35. Luke
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Luke
E stá lloviendo a cántaros y cuando llego a la camioneta estoy empapado.
Le he pedido a mi compañero de habitación que les diga a los organizadores que tengo que irme, pero no el motivo.
No podía repetir las palabras que me ha dicho Abbi por teléfono cuando la he llamado después de escuchar el mensaje de voz de Sera.
—Estamos en Boston. Sera está luchando como una jabata, pero… creo que deberías venir.
Es domingo, así que el tráfico de la ruta 6 es desesperante.
Voy sentado en la cabina de la camioneta con la lluvia golpeando el techo como si el cielo estuviera vertiendo todo el mar sobre nosotros.
Avanzo a trompicones junto con otros coches por el Sagamore.
Por fin cogemos velocidad cuando los dos carriles se convierten en tres y la gente se desvía, hasta que solo quedamos yo y otros idiotas en la ruta 3 en dirección a Boston.
Recuerdo el viaje que hicimos a principios de mes para ir al médico. El olor de la sala de espera del hospital. El momento en que vi a Sera sentada en aquel charco de luz en el museo. La forma en la que se iluminaba su contorno. No imagino que esa luz pueda apagarse. No me imagino la vida sin ella.
Un coche acelera a toda velocidad por la carretera y se me cruza por delante.
Piso el freno y reduzco la velocidad para esquivarlo y toco el claxon tan fuerte y tanto tiempo como puedo, como si estuviese soltando un grito de rabia.
El conductor ni siquiera tiene las luces encendidas.
El ritmo frenético de mi corazón se tranquiliza cuando el coche se marcha a toda velocidad.
Me cambio de carril porque no quiero ir detrás de él y reduzco la velocidad a cinco kilómetros por debajo del límite permitido.
—Ya voy, Sera. Ya voy. Solo aguanta un poco más por mí.
Cada vez hay menos tráfico en dirección a la mancha brillante que es Boston.
Bajo la lluvia, todavía implacable, pongo los limpiaparabrisas al máximo y me tenso.
Agarro el volante con fuerza y me crujo el cuello.
Siento los latidos de mi corazón e imagino la respiración de Sera en mi oído con cada bombeo de sangre.
Veinte minutos más y estaré allí. Sé que me esperará.
Se oye el estallido de un trueno y después un relámpago alcanza un edificio a mi izquierda.
Ilumina también el cielo y envía chispas a través de la lluvia.
Le echo una mirada fugaz y pienso de inmediato que tendré que dibujarlo para Sera, para enseñarle cómo el fuego tocó brevemente cada gota, como una nebulosa, creando estrellas nuevas en pleno aire. Me inunda la determinación.
Estoy pensando en Sera cuando estalla otro relámpago, justo al borde de la carretera. Está tan cerca que tengo que entrecerrar los ojos cuando un fogonazo invade el coche de luz.