera que te vayas.
Que era exactamente lo contrario de lo que le había dicho su ex mujer sobre vivir con alguien que siempre parecía estar a punto de irse.
—Diego —dijo Daniela.
—¿Sí?
—Yo tampoco quiero irme. —Pausa.— En ningún sentido.
Diego la miró.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sigo aquí lo dijiste cinco veces. —Pausa.— Y esta es la sexta.
Daniela lo miró.
Contó mentalmente.
Tenía razón.
Era la sexta.
Y como las anteriores, era simplemente el estado de las cosas.
Sin urgencia que lo forzara.
Sin crisis que lo justificara.
Solo verdad.
—Sigo aquí —dijo Daniela. Por sexta vez.
Diego asintió.
Y en el sofá de Salamanca, con el miércoles terminando y el artículo en la página tres de Google y Morales saliendo en tres meses y Sinergia con el documento por la mañana y Sofía el sábado y todo lo que vendría después, había algo que era más tranquilo que todo eso.
Lo que habían construido.
Que seguía siendo sólido.
Que el artículo había intentado dañar.
Y que no había podido.
Porque estaba hecho de algo que duraba.