36. Sera
CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Sera
L a luz vuelve y yo lucho contra ella. Me duele el pecho, las manos y la cabeza.
Me duele todo tanto que quiero gritar. Me despierto jadeando y cogiendo aire como si nunca hubiese necesitado respirar.
El dolor sigue ahí y hace que recupere la conciencia.
Hay muchos cables que conectan mi cuerpo con las máquinas que me rodean.
El grave hecho de que hayan ignorado mis deseos hace que se me llenen los ojos de lágrimas.
Esto no es lo que yo quería. ¿Qué hace todo esto aquí?
El dolor se convierte en rabia. Busco a tientas los parches que llevo pegados al hombro, aunque moverme me duele, y me arranco uno, después otro.
Las máquinas me delatan al alertar a todos los que estén en un radio de ocho kilómetros de que estoy interrumpiendo su vigilancia, pero se pueden ir a la mierda, porque no me van a enchufar como si fuese un proyecto cutre para la feria de ciencias.
Una enfermera entra corriendo en la habitación, con mis padres y Abbi justo detrás de ella. Los miro con los ojos entrecerrados por la rabia.
—¿Cómo habéis podido? —murmuro, con los labios secos y agrietados—.
¿Cómo habéis podido? No quiero estar enchufada, esperando.
—La rabia es tan potente que estoy a punto de llorar, pero no me importa: que la ira se apodere de mí y haga que mi frágil corazón explote.
Oigo los latidos frenéticos de EBE , pero es una sensación extraña, un sonido que recuerdo tener hace mucho tiempo en mi pecho.
—Sera, tranquilízate —dice mamá mientras ayuda a la enfermera a ponerme de nuevo los electrodos e interrumpe mis quejas—. Te han hecho un trasplante. Solo ha pasado un día desde la operación. Por favor.
Oigo las palabras, pero en realidad no las capto del todo porque estoy escuchando a mi cuerpo, a ese golpeteo constante que resuena en mi pecho.
Me llevo los dedos a la muñeca e, incluso ahí, el pulso es regular.
Cuento los latidos como me enseñaron, y no hay saltos, no hay sobresaltos.
Los latidos mantienen un ritmo calmado y pasan de unos ligeramente altos noventa latidos por minuto a unos sesenta y tres, que son más suaves y regulares.
—¿Un trasplante? —Miro a la enfermera y después a mis padres y la rabia desaparece.
Miro a Abbi a los ojos, que los tiene enrojecidos. Asiente con la cabeza y empiezan a resbalarle las lágrimas por las mejillas. Se las seca con la manga y papá tira de ella para abrazarla de lado. El dolor sigue siendo agudo y me doy cuenta de que debería decírselo.
—Me duele algo —confieso. La enfermera se inquieta y revisa los datos de mis gráficas, después me dice que me va a dar algo para el dolor y que seguramente me provocará sueño, por lo que debería descansar. Dirige una mirada prudente a mi familia cuando sale de la habitación.
—Yo esperaría a que viniese la doctora antes de contarle nada más —dice mientras sale.
En el silencio tras su marcha, respiro a pesar del dolor y escucho ese milagroso latido. EBE se ha ido, pero alguien nuevo ocupa su lugar. Quiero saber su nombre. Quiero darle las gracias hasta quedarme sin voz. Voy a vivir.
—¿Quién? —Trago saliva—. ¿Quién me ha salvado esta vez?
—Descansa, Sera —dice mamá mientras acerca una silla a mi lado y me ofrece un sorbo de agua helada. Sin embargo, tengo una sensación inquietante en el estómago de la que no consigo desprenderme.
—Un momento…, ¿cómo puede ser? Si era la segunda de la lista.
A mamá se le desencaja la cara y le cuesta pronunciar las siguientes palabras:
—Lo siento mucho, mi amor, pero ahora no.
Me pongo tensa.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? Por favor, contádmelo. —La imagen de mamá se vuelve borrosa a medida que los medicamentos hacen desaparecer el dolor y empiezan a arrebatarme la conciencia—. Por favor.
Pero ella niega con la cabeza y aparta la mirada. Me giro hacia Abbi.
—Cuéntamelo —exijo.
Abbi abre la boca y mis padres protestan.
—No —les dice ella—. No está bien esperar.
Se acerca a mí y me apoya una mano en la barbilla.
—Había un corazón… —empieza.
Y, con su preciosa y elegante voz de cuentacuentos, mi hermana me da la peor noticia que he tenido que escuchar en toda mi vida.
—Lo siento, Sera —dice—. Luke tuvo un accidente… por la lluvia. Estaba cerca. Y era compatible.
Me llevo las manos a los oídos mientras ella habla, como si la presión adecuada sobre mi cráneo pudiese hacer retroceder el tiempo para que así nunca tuviese que vivir con esta pérdida.
Al final, se me escapa un sollozo y me pongo de costado.
Me llevo las rodillas a mi pecho recién abierto y formo un hueco alrededor del centro de mi cuerpo.
Respiro con irregularidad. El sonido que oigo es el sonido del corazón de Luke en mi pecho, nuestro corazón, que me mantiene aquí, pero solo porque él se ha ido.