El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Morales no estaba en la reunión. —Pausa.— Pero Rodrigo me dijo que después de recibir la información sobre la grabación, su asistente llamó para cancelar dos reuniones que tenía programadas esta semana. —Una pausa.— Interpretación libre.

—Que está recalculando.

—Sí.

Daniela miró el café frío en su taza.

—Diego.

—¿Sí?

—Lo que dijiste en la reunión. Que hay una relación personal. —Pausa.— ¿Cómo te sientes haberlo dicho en voz alta en una sala de consejeros?

Diego tardó.

—Como cuando se dice algo que ya era verdad antes de decirse. —Su voz, quieta.— No cambió lo que es. Solo cambió quién sabe que existe.

Daniela lo procesó.

—¿Eso está bien?

—Sí. —Sin pausa.— Lo que somos no necesita ser privado para ser nuestro. —Otra pausa.— Eso lo entendí esta mañana cuando dijiste que el detalle era nuestro pero la existencia ya no podíamos controlarla.

Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.

—¿Lo creíste cuando lo dije o lo creíste después?

—Cuando lo dijiste. —La comisura en su voz.— Pero tardé dos horas en decírselo a los consejeros.

—Eso no es tardanza. Es tiempo correcto.

—Ya. —Pausa.— ¿Dónde estás?

—En la cafetería de la esquina. La de siempre.

—¿El café frío?

—Completamente.

—Sal. —Pausa.— Te recojo en diez minutos.

—No tienes que...

—Ya sé que no tengo que. —La misma respuesta de siempre.

Daniela miró el café frío.

—De acuerdo.

Colgó.

Pagó. Salió.

En la acera, el sol de la tarde de marzo ya bajo. La calle de Salamanca con la gente que volvía del trabajo y los niños con las mochilas y un perro atado a un banco que miraba con la paciencia de los perros.

Diego llegó en nueve minutos.

Paró el coche. Ella entró.

El olor de siempre. La calma de siempre.

Diego la miró.

—¿Cómo estás? —dijo.

No sobre el artículo. No sobre la reunión. La pregunta directa de siempre.

Daniela lo miró.

—Cansada. —Pausa.— Y bien. Las dos cosas.

—¿Igual que esta mañana?

—Diferente. Esta mañana era cansada del tipo que necesita café. Ahora es cansada del tipo que necesita que el día termine.

Diego arrancó.

—¿Dónde quieres que termine el día?

Daniela lo miró.

—En algún sitio que no sea el artículo ni los consejeros ni Morales.

—¿Hay algún sitio así?

—Tu sofá. —Pausa.— Con algo que comer que no tardó noventa minutos.

—Hay estofado de Carmen del lunes.

—Perfecto.

Diego condujo.

Madrid de tarde, las luces empezando, el tráfico de las seis.

Ninguno habló durante cinco minutos.

No porque no hubiera nada que decir.

Sino porque a veces el silencio compartido era exactamente lo que un día largo necesitaba para cerrarse bien.

Y este era uno de esos días.

El estofado de Carmen era bueno.

Lo calentaron en la olla del medio, que ya era la olla correcta sin necesidad de preguntarlo.

Comieron en la mesa del comedor con las luces bajas y Madrid afuera y el artículo existiendo en algún servidor de internet donde seguiría existiendo independientemente de lo que hicieran con el resto de la tarde.

No hablaron de él durante la cena.

Hablaron de Sofía, que había mandado un mensaje a las tres con una pregunta sobre el libro y otra sobre si el sábado seguía en pie, lo que Diego había respondido con sí y Sofía con bien y nada más porque Sofía no malgastaba palabras cuando una bastaba.

Hablaron del cliente de renovables, que había mandado un correo esta mañana con una pregunta sobre el calendario que podría significar que el proyecto avanzaba más rápido de lo previsto.

Hablaron de una cosa pequeña que Diego había visto en la reunión de las cuatro: el primer consejero, que llevaba doce años en el consejo y que raramente mostraba ninguna emoción visible, había asentido cuando el tercero habló sobre la reunión con Daniela.

Un solo asentimiento, pequeño, pero Diego lo había visto.

—¿Por qué te importa ese asentimiento? —dijo Daniela.

—Porque lleva doce años en el consejo y en doce años he visto ese asentimiento dos veces. —Diego bebió.— La primera fue cuando votaron ampliar la empresa a Valencia. La segunda fue hoy.

Daniela lo miró.

—¿Qué significa para ti?

—Que cree que la dirección es correcta. —Pausa.— No el análisis específicamente. La dirección en general.

—¿Y eso importa?

—Sí. —Diego la miró.— Porque en los próximos seis meses, cuando el acuerdo con Claudia llegue a su punto de decisión, voy a necesitar a ese consejero entendiendo por qué hago lo que hago.

Daniela lo miró.

—¿Tienes pensado qué hacer con Claudia en seis meses?

—El principio de algo. —Pausa.— Pero todavía incompleto.

—¿Me lo dices cuando lo tengas?

—Sí. —La miró.— ¿Aunque esté incompleto?

Daniela sonrió.

—Sí. Aunque esté incompleto.

Diego asintió.

Recogieron.

Se sentaron en el sofá con el café y la noche entera por delante y el artículo todavía existiendo en algún servidor pero cada vez más lejos de este sofá específico en esta noche específica.

—Daniela —dijo Diego.

—¿Sí?

—Esta mañana. Cuando dijiste que el detalle de lo que somos es nuestro y que lo único que podíamos controlar era el contexto. —Pausa.— ¿Lo creías tú?

Daniela lo miró.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque lo dijiste con certeza. Pero hubo un segundo antes de decirlo. —Diego la miró.— Un segundo que no sueles tener.

Daniela lo procesó.

Era de Diego: la observación precisa de algo pequeño que otro no habría visto. O habría visto y no habría nombrado.

—Lo creía. —Pausa.— El segundo era porque no sabía si tú lo creerías también.

—¿Y?

—Y lo creíste. —Daniela lo miró directamente.— Por eso el segundo no importa ya.

Diego la miró durante un momento.

Luego levantó la mano. La puso en su mejilla. El gesto de siempre, el primero que había habido, el más suyo de todos.

—El artículo existe —dijo Diego.

—Sí.

—Y lo que somos también existe. —Pausa.— Las dos cosas son verdad.

—Sí.

—Y una no deshace la otra.

—No. —Daniela lo miró.— No la deshace.

Diego asintió.

No la besó todavía.

Solo la miró con esa expresión limpia, sin capas, la que existía cuando no había nada entre lo que sentía y ella.

—Daniela.

—¿Sí?

—El artículo intentó usar lo que somos para dañar el análisis. —Pausa.— No lo consiguió.

—No.

—¿Sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque lo que somos es más sólido que lo que el artículo intentó hacer con ello. —Diego habló despacio, con la precisión de siempre.— Y eso no es mérito del análisis. Es mérito de lo que construimos.

Daniela lo miró.

Era la frase más grande que le había dicho sobre ellos.

No para mí es real ni te quiero en la oscuridad ni ninguna de las anteriores.

Esta era diferente porque era una evaluación. Diego, que evaluaba todo con rigor, evaluando lo que tenían y llegando a la conclusión de que era sólido.

De la misma manera que había llegado a la conclusión de que la empresa era sólida.

Con los hechos delante.

—Sí —dijo Daniela.— Lo construimos.

Diego la besó.

Y en el sofá de Salamanca, con el café y Madrid afuera y el artículo existiendo en algún servidor y Morales recalculando y los consejeros con el registro correcto y Sofía preguntando si el sábado seguía en pie, había algo que era más grande que todo eso.

Lo que habían construido.

Que era sólido.

Que el artículo había intentado dañar.

Y que seguía siendo exactamente lo que era.

Sin grietas.

Sin fisuras.

Solo más claro que antes.

Porque las cosas que se someten a presión y no ceden revelan de qué están hechas.

Y esto estaba hecho de algo que duraba.