El último beso del verano 37. Sera
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37. Sera

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Sera

M e reúno con la doctora Lee y los cirujanos que me fastidiaron la muerte y ahora me han arruinado la vida. Lógicamente, sé que no es culpa suya que Luke esté muerto, pero lo único que siento es rabia. Una rabia nueva, distinta, al pensar que tengo que seguir viviendo sin él.

—Sé que es duro, Sera —dice la doctora Lee, de pie junto a mi cama mientras yo miro el brillante cielo de agosto a través de la ventana—. Pero no elegimos nuestro destino. Has tenido suerte.

Suelto una carcajada seca y amarga.

—Nadie dijo que la suerte fuese siempre algo feliz —reconoce, y, al fin, me giro a mirarla.

—¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? —pregunto, y me cuestiono sinceramente si podré volver a hacer algo en algún momento. Cada latido es un recordatorio de que él ya no está. ¿Y yo tengo que pasarme la vida dando gracias por ello? Me revuelve el estómago.

—Vive tu vida —dice mientras cierra la tapa de su iPad y me mira fijamente—.

No hay razón para pensar que tu cuerpo vaya a rechazar el nuevo corazón, pero te queda un largo camino por delante.

Necesitarás rehabilitación cardiaca para recuperarte de esta operación y un procedimiento de reemplazo de válvula dentro de unos cinco o diez años.

Si te resulta más fácil pensar en el siguiente o los dos siguientes pasos, hazlo así.

Pero después, sí, deberías pensar en el resto de tu vida.

Recoge sus cosas y, antes de irse, se da la vuelta para añadir algo más. Debe de ser una hermana mayor, pienso.

—¿Qué haría Luke?

No respondo. Me limito a volver la vista hacia la ventana, hacia ese cielo azul perfecto que seguiré maldiciendo hasta que se digne a volverse gris.

¿Qué haría Luke? Sé lo que haría por sí mismo, hemos hablado mucho del tema…

, pero yo le he quitado todo eso. Me lo he quedado todo.

Más de lo que merezco. No sé cómo vivir con esto, con lo injusto que es todo.

Siento los huesos pesados y doloridos por la pena.

Tengo los ojos cansados de tanto llorar, pero no paro de hacerlo.

Solo mi corazón, el corazón de Luke, nuestro corazón, me resulta ligero y sencillo.

Detrás de él, mi alma está maltrecha, magullada, cansada y hastiada, y solo desea descansar.

*

Abbi ha vuelto a la universidad, como prometió, así que mis días transcurren con mamá sentada en la habitación como si no quedara nada más que decir.

Como si solo tuviera que curarme y seguir adelante.

Paula quiere venir a verme, pero la simple idea de encontrarme con ella me retuerce las entrañas de los nervios.

Y pensar en Oliver y Adam hace que se me llenen los ojos de lágrimas.

—Habría sido mejor que me dejarais morir a mí también —digo entre sollozos cuando mamá habla de Paula y los niños—. ¿Cómo van a perdonarme?

—No digas eso, Sera. A Luke no le gustaría que lo dijeses. —Intenta cogerme de la mano, pero la aparto. Se me acelera el corazón para seguirme el ritmo. El torrente de sangre, tan ajeno, me hace sentir acalorada, sofocada.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo pudiste dejar que lo hicieran?

¡No lo quiero! —Me araño el brazo en el punto en el que me han puesto la vía intravenosa—.

No lo quiero. ¡Por favor, quitádmelo! —grito mientras me llevo las manos al vendaje del pecho.

Mamá me coge de los brazos y los mantiene sujetos.

Cuando finalmente me tranquilizo, tira de mí hacia ella.

Me derrumbo entre sus brazos y me deshago en lágrimas. Es imposible alejarme de ese sonido, de los latidos del corazón de Luke, que me mantiene viva, consciente… y lejos de él. Una enfermera entra en la habitación y me pone algo que me hace dormir.

*

Cuando me despierto, todavía tengo la cara mojada. Me duele todo el cuerpo. Por suerte, estoy sola. Lo que sea que me hayan dado me ha dejado atontada y ha hecho que el mundo que me rodea se vuelva algo borroso. El cielo por fin me ha escuchado y una llovizna gris me saluda a través de la ventana.

Me dejan levantarme para hacer pis, así que me meto los auriculares en las orejas y pongo algo con el volumen alto para ahogar el latido de mi corazón.

Con la ayuda del andador, me dirijo lentamente al baño.

No hay espejo encima del lavabo; es probable que no quieran que nadie vea lo mal que está después de una operación.

Consigo echarme agua en la cara y lavarme los dientes.

No sé cómo tengo el pelo, pero lo que sí sé es que me da igual.

Cuando salgo del baño, ya no estoy sola.

Maddy y mi madre están hablando al lado de mi cama.

No les hago ni caso. Solo quiero volver a dormirme.

—¡Mira quién ha venido, Sera! —exclama mamá con un entusiasmo forzado, y le lanzo una mirada.

—Hola, Sera. —Maddy deja una gran bolsa de tela en el suelo. No tengo ni idea de por qué ha traído tantas cosas, y estoy bastante segura de que debería estar en la cafetería, pero he perdido la cuenta de los días que han pasado.

—¿No deberías estar trabajando? —pregunto mientras me recuesto en la cama. Mamá me levanta los pies para ayudarme a tumbarme y después suelta alguna excusa sobre que necesita un café y nos deja solas.

—Me he tomado el día libre. Quería venir a verte.

—No quiero que nadie me vea. Siento decepcionarte. —Presiono el botón para que la cama se eleve y el sonido corta el silencio tenso. Sin embargo, Maddy no se desanima: es fastidiosamente insistente, como siempre.

—Te he traído algunos utensilios del taller. Iris ha pensado que tal vez te gustaría pintar. —Sonríe y se deja caer en la butaca desde la que mi madre monta guardia.

—No tienes por qué quedarte —digo, tensa—. No me apetece pintar… ni hablar.

Maddy asiente con la cabeza. Echa un vistazo a la habitación y después me mira de nuevo.

—Todo esto… es una mierda, ¿eh? —suelta a bocajarro, y, aunque está siendo directa, veo la tristeza en su mirada. Tiene los ojos hinchados detrás de las gafas. Luke también era su amigo.

Cierro los ojos para contener las lágrimas y la rabia me azota con fuerza en la caja torácica. No puedo soportar el dolor de los demás; me sobrepasa. Sigo escarbando en mi dolor, pero no hay final, solo más tierra.

—Deberías marcharte —digo en un susurro.

—No. No tengo nada más que hacer hoy, salvo buscar cursos de cocina francesa. ¿Quieres que te cuente las diferencias entre las grandes sauces? —Maddy saca el iPad de su bolso y da unos toquecitos en la pantalla—. Algunas partes están en francés, así que intenta seguirme, ¿vale?

Se lanza a la lectura más aburrida que he tenido que soportar en mi vida. Dejo que su voz me arrulle hasta que vuelvo a quedarme dormida.